29 de mayo de 2013

La chancha voladora

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

A Carrizo lo chiflan las estrellas. No las de cine, porque ahí sí que se enoja Verito y, con una feroz patada en el culo, lo hace cruzar la Cordillera de vuelta a los potreros. Hablo de las que aparecen en el cielo en noches despejadas y calurosas, como ésta que tengo al frente y que me hace sudar la gota gorda. Mi tarea, desde que tengo uso de razón, ha sido cuidar a Carrizo y, con ello, velar por sus reflejos. Pero tranquilos, estoy preparado.

Por estas fechas, el Maule es un horno, así que estamos acostumbrados a cocernos gran parte del día. Por eso hemos logrado sacarles ventajas a los equipos provincianos en esta liguilla organizada en Santiago (demás que esta es una artimaña para favorecer a los equipos grandes de la capital). Aunque todavía no podemos cantar victoria al faltarnos la prueba final, la más difícil de todas.

Por cierto que durante el invierno, las cosas son distintas. En Talca tenemos tanta neblina que, de tan espesa, borra la punta de la nariz y desaparece la yema de los dedos. Pero por lo menos sirve para poner a prueba el sentido arácnido de los porteros, quienes, más que ver la pelota, deben oler el caucho que corta el aire y peina el pasto.

También respirar la cal que limita el campo y hasta la transpiración del cuero cabelludo de un atacante o de un central botado a delantero.

Y si de poner a prueba se trata, el invierno también deja al descubierto quienes son los verdaderos rangerinos, los que llevan la sangre rojinegra en las venas, que semana por medio visitan el Fiscal junto a las aguas del Claro, frotándose los huesos de las manos en espera del gol, con el rosario cargado en la punta de la lengua en caso de que al hombre de negro se le ocurra saquearnos y, por supuesto, llanto y rabia si es el rival quien termina abrazándose delante de nuestras narices con el pitazo final (toco el tronco de este escuálido árbol santiaguino, rodeado de cemento, para que eso no nos pase mañana).

Pero no hay quien pueda con las chifladuras de Carrizo. Cuando le da por hablar de sus sueños, sale con cada cosa. Una vez me contó una historia donde tenía que atajar estrellas fugaces de larga cola amarilla. Cuando las veía venir, no se lanzaba según su voluntad, sino sujeto por unos hilos que, desde arriba, manejaban a su gusto unos angelitos gordos y rosaditos, como los pelusitas de los arrabales. Y no falló en ningún tiro. Al contrario, siempre logró cambiarles el curso a las estrellas con un puñetazo o con la punta de los dedos, porque imposible apañarlas en contra del pecho y rodar con ellas por el pasto unos cuantos segundos (de hecho, no había pasto, sino sólo cielo infinito). Todo lo contrario de los porteros de juguete que intentan robar unos miserables segundos a favor de su equipo –sepan que esas malas prácticas se dan en todos lados, no sólo por estas tierras-, porque los hilos de los ángeles obligaban a Carrizo a tomar posición de inmediato. Aparte de que el fuego le habría quemado los dedos y un arquero con los dedos quemados se muere de hambre en Almagro, Avellaneda, Talca o donde sea. Más aún si la destreza con la pelota no es su fuerte, incapaz de imponerse más allá del área chica y de valerse de la técnica y velocidad de sus pies.

En esto quiero ser honesto. Carrizo se sabe malo con la pelotita y por eso no se aburre de gastar su garganta gritando a sus compañeros. Todo ese discurso lo arma para despistar, para que nadie sospeche que con las dos piernas es más tieso que chuleta de frigorífico. 

Lo de Carrizo y las estrellas viene de hace tiempo, cuando se mandaba las primeras estiradas en los potreros de Junín y el General Perón acostumbraba a regalar camisetas numeradas, botines y mallitas con pelotas de caucho a los clubes que se bautizaran con el nombre de su amante, una cabaretera con ínfulas de artista. La necesidad tiene cara de hereje, pensaban los dirigentes, y caían en la bajeza de fotografiarse con el sonrisal Presidente milico a cambio de estas miguitas. No fue raro encontrarse con dos pueblos perdidos y tocayos, uno de ellos de Junín, con un espinillento y raquítico Carrizo en el pórtico (sí, aunque no lo crean, a Carrizo alguna vez se le vieron las costillas), disputándose el campeonato de foot – ball de las infantiles. Sin perder el tiempo, Perón y su amante se instalaban desde temprano en la tribuna de honor –si no la había, se improvisaba una con pintura, tablas y toldos y consignas como “Perón cumple”- esperando su turno para la premiación.

Pero en vez de aprovechar tantas buenas oportunidades, con tanto descubridor de talentos en las graderías, Carrizo dale con la astrología, los planetas y las estrellas. Con decir que cuando cuidaba las dos piedras que delimitaban el arco en los potreros, ya andaba perdiendo el tiempo mirando el cielo y ganándose, de vez en cuando, sendas boletas y de puro papafrita. Para ser el mejor arquero, hay que tener los pies ligeros sobre en el pasto, sentir el olor de la clorofila -como decía el viejo René Pontoni-, pero también despegarse de ella como las moscas. Es ahí donde está la pelea, no en el cielo, digo yo. Y tanto le dio a Carrizo con el asunto de las estrellitas, cohetes, planetas que hasta se dio maña de ponerse a estudiar en la universidad y sólo para que no lo llamaran iletrado. Por eso en las entrevistas, a Carrizo le gusta tanto decir “soy metereólogo de profesión.” (pincha nubes les dicen en Junín). Aunque él pregone orgulloso a los cuatro vientos su paso por los libros, a la larga lo único que ha contado en todos estos años es esa señorita redonda que muchos patean, pero pocos tratan con cariño. Gracias al baloncito, la familia ha tenido para comer y darse uno que otro lujo, mientras que la meteorología sólo para buscar platos voladores. De muestra, tenés los trapitos exclusivos que Verito se compra en la boutique Tijero, los zapatos finos de la Bota Verde de la avenida Uno Sur. Y Carrizo no lo hace mal: para andar contento necesita el último Pato Donald del quiosco, una cajetilla de cigarros (dice que lo ayudan a atajar mejor, pero eso es puro cuento) y los corderitos a la llama, cada vez más caros y escasos en Talca y que lo hacen dispararse en los kilos. No sería problema si se esmerara con unas horas más de trote por la orilla del Fiscal, penitencia a la que le hace el quite como al mismo diablo. Aunque con panza y todo, Carrizo no tiene nada que envidiarle a los aeroplanos o más bien a los helicópteros, porque con la pancita Carrizo parece helicóptero.

Esta vida no sería la misma si Carrizo se hubiera dedicado a pincha nubes y el viejo René Pontoni no le hubiera puesto atención a sus estiradas bajo los tres palos (en ese tiempo ya eran tres palos y no dos piedrecitas). Al darse cuenta que el pibe este pintaba para profesional, se lo llevó a Racing y su pupilo cayó parado en el puesto de arquero, en especial por la colaboración del titular (omito el nombre para no herir a alguien), más conocido por ser el inventor de los guantes sin dedos que por otra cosa. Con esa clase de competencia, a Carrizo le costó poco y nada ser genio y figura. Sólo regularidad y listo. Por supuesto que también se mandó sus numeritos con la boludez de salir jugando sin saber dominar el balón como buen cristiano. 

Cuando le daba con eso, no había quien lo parara, aunque le gritásemos a dúo y a todo pulmón con el viejo Pottoni que volviera al arco antes de que los rivales se diera cuenta del tremendo regalo que les estaba dando el porterito.

Después vino lo mejor, el campeonato del 66. Se lo atajó todo y dejó con los dientes afilados a los mismísimos diablos de Avellaneda, a quienes no les alcanzó para matar ni siquiera con los goles al por mayor de Lucho Artime. El telegrama de felicitación que recibió de Perón desde España acabó por hacerle creer -siempre ha sido tan reinocente este Carrizo- que el General lo consideraba su amigo del alma y de puro contento mandó a enmarcar el papelucho y lo pegó en la pared de la casa, sin preocuparse que le quedara derechito. Por eso, los tiras casi lo meten preso acusándolo de armar quilombo, cuando Carrizo nunca ha sido político. Pelusón y soñador, todo lo que quieran, pero nunca político.

Justamente los famosos relajos de Carrizo, esa afición de dárselas de bromista poniéndole a sus compañeros pulgas explosivas en los colchones de las camas durante las concentraciones le pavimentaron fama de poco confiable. El resultado de estas boludeces han sido jugadores de Racing y luego de Rangers con sus cabezas pegadas en el techo y no precisamente para ayudar a Carrizo a ver las estrellas. La semana pasada, cuando Benítez se informaba en el hall del Hotel Carrera, el corazón casi le salta en pedazos con las hojas del diario partidas en dos entre las manos, por unos cuantos petardos en sus zapatos. De verdad, las palomilladas, los Pato Donald, los cigarros, los corderitos, las nubes y las estrellas terminaron por joder a Carrizo con la selección, el sueño de todo pelotero argentino. No lo llamó Toto Lorenzo para el dream team de Inglaterra 66 (y por eso nos fue como nos fue, también) ni para ningún sudamericano y dudo que lo haga ahora que Carrizo juega tapado por la Cordillera. Poco y nada pueden saber en Argentina de lo bien que anda en este equipazo, próximo a campeonar si logra echar a pique a la lechuza con gorra de licenciado, si me permiten.

No sé porque se me vienen todos estos recuerdos a la cabeza, que ni siquiera son míos, sino de Carrizo. Me preocupa que esta calurosa noche santiaguina, con este cielo tan estrellado, sea una tentación para sus locuras. Seguro que desde esa ventana del hotel con la luz encendida, Carrizo le está quitando horas al sueño mirando hacia arriba, en vez de dedicarse a soñar con los remates, cabezazos, enganches, disparos y puntetes del rival. O bien a soñar con buenos rechazos, el balón apañado con las manos firmes, achiques con habilidad de gimnasta, sin resbalarse, rechazar con el pecho de acero y, si no fuera mucho pedir, convertir penales y tiros libres como lo hace en los entrenamientos. Ya lo estoy viendo en las rotativas del cielo: la Chancha Voladora en estrecho duelo con las estrellas fugaces.

2 comentarios:

  1. se marca un tanto el narrador con este divertido relato de estrategia y sicología

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  2. LUIS1/6/13

    Amadeo Carrizo, genio y figura de todos los tiempos.
    Excelente relato.

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