30 de abril de 2013

Nancy Grayson

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

El caso de Nancy Grayson hay que relatarlo con todas sus letras para evitar que tanta payasada junta se la lleve el viento, la sinrazón, la carcajada y la muerte. Supe de ella en mis tiempos de reportero en el diario La Prensa de Curicó, cuando la veía desplazarse con toda confianza por la sala de redacción, salpicando una arrogante claridad de objetivos y una nula consciencia por el prójimo. Para entender todo este caos, debo referirme a la política de puertas abiertas del editor Carlos Pozo, deseoso que las demandas curicanas fuesen escuchadas por nuestros oídos pacientes, pobretones y alcoholizados, para después traducirlos en centímetros columnas en plena fermentación.

Con gruesas carpetas bajo sus rechonchos brazos, Nancy Grayson preguntaba a viva voz por algún periodista con “sensibilidad cultural” dirigiendo su mirada a Juan Pablo Jiménez o a Tito Araya (yo, por mi parte, guardaba una discriminada, pero conveniente distancia) para ofrecerles noticias sobre las actividades de la Fundación Amadeus –que presidía- o de su programa radial de música clásica que transmitía en Radio Condell.

La amabilidad y disposición de Jiménez y Araya dieron paso al desagrado más absoluto y no los juzgo por aquello: Nancy Grayson se volvió una presencia permanente, majadera y agobiante por todos los rincones del antiguo edificio de Prat con Merced. Cuando Jiménez y Araya optaron por esquivarla sin el menor disimulo, Grayson no se hizo problema y buscó nuevos aliados en Cyntian París, Pepe Ciruela y hasta Homero Acosta. Al poco tiempo los saturó a todos y cada uno con sus eternos monólogos salivados. De señora Nancy pasó a ser simplemente la Grayson y después viejuja pegote. Todos o casi todos los periodistas con algún vínculo con ella, apenas la divisaban, corrían a refugiarse en la oscuridad de las rotativas hasta que, cansada de tanto esperar, esta indeseable visita emprendía retirada. Sólo una vez intentó probar suerte conmigo: “¿Usted a qué se dedica, joven?”, me preguntó al no haber nadie más en la sala de redacción. “Policía y tribunales”, le contesté. “Entonces no me sirve”, dijo. Dio media vuelta y partió por donde vino. 

Hasta que volví a toparme con su silueta de trompo chileno varios años más tarde en Talca, ahora en calidad de evaluadora de proyectos de Fondos Concursables. Con el recuerdo de su paso por La Prensa, me preocupé  de mantener la conveniente distancia, pero sin perderme detalles de sus particulares costumbres por boca de Rene Gutendorf y del resto de los evaluadores curicanos, todos igual de adictos al pelambre. Durante las jornadas de mañana y tarde, el Instituto Nacional de la Cultura y las Bellas Artes entregaba a los evaluadores vales de colación en restaurantes del centro de Talca que Nancy Grayson guardaba celosamente en sus bolsillos, sin moverse de su silla durante todo el día, argumentando que todo el trabajo pendiente no dejaba tiempo para frivolidades como comer. Sin embargo, su estrategia era otra menos estoica: cobrar los vales en compañía de su esposo e hijos los fines de semana y así llenar sus panzas gratis a costa del Estado.

Pero este ayuno voluntario tuvo sus consecuencias. A eso de las cuatro de la tarde de un día cualquiera, Nancy Grayson llegó arrastrando su poderosa humanidad hasta la cocina del Instituto. “Niña, estoy que me desmayo, necesito algo para comer”, gemía abalanzada sobre una silla, ante la mirada atónita de Sarita, la auxiliar del servicio. Cuando le pregunté a Sarita cómo se la quitó de encima, su respuesta fue sorprendente: “Salí y le compré de mi bolsillo una mineral y unas galletas. No me quedó otra, porque después me iban a echar la culpa a mí que esta señora se desmayara, le diera un ataque o qué sé yo”. 

En esas mismas maratónicas jornadas de evaluación y selección de proyectos de Fondos Concursables, la vi acosar a don Jesús Riberos con sus brazos de pulpo exigiéndole alguna franquicia estatal para su hijo concertista y a este esquivándola por los pasillos, las escaleras y el baño del Instituto.

Un golpe bajo fue cuando, en sus deseos de librarse de ella, don Jesús la condujo a mi pecera  y con su voz de barítono la instó a atornillarse por media hora en una silla: “Claudio, por favor, atiende a Nancita. Quiere que la hagamos una crónica sobre un recital de su hijo en Curepto”. Fue una de las experiencias más extenuantes y dilatadas que tenga recuerdo.  

Con estos antecedentes, más tarde me enteré que Nancy Grayson había sido postulada por la Fundación Amadeus para conformar el nuevo Consejo de la Cultura del Maule para el período 2007 - 2010. De inmediato, le advertí a Miguelito Herreros que tuviera cuidado con abrir nuestras puertas a semejante plaga. “Estás hablando demás –me dijo mi iluso colega-. La señora Grayson ha hecho muchas cosas por Curicó. Será un gran aporte en el Consejo. Maritza la tiene como candidata número uno y yo la apoyo”.

Nunca he tenido demasiada paciencia con los porfiados y dejé que Miguelito y Maritza se quemaran con su propio aceite.  

Continuará...

4 comentarios:

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  2. LUIS1/5/13

    En todo caso,debe haber hecho grandes esfuerzos para poder mantener un programa de música clásico y además en una radio de provincia.(Radio Condell, de las hermanas.....)

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  3. No tuve que crecer demasiado para darme cuenta que prácticamente todos los cargos del funcionariato público están ocupados por la gente más mediocre, la gran mayoría metida al servicio a la mala, por la rendija o la ventana, con concursos mulas, familiares, amigotes y parientes lejanos, reproduciéndose desde adentro, vegetando, bien pagados, sin hacer casi nada, y más encima poniendo caras de importantísimos.
    Por eso me hice a mi mismo al margen de todo esto.

    Buena narración, amigo Rodríguez. Se espera la continuación.

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  4. Muy bueno el relato. Polémica la señora Nancy. La crítica viniendo de un hombre le suena a las mujeres como un poco too much, pero nada es seguro y aunque dicen que las brujas no existen ... algunos sostienen que las hay y citan por ejemplo a la suegra. Presumo que un texto así, tan incisivo, viniendo de una mujer pasaría ésta que cuenta de inmediato a la lista de brujas.
    Igual, muy bueno.

    Esta mañana leía Lo que está mal en el mundo de Chesterton y me recordó este texto (me recordó que no lo comenté).

    "Las mujeres siempre son autoritarias, siempre están por encima o por debajo, por eso el matrimonio es una especie de poético balancín. Sólo hay tres cosas en el mundo que las mujeres no entienden, y son la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero los hombres (una clase incomprendida en el mundo moderno) creen que esas cosas son fundamentales, y nuestras más cultas damas ni siquiera empiezan a entenderlas hasta que tienen en cuenta ese tipo de relajada camaradería."

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