12 de abril de 2013

Un grito: paz

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Quienes pedían mandato de los electores al gobierno, para buscar maneras hacia la paz, deberían ahora darse por oídos. La marcha del 9 de abril pasado en el Distrito Capital fue una muestra de un anhelo colectivo por vivir sin muertos y un rechazo asqueado a la gritería de locas sordas de una dirigencia política inepta y mezquina que ha sobrevivido de odios de a centavo y alentando miedos para sostener su dominación.

Para los ciudadanos no es claro que se invalide un esfuerzo por parar el tiroteo con la tesis de que el gobierno carece de mandato. Reducir la gestión del gobernante a un programa que al día siguiente de posesionado el gobierno sufre las variaciones, urgencias y modificaciones de una realidad imprevista, es por lo menos una idea mecanicista de gobernar. Esta idea no ve el ámbito de obligaciones constitucionales del Presidente, lo que estará siempre aunque no haya sido motivo de discursos en las aburridas campañas políticas de hoy donde los publicistas se gastan la plata de las campañas con sus costosas casas de muñecas parlantes.

Es fácil imaginar lo que ocurriría si los gobiernos no puedan atender las catástrofes naturales porque no recibieron mandato expreso de los votantes. Una de las catástrofes colombianas es la guerra, cada vez más cruel, a la cual parece se han acostumbrado quienes detentan privilegios al incluirlas en sus negocios de especulación.


La marcha unió a campesinos, indígenas, y sujetos urbanos en un solo clamor: la paz.

Se comprende que una voz como esta no se dirige de manera única al gobierno. También tiene que sacudir a los alzados en armas, están implicados en un deseo popular.

Algunos hubiéramos preferido, al fin y al cabo se tomó una fecha de honda connotación en la historia nacional, que la marcha hubiera replicado y amplificado la marcha del silencio de Jorge Eliécer Gaitán en otro abril. A veces el silencio ayuda a oír mejor. La verdad es que la fuerza de la presencia humana, con sus gestos y fotografías hacia innecesarios los discursos y proclamas y manifiestos. El silencio para dejar que los muertos fueran escuchados y los vivos sintiéramos el dolor y expresáramos la dignidad de una música renovada. Como la joven de 23 años debajo de un árbol con su cuerpo cubierto por la mortaja donde estaban la fotografía, el nombre, la identificación de su padre asesinado cuando ella apenas vivía los 5 años de su edad.

1 comentario:

  1. La población civil siempre empujando el buque.

    Sobreviviendo, a pesar de los que están arriba, nunca gracias a ellos.

    Buen escrito

    Saludos cordiales

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