18 de mayo de 2013

Jaguares


Por Pablo Cingolani
Y ustedes toleran todo esto.
Antonin Artaud: Carta a los directores de los asilos de locos,
1925

Los escucho a la distancia: la montaña les hace eco y sus rugidos se oyen a casi dos kilómetros, donde está la casa. A veces, voy a verlos. Camino por la banquina de una carretera, luego me desvío y entro en un bosquecillo. Antes de llegar a su morada forzada, paso por la jaula de los cóndores: años que están así, años que los veo así, y no hay nada más patético que enjaular a un cóndor en estos lados del mundo: fueron el símbolo de la fuerza y la rebeldía para sus culturas originarias.

Nunca entendí para qué sirven los zoológicos. Ahora dicen que hay muchas especies de animales que, de no existir los zoológicos donde los cuidan y los reproducen, ya se hubieran extinguido. Es algo insensato y perverso: lo mismo podríamos hacer, siguiendo esa lógica, con algunas tribus del Amazonas.

En verdad, algo de eso hubo en la historia. Antes, había zoológicos humanos. Tuvieron auge en ese momento histórico que Lenin caracterizó como la etapa superior del capitalismo, y las potencias ocuparon todo el orbe y se lo repartieron a pedazos, como una torta, para devastar y saquear. Hablamos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Cuando el imperialismo, la etapa superior, organizaba fastuosas ferias para exhibir su poder. Una de las más famosas fue la de París, cuando precisamente se inauguró la famosa torre que la corona, obra del ingeniero Eiffel.

A esos eventos, nuevos esclavistas, con engaños o a la fuerza, llevaban familias enteras de aborígenes de América del Sur, de África o de Asia, y los exhibían, tal y como seguimos exhibiendo animales en los zoológicos.

A pesar de lo aberrante de la idea, la misma prosperó. Todo sirve si pagas dos francos, dos libras o dos dólares la entrada. Y la gente iba a ver a los indios enjaulados. Y para que la gente se entusiasmara, y para que la gente se excitara, y para que la gente comentara y atrajera a más gente, se organizaba todo un show en base a un marketing muy dirigido: los seres humanos secuestrados y exhibidos no eran tales: eran “como o casi” animales y siempre eran caníbales, y feroces y paguen y vean que no mentimos.

La táctica era esta: no les daban de comer, les negaban el alimento por días. Cuando el público concurría a la feria, a ver la jaula donde se pudrían los pigmeos congoleses o de los fueguinos de las islas del extremo sudamericano, algunos de los pueblos que fueron sometidos a estos vejámenes, a estas inverosímiles violaciones a todos sus derechos humanos, los dueños del circo arrojaban carne cruda. Una fanfarria, unos cohetes, unos redobles y un animador, un maestro de ceremonias, vociferaba: ¡vean como devoran estos paganos! ¿Digan si no son bestias? ¡Imaginen que puedan estar comiéndose a sus hijos como se lo comieron al pastor Smith! La gente, primero aullaba, sorprendida, y luego aplaudía a rabiar.

Los periódicos –la fuente primaria de todas estas historias que se repitieron por décadas- celebraban estas atrocidades y alargaron en el tiempo esa moda de los zoológicos humanos. Luego, la presión de las iglesias hizo que desaparecieran. Lo que era carne de un negocio infame, se volvió pasto para la evangelización y un nuevo secuestro: el de las almas.

Los indios, la mayoría, se morían de enfermedades o de tristeza. Si hay una historia oprobiosa, si hay una historia vergonzosa, si hay una historia desquiciadora es ésta: que hasta el siglo XX, la humanidad no se ruborizó por montar y promover zoológicos con personas, con seres humanos. Si fuimos capaces de eso, no es difícil de entender porqué somos capaces de arrojar bombas atómicas o que uno de los negocios más lucrativos del presente siga siendo la trata de personas para prostituirlas o arrancarles los órganos del cuerpo o que enjaulemos a los cóndores, aunque los glorifiquemos.

El cóndor se está ahí, en su prisión de fierros, en la punta de un promontorio de piedras que le han construido ¡en medio de las montañas! ¡Qué ironía! Lo saludo y sigo caminando. Voy por afuera del zoológico, siguiendo su malla perimetral. Al llegar a una de sus esquinas, un paisaje singular y bello en extremo, se abre, panorámicamente: son los cerros multicolores que están detrás de la cárcel de los animales. Camino cincuenta pasos y ya puedo divisarlos. Son ellos. Son los jaguares del zoológico de la ciudad de La Paz.

Si el cóndor es el ave más grande e imponente de los Andes, el jaguar es el animal más poderoso y emblemático de nuestras selvas. Pero no deja de ser un gatito, un tremendo gatito, pero gatito al fin. Y si vas, como yo voy, y lo observas, y si además sientes empatía con los felinos, sentirás eso.

Entonces, sucede, que te enternece. Sucede que te cae simpático, adorable y la misma energía que lo volvió divinidad y tótem para nuestros ancestros, empieza a circular por tu espíritu, recircula ese lazo que nos forjó humanos. Pero sucede también que cuando lo sigues observando, y lo ves en un ir y venir constante y sin sentido, en un ir y venir sin horizonte, en un ir y venir desgarrador, en un ir y venir siempre así, todo así (Tu vida es así/ toda igual, toda así/ por eso la canto así, toda igual así/ toda igual/ toda así, cantaba Leo Masliah), caes en cuenta que toda esa belleza, toda esa potencia, todo lo que esto puede evocarte y hacerte sentir, está enjaulado, cercado, cautivo, toda la poética del jaguar está encerrada, y si prosigues, si dejas que esto te sacuda y te invada, que penetre dentro tuyo con su carga de sin razón y sin motivo, abres la puerta a la desolación, abres la puerta de la abolición de las metáforas y a preguntarte: ¿porqué?

¿Por qué encerramos a los jaguares? ¿Por qué les negamos la libertad? ¿Por qué los condenamos al desarraigo? ¿Por qué seguimos cometiendo los mismos errores de siempre? ¿Por qué no cambiamos? ¿Por qué?

A mí, les digo la verdad, ya me importan poco las respuestas colectivas. Supongo que cada uno, podrá tener la suya. Sólo me provoca esto: me conecto con los jaguares, con todos y con cada uno, y les pido perdón por el daño que les causamos. A veces, ellos me preguntan por sus selvas. Y yo, piadoso, les cuento dulces mentiras. Sería un infeliz si les contase la verdad: que las selvas también están siendo cercadas, enjauladas entre pastizales y sembradíos de soya, encerradas dentro de un mundo que no las quiere. Después, nos despedimos, ellos se quedan y yo me voy. Pero, cada tanto, vuelvo. Vuelvo a verlos. Vuelvo a verme. Vuelvo a vernos.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 18 de mayo de 2013

2 comentarios:

  1. Interesante y poético, pero yo si veo o siento a uno cerca ME MUERO!

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  2. Un lujo de texto. Da placer leerlo. Saludos.

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