23 de marzo de 2013

La del balcón

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Hay vidas cuyo transcurrir traza una especie de croquis del paisaje urbano, lo salvan de las anónimas semejanzas de la propiedad y sus usos más o menos reglados, imprimen una característica que humaniza la nomenclatura, la agitación de las calles con transeúntes sin rostro.

Esas vidas hicieron del centro viejo de Cartagena de Indias un espacio de vidas vividas que se sobreponían al culto a los monumentos, a las compasivas glorias del pasado, a las vergüenzas escondidas, a la inmortalidad indiferente del cangrejo.

Por diversas razones y una peculiar y discutible concepción de los gobiernos y las administraciones públicas, y sin duda la soberana voluntad de las gentes, esa vida se va perdiendo en medio del crecimiento de lugares vacíos y un bullicio foráneo sin gracia ni recordación.

Ahora me desconsuela la muerte de la viuda Marina de Cabarcas por esas ausencias que despojan de referencias los lugares y los deshabitan. No se trata de hacer elogios al pasado, ni de apegos a formas de vida. Apenas se quiere afirmar la legitimidad de unas identidades que hacen un sitio lo que es y permiten reconocerlo, a ciegas incluso.

Nadie dudaba de la hora exacta, al amanecer. Bastaba con ver a Marina, de misal romano y chal de devoción, con pasos ligeros, dirigirse al templo vecino de Claver y Sandoval, donde cumplía una obligación que ella misma se impuso: leer el evangelio en la primera misa del día.

O sentir el ruido del portón de virrey de la tienda de Caparroso cuando abría su tienda y la calle quedaba envuelta en el aroma de las empanadas de maíz y la avena fría.

O el ruido de las teclas de la máquina de palo del jurisconsulto Pupo Villa preparando con copias en papel carbón sus memoriales tempraneros.

O la respiración melancólica de Donaldo Bossa Herazo que escapaba del palacio de la Inquisición mientras escarbaba en su memoria recuerdos de verdad o de la poesía.

Y así: una población que agregaba sentidos a los decaimientos de la historia y sus imágenes de heroísmos interesados, se pierde y aumenta la soledad del mundo.

El balcón donde Marina, en una mecedora momposina, atrapaba las últimas luces de la tarde y obtenía el reposo que se ha atropellado, sin reírse ya de enamorados tardíos, con la convicción de que el amor se vive una vez, estará vacío. En la sala poco a poco se borrará la huella en los espejos y los arpegios solitarios del piano cederán a la humedad y el salitre.

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