19 de julio de 2013

Momias retóricas

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Aquella frase que oímos en la primera juventud, nos hacía estornudar: sacrificar el mundo por pulir un verso. La atribuimos al ejercicio versificador que se presentaba como poesía. Culto a formas arcaicas que enmascaraban sentimientos adolescentes, de casas de muñecas.

El tributo a la forma se expandió de la lírica engolada a las expresiones sociales. Terminó por constituir una característica nacional asentada en la región andina. Contagiosa por demás. Los esfuerzos que se han hecho mediante leyes y reformas, protestas y jurisprudencias de jueces probos, por erradicar esta epidemia, han resultado infructuosos. No ha habido manera de entender la importancia de lo sustantivo. La falsa dicotomía entre forma y contenido ha llevado a descuidar lo esencial y a la ceguera frente a la urgencia.

Un bien fundamental como la justicia es víctima predilecta del indolente formalismo. Si se tuviera un sistema de estadísticas sería fácil comprobar uno o dos motivos de la marcha lenta de los procesos y del atiborramiento desbordado de los tribunales. La mayoría de los memoriales y autos y la completa jeringonza de sellos, pedidos, invocaciones, apelaciones, es un rosario inacabable de planteos formales solicitando la nulidad completa de meses y años de arduo trabajo por el descubrimiento de una coma que falta, un papel no autenticado, un documento de identidad borroso, una mirada torva del fiscal en la audiencia.

La formación científica y el carácter del juez han sido insuficientes para ponerle fin a ese desmadre de irresponsabilidad y burla. Hay abogados que cobran honorarios no por defender una causa sino por el número de meses durante los cuales evitaré la sentencia.

La justicia es asunto de todos. Su afectación o desconocimiento en el ámbito del interés público, se observa sin compasión en la respuesta que el gobierno ofrece a las peticiones desesperadas, tensas, de viva voz y cuerpo expuesto, de la comunidad. Aquí la forma vuelve a primar. El gobierno espera que miles de campesinos en Tibú, La gabarra, se comporten en el reclamo justo de derechos aplazados y necesidades vitales ignoradas cuando no irrespetadas, de igual manera que los dueños de bancos, sentados a manteles en un club, con el funcionario de turno. Los de a pie llevan cincuenta años soportando el engaño, el incumplimiento. Solo existen para las autoridades cuando se levantan y protestan, o como dice la expresión bogotana, se rebotan. Si. ¿De dónde rebotan?

La anterior inconsecuencia es igual a pedirle a los desesperados reclamantes de justicia que solo serán atendidos si elevan, si e-le-var, sus peticiones en latín y con bendición del Arzobispo. Una justicia elemental: la carretera, el puesto de salud, la escuela, la tierra para sembrar alimentos. Todavía se quiere ignorar que ese estado de cosas es el caldo predilecto de movimientos armados y de narcotraficantes y de especuladores. Por Alá.

2 comentarios:

  1. Algo huele muy mal en esta época, estimado Roberto. Vuestro artículo se adapta perfectamente a la realidad judicial de todos los países que conozco.

    Muy bueno

    Saludos cordiales

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  2. Tal cual. Es preciso a donde apunta su dardo. Que metan sus narices en sus asuntos clericales y dejen a las personas vivir en común unidad.

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