8 de junio de 2013

De la guerra y la esperanza


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Una de las consecuencias deseables del fin del conflicto armado y empeñarse en la afirmación de esa paz, es el cambio de sensibilidad o insensibilidad que tendremos los colombianos. Vislumbrar un estatuto de igualdad producto de una ley que al no hacerle trampa a los ciudadanos sea acatada por la convicción superior de que así se moldea la sociedad que queremos, constituirá un bien apreciable.

Cincuenta años de tiros sin compasión debería constituir una vergüenza por persistentes que sean los discursos y la propaganda con los cuales hemos justificado lo inaceptable. Metidos en ese delirio de destrucción y crueldad no hemos sido capaces de ver lo que ha ido ocurriendo con los ripios de nuestra humanidad.

Quienes no estamos en lo que llaman el monte, nos consolamos con la falsa suposición de que los únicos que se degradan son ellos, los guerrilleros a quienes algunos llaman bandidos, bandoleros, terroristas y la frecuente utilización de la madre ajena para insultar.

Nos hemos eximido de mirar nuestra metamorfosis. Nuestro irrescatable Samsa desde la fatalidad del insecto, solo que no está inerme. Una indolente concepción de la normalidad ha creado la moral acomodaticia que impregna los actos y los justifica en su maldad. Inadvertidos o maliciosos.

El aspecto más sofisticado de esa transformación, producto de la guerra y los seres vacíos en que nos convierte, quizá consista en la sobreposición de los intereses personales, de las ideologías de cada quien, religiosas o de presunta cívica, a la ley. Aquí se pasa de temas graves como el aborto, los impuestos, las uniones del mismo sexo, el fuero militar, las muertes de inocentes para repartirse una propina, a la picaresca de saquear los presupuestos públicos, vender la función estatal, comprar las conciencias en lo político, lo judicial y lo legislativo.

Así, una guerra larga, nos ha dañado a todos. Es de suponer que al perder el sentido y la dirección de la vida, al irrespetar la muerte, al convencernos de que todo estaba perdido, lo que desapareció fue el entendimiento del delito, del pecado, de la finalidad de vivir.

En esa afección de la sensibilidad, pasmo de la imaginación, el virus más pernicioso ha sido cultivar el odio como respuesta única a los alzados en arma. Más adelante habrá que ahondar en la verdad de la muerte para saber qué nos pasa. Ninguno quedará satisfecho con la respuesta de que son ocurrencias de la guerra. Si insistimos en el odio la solución no será humana, ni política, ni nada. Tendremos que matarnos y dejar de sobrevivientes a los iguales. Vana pretensión.

El director de cine, Lisandro Duque, alentó la esperanza. Advirtió que en las esquinas de semáforo donde antes limosneros llevados por la droga se tiraban en los automóviles, hoy aparecen artistas del hambre, funámbulas y saltimbanquis que recogen con dignidad las monedas.

2 comentarios:

  1. Sólo el pueblo puede hacer la fuerza necesaria para lograr una paz verdadera, no hay que dejar este asunto a los políticos ni a ningún tipo de representante pues ellos en su busqueda constante de poder no hacen más que retrasar la cuestión. Colombia tiene que despertar y hacer la lucha alzando su voz y estando atentos a desarrollo de las cosas.

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  2. Paz para Colombia y toda latinoamérica que si nos peleamos entre nosotros nos devoran los del Norte.

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