20 de marzo de 2013

La portera

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

En sus descensos a los infiernos, Louis Ferdinand Celine nos dice que una ciudad sin portera no tiene historia, carece de pimienta y sal, es una bazofia informe que crece sin dirección. Ahí tenemos de ejemplo a las porteras lacónicas de París de entreguerras a las que Celine califica de pobres mártires por su tos crónica y cuyo único consuelo es deleitarse, pasmadas, frente a una realidad que se ofrece obscena a sus hambrientos ojos. La señora Sara -Sarita si le aplicamos el correspondiente apocamiento de sus pares dada su condición laboral, aunque ahora en proceso de franca mejoría- demuestra que el escritor anarco - fascista, además de rabia, contaba con el don predecir conductas rastreras y afines a los intereses superiores.

Dentro de unos días, Sarita detentará el cargo de portera del servicio y de seguro su conducta será idéntica a la descrita por Celine. Una vez que su trasero ocupe el cómodo asiento de René Gutendorf –y éste se lleve consigo todas esas porquerías con las que pierde el tiempo, partiendo por el asiento de cuero, los bolígrafos, lapiceros, fotografías, adornos, libros, diplomas, piedras magnéticas de colores y sus característicos ejercicios acrobáticos de artes marciales, Sarita podrá desplegar todos los conocimientos e interés por la vida ajena que le son característicos.

Mientras tanto y sin que se percate siquiera, las habitaciones de su propia vida van adquiriendo un olor a camas sin hacer y a encierro de varios días.

Contratada en una modalidad inhumana y absurda como auxiliar de aseo (justificación para cercenarle el sueldo con impuestos en cada licitación anual al considerarla una “microempresaria” que presta servicios externos), Sarita padeció todos los rigores a que son sometidas las clases bajas en el país, inclusive en los servicio públicos, tanto por quienes tienen el rango y el partido político para hacerlo, como por quienes se lo autoasignan con la venia de la superioridad. Al bajo sueldo se suma la sobrecarga de ocupaciones extracontractuales, como velar por el agua caliente de la secretaria, recuperar la billetera extraviada de algún pajarón o la tacita de café de la Schnaider, preparar el sándwich jamón palta de René y pagar las cuentas personales de la jefa de administración. A esto agregamos los retos injustos de aquella funcionaria que se haya levantado con el pie izquierdo, discutido con el marido o los hijos y rematamos con un horario de trabajo definido por los antojos y necesidades del siniestro segundo piso.

Ante este escenario, ni pensar en imposiciones, salud, aguinaldos y otras regalías a que tenemos derecho el resto de los funcionarios. El estar consciente de todo aquello hizo que Sarita contara con mi inútil solidaridad desde los tiempos de la jefatura de don Jesús, cuando los vicios del sistema se superaban con un poco de comprensión, relajo, buena voluntad y vista gorda, y donde mi vida transcurría plácida y somnolienta dentro de la pecera de cristal que era mi oficina.

Con los justos y necesarios asomos al mundo exterior, mi nexo con Sarita pasó del saludo cortés a confesor de sus pesares al final de cada jornada de trabajo. Los temas iban de lo doméstico (explicitados más arriba) a lo familiar: dos hijos adolescentes y un marido en estado mental semejante. Imagino que, en su necesidad imperiosa de explicarse el mundo, fue armando una imagen un tanto distorsionada de mi persona.

Aún recuerdo a Sarita lamentándose de la soledad de la Maritza Castellano de los primeros días como Directora Regional y de sus inútiles intentos por motivar a sus subalternos a seguirla en sus particulares ritmos, ya sea con una convivencia, una sesión de yoga o reiki, una terapia o una reunión desayuno y/o almuerzo. En más de una ocasión le expliqué a Sarita, con peras y manzanas, que la mano dura en los servicios públicos es imposible de aplicar como en la empresa privada. Hay diferentes mecanismos de defensa por parte de los trabajadores, sobre todo de aquellos de planta, que pueden causarles más de una magulladura a los designados y temporales jefes políticos. Por lo tanto, el único camino es confiar en el buen juicio de los involucrados, o si no todo se puede convertir en un infierno, como de hecho ocurrió en este lugar.

-Al final, un jefe se pone a prueba en situaciones como ésta, en que se tiene mucho que perder y no cuando se recurre a la solución más a mano, de cortar la cabeza de los empleados -le comenté.

-Se le va a agotar la paciencia a la señora Mariza y ahí yo no sé qué va a pasar -me respondió Sarita, como deseando con ansias una suerte de autogolpe de Estado de parte de la jefatura.

Y a la larga tuvo razón: en contra de cualquier equilibrio sensato, el autogolpe de Maritza se concretó después de una licencia de cerca de un mes que le sirvió para modificar sus prioridades y también sus afectos. Su proceso de metamorfosis de mosquita muerta a araña de rincón acabó por convertir a todo el servicio en un pequeño Estado Policial.

Si hay alguien que ha ganado espacio con todo este desbarajuste ha sido la jefa de administración y, en parte, su séquito del segundo piso. Por momentos pareciera que este grupete sólo estaba aguardando la llegada de una jefatura desequilibrada para poner en práctica todas sus malas artes y hacer de este lugar de trabajo algo muy parecido a una cloaca.

Sarita no ha estado ausente de eso. Junto con apoyar el giro en 180 grados en la conducción de Maritza, subir por la escalera con chismes del primer piso, y acusarnos a sus ocupantes de rebeldes y solidarios con la flojera de algunos, Sarita ha sacado a relucir su talento como creadora de frases para el bronce. Lamentablemente todas reafirman su filosofía de arrastrarse por la vida y de aceptar los pisoteos:

-No importa cuán equivocado estén o sean injustos con nosotros, un jefe es el jefe –repetía-. Eso siempre se lo digo a mis hermanas, a mis hijos y a mi marido que es como mi hijo.

Cuando la oí decir semejante disparate, nos enfrascamos en una discusión que me hizo ganarme, si no su animosidad, por lo menos su recelo. Miguelito Herreros, aplicándose como buen chismoso que es, la ha motivado a perseverar en el arte de las frasecitas, teniéndome a mí como patético protagonista:

-Yo prefería a don Claudio de antes, calladito y tranquilo en su oficina (sólo le falta decir ahuevonado), sin meter una bulla ni peleando con nadie.

Estas reflexiones las acompañó con un acercamiento afectuoso hacia la secretaria y parte fundamental del siniestro segundo piso, una fulanita que con el minúsculo poder que le ha delegado Maritza ha ejercido su mala voluntad, desidia y omisión en contra de todos a quienes considera inferiores en el particular organigrama creado en su conciencia desclasada. Sarita, con sus disparatados razonamientos, la convirtió en su referente y comenzó a repetir, hasta el hastío, la siguiente reflexión digna de ser considerada como ejemplo de la alienación del pueblo: "Me encantaría que mi hija saliera igual a Claudita. Trabaja, estudia de noche y tiene licencia de conducir. Pronto se va a comprar un autito y tendrá un novio con el que se va a casar y tendrá hartos niños".

Los hijos son otro tema predilecto de Sarita. En innumerables ocasiones ha reparado en los malcriados que son los vástagos de Grethel Schnaider. Pero a estas alturas, ¿hay alguien que pueda tirar la primera piedra? Pienso que no. El nivel de intromisión de Sarita en este asunto es tal que ha comenzado a dictar cátedra sobre la educación de los hijos de todos los funcionarios del servicio y, si pudiera, de la humanidad entera. En más de una oportunidad ha intentado indagar en la relación que tengo con mi hija y se ha encontrado con una respuesta herméticamente cerrada, motivo más que suficiente para considerarme un trastornado que se niega a recibir ayuda para su vida atormentada, solitaria y errada.

También se ha vuelto una censuradora de la conducta de todos los estudiantes en práctica que recluta el Consejo no pagándoles ni un centavo. Ella los adopta como madrastra de cuento infantil sin que nadie se lo pida y les enseña sobre lo humano y lo divino, casi siempre con lecciones relacionadas con agachar la cabeza, asentir en silencio y apretar el estómago. De hecho, es la responsable de diseminar por los pasillos que los practicantes puestos bajo mi jefatura tienen demasiada libertad y flojean todo el día. Karen es un excelente ejemplo de ello. Se trata de una muchachita cuyas únicas preocupaciones son alisarse el pelo, cuidar sus uñas y elegir la ropa del día. Me generó más simpatía por su ingenuidad, candor y disparatadas reflexiones sobre Dios, la Biblia, los dinosaurios, grupos musicales y tribus urbanas que por su nulo aporte al papeleo diario de mi oficina.

-¡Usted va a ser el responsable que esta práctica no le haya servido para la vida a esta niñita! ¡Después dirá que vino a trabajar a una parte donde no aprendió nada! ¡La señora Maritza está muy molesta con ella y usted! -me encaró Sarita al enterarse que evalué a Karen con buenas notas y que omití mencionar en el informe a sus profesores  sus atrasos y negligencias varias.

-Señora Sarita, con todo respeto. Si en el país y en este Consejo se quiere poner en práctica la costumbre de andar acusando y perjudicando a los demás, por favor, concédame el derecho a ir por la vida por otros caminos. ¿Estamos?

De seguro, nada de bien le debió parecer mi única respuesta posible a sus ínfulas de gurú de autoayuda, al punto que convenció a los papás de Karen para que la enviasen, en sus horas libres, a un curso de computación que dicta una oficina gubernamental y que la autorizaran a ella para supervisarla en sus calificaciones y asistencia. No me extrañaría su intención de ponerle un cinturón de castidad cuando Karen se pasee con alguno de sus novios por la Alameda o por los bordes del estero Piduco, motel predilecto de estudiantes talquinos pobretones, en vez de regalarle un par de preservativos de calidad.

Tanto pontificar sobre la vida ajena le ha impedido a Sarita tomar conciencia de su relación con sus propios hijos. Según comentarios del chismoso de Miguelito Herreros, cada vez que este parcito se deja caer en el Consejo, le dan a Sarita un trato tan malo o peor que los hijos de la Schnaider. "Vieja de mierda metiche" ha sido uno de los tantos epítetos salidos de las cariadas bocas de una jovencita de mirada desconfiada y de un muchachito con corte de pelo de bacinica y dientes de ratón. Sin duda, se trata de un juicio que compartimos muchos, pero una madre es una madre al fin y al cabo.

Para cerrar este antojadizo e injusto perfil de una colega, retomo el tema de la portería descrito por Celine. Gracias a los consejos de la secretaria y la Jefa de Administración, Maritza optó por nominar a Sarita, a través de un concurso realizado en tiempo récord, como la nueva encargada de la Oficina de Informaciones y Reclamos (su buen desempeño como informante en los últimos meses jugó a su favor, se especula en los pasillos), cargo que hasta esta semana estuvo en manos de René Gutendorf con la negligencia que le caracteriza. A parte de la felicidad de René de pasar a formar parte del equipo de Fondos Concursables; es decir, convertirse en mi ayudante y poner en práctica su desidia colosal, Sarita se empoderará de su cargo con el respaldo otorgado por el siniestro segundo piso y con un sueldo un poco más decente que aquel que recibía como auxiliar de aseo. El resto nos estamos preparando para que sus insoportables consejos y opiniones sobre lo humano y lo divino nos lleguen hasta más arriba de la coronilla con renovadas ínfulas. Será su respuesta a tanta realidad obscena pasando frente a sus ojos hambrientos. Seremos la sal y pimienta que le dará algo de condimento a su vida, cada vez que el reloj registre su ingreso al trabajo.

5 comentarios:

  1. Donde hay un grupo humano encerrado, no importa para qué, se articulan inmediatamente todas las mañas típicas del ser humano. Las alianzas, basadas un subjetividades que usualmente ni los mismos contendores son capaces de explicar, las envidias, los rencores, los aspiracionismos, los prejuicios y desdenes de clase, de raza, las traiciones, las feroces luchas de poder, que aunque sean o parezcan sutiles, porque no corre sangre, sí dejan un reguero de sentimientos heridos, rotos, dañados irremediablemente. Balzac diría que es parte de la Comedia Humana.

    Excelente narración, estimado amigo.

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  2. Anónimo20/3/13

    Sarita es, en buen chileno, una "vieja sapa".

    Saludos

    La Mano Piadosa

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  3. Raúl de la Puente20/3/13

    Claras señales de nuestra época, señor Rodríguez.

    Ha conocido bien lo que es la burocracia por dentro.

    Buen ejercicio de escritura.

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  4. Un buen retrato del servilismo rastrero que satisface intereses superiores, para afianzar su mediocre posición dentro del régimen establecido.
    Un placer leerlo, estimado Claudio.

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  5. no es el típico relato eroticón y acompañado de fotos "soft-core" sin el cual no hay revista que se respete actualmente; tiene interés en cuanto es parte de una larga tradición iniciada por Cervantes y muy difícil como tema para un narrador: la mujer envejecida/envejeciente y arrinconada que es observadora de todo el trajín de la escena y es rechazada por el hombre envejecido/envejeciente. Cervantes la hace contraparte de Don Quijote quien por su edad y dones de observación es la contraparte masculina y que la rechaza horrorizado, pensando que ella lo desea y que es tan fantasiosa como él. Cervantes se arranca con Doña Rodríguez, la vieja hidalga que vive en la corte de los duques y depende de ellos para su subsistencia, como viuda pobre, y la de su propia hija; un paso en falso y la hija terminará fatal. Doña Rodríguez, es una "dueña antañona" de las descendientes de las medievales: las medianeras de Oriana y Ginebra y tanta dama hermosa y malcasada o soltera pero ya no virgen; pero también de Celestina. La dueña sobrevive los siglos y, renovada por Cervantes, llega al XX como portera, genial toque de Celine. Me gustó Claudio porque es tema difícil, pero no te digo con esto que abandones los culos y tetas y vulvas y todas las correlativas literarias.

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