9 de febrero de 2013

Los jardines del Edén

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

En Caldea, a orillas del Indo, en el Golfo de Paria o en la Tierra Firme del almirante Colón situaron el Jardín del Edén, donde Eva, el eterno femenino de pecado y traición (así no sea cierto, para alegrarlas), sedujo al tonto de Adán y nos trajo desventura.

Algún criollo lo puso en Sorata bajo la sombra del Illampu. Lo cierto es que nunca se encontró y a medida que pasa el tiempo y nos volvemos ambientalistas, este lujurioso y ficticio jardín se manifiesta como tierra de plantas y animales nuevos, o perdidos, ya no de humanos. La elegía de ser el dichoso lugar donde los hombres habrán de regocijarse con la naturaleza se ha transformado en el feliz entorno donde la naturaleza se festeja sola.


En diciembre pasado, diciembre del 2005 -año de guerra y desastre-, una expedición científica conjunta -norteamericanos, indonesios y australianos- exploraba la región de las montañas Foja, provincia de Papúa, parte indonesia de la gran isla de Nueva Guinea. A pesar de que las adversidades políticas para conseguir los permisos retrasaron el proyecto, finalmente se realizaba en un territorio plagado de lucha separatista y con una centena de miles de muertos en su haber. Ya en el terreno, el jefe expedicionario Bruce Beehler y sus acompañantes registraron la presencia de ignotas especies animales y vegetales, además de multitud mamífera que se consideraba ya en vísperas de extinción, como el caso de un amarillento canguro arbóreo muy raro.

En un área reducida, circundante al campamento, los expedicionarios anotaron una veintena de nuevas especies de ranas, cuatro de mariposas, algunas de plantas y otras de aves. Entre las últimas, multicolores pájaros meleros junto a aves del paraíso de seis crestas. La ausencia de insectos, según Beehler, fuera del reducido grupo de mariposas, se debe al tiempo de lluvia. Suponen abundancia de ellos en la temporada seca. La mayor parte de los dos millones de acres de este santuario natural de anciana selva tropical aún no ha sido explorada y quién sabe los prodigios que esconde. De allí la mención del Jardín del Edén, de un mundo perdido que excede la imaginación de Arthur Conan Doyle o la de Grisham y Spielberg.

Como aval expedicionario, miembros de las tribus locales Kwerba y Papasena participaron del descubrimiento. Existe la esperanza de que la magnitud del hallazgo lo preserve de la angurria de madera de los gigantes industriales de la región: China y Japón, pero también la superpoblada Indonesia.

La Red nos permite apreciar desde cualquier rincón las nuevas especies y participar efusivamente de estos rastros de esperanza: flores de seis pulgadas de diámetro, seductoras aves en ritos amatorios, un sapo de escasa media pulgada y variedad de palmas. Felizmente no hay caminos; el gran depredador todavía mantiene distancia.

No sólo Papúa nos llena de emoción estos días. En las aguas de los ríos Lacantún y Usumacinta, en Chiapas, México, se ha descubierto no una especie sino una nueva familia de peces-gato antes desconocida (ya suman treinta y siete ahora). Esta familia -Lacantuniidae- remonta su antigüedad al tiempo de los dinosaurios y su largamente elusiva presencia le ha ganado el sugerente nombre científico de Lacantunia enigmatica. Enigmáticos son estos milagros de la naturaleza que a pesar de milenios de sinrazón continúa maravillando. No otra cosa es el minúsculo pez, cuyo descubrimiento se anunció hace una semana, nativo de las marismas de Indonesia, de 0.31 pulgadas de tamaño, lo que lo hace el más pequeño conocido, y que ha sido designado con el nombre de Paedocypris progenetica.

Para continuar con algo que ya parece mágico regalo de principio de año, el Canadá ha decidido preservar cinco millones de acres de selva lluviosa atemperada en su costa de la Columbia Británica, la mayor extensión en el mundo de este tipo de floresta original, con árboles de hasta mil años. Es el bosque del Gran Oso, donde habita la etnia Gitga que relata en forma de mito la presencia de osos blancos entre los osos negros. Se debe a un gene recesivo, "algo" que según los nativos hace que uno de cada diez osos negros sea albo, siendo éste un "oso espíritu" cuya presencia asegura la persistencia de la tribu y del entorno de fiordos, vegetación y abundancia.

La decisión proviene de un acuerdo entre el gobierno, líderes tribales y compañías madereras que han comprendido la importancia de no cortar en bosques semejantes, gracias al sabotaje realizado por consumidores adoctrinados por ambientalistas para no comprar productos del lugar.

De Papúa, Chiapas, el Gran Oso, Madidi, Manú, Darién, Isiboro-Sécure, nombres como invocación, emana un halo vivificante. No lo extingamos.



8/2//06
Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), febrero 2006
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), febrero 2006
Imagen 1: Smoky Honeyeater
Imagen 2: Rana de árbol

4 comentarios:

  1. Claudia Bustos8/2/13

    Detrás de cada descubrimiento andan las transnacionales farmacéuticas y los apropiadores de semillas.

    Muy interesante

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  2. Leerlo es muy motivante, despierta en mí muchas ganas de explorar en sus temas.
    Saludos!

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  3. Perversa manipulación religiosa que transforma a la mujer en objeto de pecado y tentación cuando es el hombre quién muchas veces atropella animalmente a los del sexo opuesto.
    En fin, el texto impecable.

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  4. Parece increíble que aún queden zonas inexploradas, que sobrevivan especies ajenas al transcurrir humano, guarecidas en su invisibilidad.

    Lo de preservar grandes territorios creo que es lo correcto. Es la riqueza no económica, sino espiritual que le legaremos a las generaciones futuras. Y la única forma sensata de que las especies no domésticas no sean exterminadas de aquí a pocos años.

    Buen artículo. Saludos cordiales, amigo Claudio.

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