12 de mayo de 2013

Mamas

ENCARNA MORÍN -.

"El hiyab de las mujeres de occidente es la talla 38" (Fátema Mernissi)

Tuvo una adolescencia plagada de tabúes. Era flaquita y por entonces ignoraba que esto era una suerte. La menstruación llegó cuando quiso, exactamente a los quince, es decir un poco tarde si se comparaba con las niñas de su edad. Al sentirse una especie de bicho raro, tampoco valoró esto como algo bueno.

Se sintió adulta cuando llevó el primer sujetador que hasta le venía un poco holgado. Entraba de esa manera en el mundo femenino, se convertía en una más. 

La geografía de su cuerpo fue cambiando. Con frecuencia se hacía la pregunta: ¿Pero cómo es que llegué hasta aquí casi sin darme cuenta?...

Sus pechos no crecieron al unísono. Nadie le explicó entonces, porque de esos temas no se hablaba, que el derecho se desarrollaba antes que el izquierdo por ser diestra y utilizar más este brazo. Con el tiempo homologaron su tamaño.

Y llegó el primer embarazo. Era muy joven entonces. Veintitrés años y un título universitario, recién obtenido, no le servían para tener claro la nueva metamorfosis que volverían a sufrir sus mamas. Aún el “predictor” no había dado positivo cuando los sujetadores le molestaban por todos lados.

Luego vino la lactancia. Por entonces ya estaban en el mercado los sostenes desplegables para madres lactantes, aunque no fueran de gran ayuda ya que en el momento imprevisible su blusa se humedecía por ambos lados y sin previo aviso.

Vivía temerosa por si el bebé se estaría alimentando de forma correcta solo con ese líquido blanquecino que salía de sus pechos. Posiblemente por eso se le hicieron grietas, por todo el tiempo que le dejaba mamando. Eso hizo que los pezones se humedecieran y se terminaran convirtiendo en un pequeño problema. 

Nada más pasar la maternidad, las mamas se derrumbaron. El sujetador, esa prenda no cuestionada por entonces, pasó a ser su aliado.

Hacía topless en la playa con cierto pudor, no por estar casi desnuda, sino por el derrumbe prematuro de sus glándulas mamarias. Como si fuera culpable de no ser lo suficientemente hermosa y atractiva peleaba por mantener los kilos a raya, aunque con esos dos o tres que subía en la báscula las mamas parecían menos fláccidas.

Mientras los anuncios y revistas bombardeaban en todo momento con unas mujeres esculpidas y casi perfectas: delgaditas y a la vez exuberantes; su cuerpo iba tomando distancia del modelo a la vez que ella ocultaba sus pechos tras uno de esos sujetadores con relleno y aros en la base.

Incluso le cruzó por la cabeza la idea de someterse a cirugía, solo el miedo hizo que desechara la idea. Muchas de sus amigas lo habían hecho, pasando de esta manera a combatir el paso del tiempo y de la vida. El premio era dejar de ser invisibles, sentirse admiradas y deseadas. 

Cuando por fin recaló en la madurez, tras un periodo corto en el que la menstruación pasó a mejor vida, como una mariposa volvió a metamorfosearse de nuevo. Esta vez sus pechos ganaron volumen y consistencia, como el ave Fénix resurgieron de sus cenizas. Los sujetadores se volvieron verdaderamente insoportables. Claro que no llega a la talla treinta y ocho, solo cuando se somete a una dieta estricta consigue llegar a la cuarenta, por supuesto pasando muchas privaciones. Definitivamente no está ya para esos trotes.

La última vez que visitó al radiólogo para someter a sus mamas a todo tipo de apretones bajo una prensa que quería escudriñar si es que tenía alguna patología, salió contenta, radiante, al leer el contenido del informe:

“La mamografía bilateral en dos proyecciones realizada, pone de manifiesto unas mamas notablemente simétricas, ambas con contornos regulares y una configuración externa normal."

¡Por fin alguien certificaba que sus tetas eran perfectas! A partir de entonces jubiló toda la gama de sostenes: con aros, sin aros, sintéticos, de algodón, con encajes o austeros. Todos a la hoguera. 

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

6 comentarios:

  1. "El premio era dejar de ser invisibles, sentirse admiradas y deseadas."

    Molto bene. La cita del informe es hilarante.

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  2. Me encantó!! me reconcilia con mi Ser, esa soy yo, Vitalidad que aprecio en todas sus formas:)

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  3. Aprender a aceptarse lleva años y tal vez nunca sucede. Hay mujeres que se aceptan y viven en paz con sus cuerpos, algunas tomarán el toro por las astas y se meterán al quirófano, otras sufrirán sin remedio ante un mundo que tiene un estereotipo como ideal y que no cambiará pese a lo mucho que se lo critique. Y sí, las lindas tienen privilegios más aún si están bien puestas por delante y por detrás.

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  4. Por el bombardeo mediático acabamos pensando que es vital y necesario tener para ser. Esa información la recibimos desde tan pequeñas que es una injusticia que luego se nos acuse de no percibir "correctamente la realidad", lo mismo sucede con el sueño del príncipe azul. Los pechos grandes no te hacen necesariamente feliz, un hombre en tu vida tampoco.. sólo se es feliz cuando se consiguen ajustar algunos engranajes en las formas de mirarnos al espejo.

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  5. Tacones que podrían provocarnos un esguince, dietas estrictas que nos hacen pasar hambre, cirugías por doquier para simular menos edad... hay muchas formas de opresión más allá del velo musulmán.

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  6. en mi caso, nunca llegué a lograr la deseada simetría y mi pecho derecho continuó siendo penosamente poco voluminoso; tampoco crecieron todo lo que yo deseaba, pese a la lactancia, pese a las oraciones que le elevé a Jesucristo: "¡Haz que me crezcan!, pido poco, ¿qué más te da un milagrito mamario poco más o menos?" :)
    Pero ahora me allegro y Le entiendo: ellas son como yo, asimétrica, desbanlanceada.

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