22 de febrero de 2013

¡Oye Judas!

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Las multitudes lo acompañan desde que tiene memoria. Al igual que la niebla del puerto. Muchas mujeres. Histéricas, chillonas, movedizas. También hombres. Primero, de terno y corbata, lapiceras, papeles, firmas y maletines. Luego, los histéricos y chillones. Muy parecidos a ellas. Todos beben, fuman y comen. Hacen suya su casa. Se lanzan en cualquier lugar, sin importarles que él esté ahí. En su corral, en su coche, en el suelo. Prefieren los cojines a los asientos, cruzan las piernas, se relajan. No logra saber quién es quién. Se parecen demasiado. O buscan parecerse. Se toman de las manos, gritan y ríen. La calma, cuando la hay, siempre es aparente. Mucho humo empañando las ventanas de casa. Y desorden y más desorden. Nadie le pregunta si desea estar allí y si desea esa compañía. Cuando parece que todo está por desbordarse, que le quitaran sus presentes–un juguete, un chocolate, un papel de colores-, su madre, más bien los brazos de su rubia madre, lo levantan. Suben los peldaños de una escalera hasta un segundo piso. Los recibe un espacio pequeño, donde sólo él y su madre caben. Nadie más. ¡Cuidado! Uno más. Sí, uno más. Lo necesitan. Pero su padre está muy ocupado. Otros tipos que visten igual que él, con ropa de colores y mucho pelo en la cabeza, lo mantiene a su lado. Lo escuchan, lo celebran. También están ellas. De aros, collares, pulseras, tacones y los labios salidos. Su rubia madre no las quiere. Y ellas quieren ser como su madre. Pero no lo logran. Al menos para él, jamás serán como su madre. Su padre debe decir lo mismo. En ocasiones, él sale a buscarlo por la casa. Baja la escalera. Si lo ven en alguna parte, siempre rodeado de gente, intenta acercársele. Pero antes de que concluya sus pasos cortos, alguien lo levanta del piso, lo abraza y lo besa. No sabe quién. Su madre no es. Ve a su padre en la distancia. A veces le sonríe, le levanta la mano. Pero él prefiere estar con él y nadie más. Pero está ocupado.
Es el centro de atención. Lo que dice y hace le importa a muchos. Más aún esos acordes que le han acompañado siempre. Como la neblina del puerto. Acordes que le son familiares, pero no siempre gratos. Dulces y alegres para muchos, pero a él no le dicen nada. O muy poco. Y ese poco se vuelve angustia y soledad. Recuerda a su padre solo un par de veces junto a él. Siempre con alguien más, aparte de su madre. ¿Interesado en sus cosas? Puede ser. Una fotografía donde salen los dos jugando con un trompo. Un par de preguntas sobre sus amigos y el colegio, le toca la cabeza y se pone de pie. Se marcha. Él no saca nada con llorar. Como siempre, vuelve a los brazos de su madre. Ellos, siempre solos. Lo rodean muchos, pero no los acompañan. Están ahí gritando y alardeando. A veces los detestan, otras les declaran amor, pero nunca los dejan en paz. Cámaras encendidas a toda hora a sólo metros del jardín. Si pueden, sus lentes se entrometen más allá, detrás de las puertas. Sobre todo si es una historia de su padre. En la calle, las mujeres lo sacan del mismo cochecito que sostiene su madre, lo manosean, le meten la mano dentro de sus pantalones y le dicen que es el vivo retrato del ausente, ahora de gafas. Los hombres le hablan como un igual, le piden dibujos, alguna palabra, todo les sirve, todo se quieren llevar algo. Si con eso le devuelven a su padre, que se lleven todo, que no dejen nada, piensa él en su inocencia. Pero ni así su padre aparece. ¿Lejano? Si se le pudiera decir lejano a lo que no se divisa ni siquiera en el horizonte. La extrañeza pasa a ser pena y la pena se convierte en rabia. Quisiera que él dejara de ser su padre. Ese hombre tiene una nueva vida. Otro niño y otra mujer. Son feos, no como él ni su madre. Y son malos. Le robaron a su padre. El hombre de gafas habla y habla. Desnudo y con pijamas. Arriba de un escenario, mascando chicle. Frente a las cámaras. Dice que quiere que todos sean felices. Y él se pregunta si la felicidad de él y su madre están incluida en sus buenos deseos. Es mucha la gente y, de seguro, olvidó sus nombres.

4 comentarios:

  1. Julian

    Creo que su posición fue difícil, incómoda.

    Aporto con estas palabras de John que encontré por ahí:

    «Sean era un niño planeado, y ahí radica la diferencia. No es que no quiera a Julian. Por mucho que viniera de una botella de whiskey o porque entonces no había píldoras, es mi hijo, y siempre lo será»

    Muy buen texto, amigo.

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  2. La voz de Julian denota esa profunda tristeza.

    Original forma de abordar un tema tan controvertido. Saludos.

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  3. La declaración de un padre sensible ¿a la altura de Diego Maradona? que aporta Muzam ayuda a compreder toda la sensibilidad del texto.
    Muy bueno. Te felicito.

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  4. Me encantó esta entrada, muy sensible para abordar un tema tan difícil. Pobre chico.

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