26 de agosto de 2015

Cosas de grandes

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Desde la ventanilla del colectivo, te vi barrer los metros de antejardín de la casa de tu madre, moviendo la escoba destartalada con decisión, levantando el polvo en medio del sol, con esos brazos fuertes que alguna vez me condujeron por donde quisiste. Pensé por un momento en bajarme y salir disparado hacia la casa de mis padres y decirles adivinen a quién vi, a la Marisela, se le vinieron los años encima a la pobre, pero aquello me habría vuelto aún más pequeñajo para ti y acabarías por enterarte que, a pesar de los años, yo aún te rehuía como si fuera uno de los chanchitos de tierra que perseguíamos con Oscarito en ése y en otros antejardines de la cuadra. En vez de eso, decidí detenerme y esperar tu reacción, algo menos patético que sucumbir al peso de tu oportunismo. Con ello evitaba poner en evidencia mi fracaso en borrar tus huellas tras esas visitas obligadas cuando el barrio se anunciaba vacío. Atenta al sonido de la puerta del colectivo cerrándose, levantaste la vista, me clavaste los ojos como esa vez y reíste. Los años han pasado con saña, batallas siempre y a toda hora, cuerpos viejos y cansados los nuestros, pero tus ojos iguales, burlones, indagadores, viscosos. Y yo, por dentro, el mismo cabro chico sin destetar que perdía buena parte de su vida en la calle, esperando que su amigo Oscarito terminara su tazón de leche con chocolate y galletas, a ver si me guardaba una, y sobre el cual tú reparaste desde las cortinas. Tus ojos me recordaron aquella ocasión en que me abriste la puerta y dijiste, siempre la mirada fija en tu presa, pasa, pasa nomás, el Oscarito no está, pero puedes esperarlo adentro, que hace mucho frío y debes tener hambre. Me abrazaste como si fuera necesario un saludo entre nosotros y me llevaste, si no de la mano, empujado suavemente por el hombro, por las baldosas quebradas del antejardín, ocultándose tu fechoría entre medio de ligustrinas y un limonero, una manguera desperdiciando agua sobre el pasto y el silencio de esa calle, un domingo por la tarde, cuando todos parecían haberse ido al estadio o a las quintas de recreo. Por dentro, una casa como muchas conocidas, un aseo doméstico a medias, los sillones cargados de adornos, hasta el reloj cucú con el pajarito desprendido de un alambre, la mesa con las sillas arriba invertidas y las paredes repletas de banderines, fotos y santos. Salen todos y me dejan a cargo de la casa, fíjate como son de malos, dijiste sin parar de sonreír. Desde la calle, el sol se desviaba con las frondosas copas de los árboles, el muro de ligustrinas y el limonero, colmando de penumbras el interior. Aún así, mantenías las luces apagadas para que tu plan fuera mucho más fácil de ejecutar. Pasa, pasa, si el Oscarito ya viene, vamos adentro mejor y te sirvo algo. Me llevaste hasta el fondo de la casa, el dormitorio, la cama sin hacer, olor a cuerpo y a insecticida que expulsaste recién de la bomba, pero nada de comida. ¿Has hecho cosas de grandes?, me dijiste y te sacaste el gorro de baño, meciste tu pelo girando tu cabeza redonda como muñeca, te quitaste una camiseta vieja, llena de hoyos y desteñida, y dejaste al aire tus senos gigantes, con sendos círculos negros alrededor del punto rojo, más abajo los shorts de jeans hilachentos que apenas cubrían algo de tus piernotas. Anda, tú también, sácate todo, así como yo, decías con el calzón entre tus dedos, pateando tus zapatillas debajo de la cama, y cómo me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, me pegaste un empujón, metiste tu lengua en boca y luego la tapaste con la mano, sin dejarme respirar, rogándome que no gritara, que me querías más que a todos los de esa casa oscura. Después te vi reír con ese juego, porque eras tú la que reía y yo el que se asustaba. Ándale, hagamos cosas de grandes, decías mientras me modelabas con tu saliva y tus dedos gruesos, como si yo fuera de plastilina, la masa de algo que estabas a punto de hornear, los mismos dedos con los que barrías, regabas y ayudabas a tu madre. Sí, con estas manos yo les sirvo a todos los huevones en la mesa, decías con malicia. Te recuerdo recorrerme entero, labios, brazos, pechos, muslos, tú cuerpo ansioso, afiebrado, exprimiéndome, tu espalda vigorosa desde lo alto, tus posaderas cubriendo mi cuerpo, restregándose sin control entre mi pecho y vientre, una explosión de felicidad, un punto de encuentro contigo y nadie más, para sumirme en un sueño profundo, cansado, sin saber el motivo, de seguro por toda la fuerza de sostenerte, tantos ejercicios y empujones que nos dimos. ¿Por qué cuando vienes a mi casa te quedas dormido?, protestaba Oscarito ya de regreso, moviéndome el hombro y tú riéndote mientras guardabas una ropa planchada en los cajones de un mueble. Ya sabes, esto es cosa de grandes y estamos casados, no te podrás separar de mí ni hablar de esto con nadie, me decías al oído, cuando yo me iba despacito, con ganas de olvidar, y Oscarito mirando desconfiando pues qué le podía decir su hermana a un amigo de la calle, más encima muerto de hambre. Dejaba atrás la oscuridad, las ligustrinas, la manguera ahora con la llave cerrada, las baldosas quebradas y tu voz sonando en mi cabeza y retumbando en el pecho. Ponía los pies en la calle, la misma desde donde me descubriste bajando del colectivo, tú convertida en señora al borde de la cuarentena, sin haberse ido de la casa de sus padres, con las canas sin teñir, tan tranquila que es la Marisela, dijo mi madre cuando me sorprendió dentro de la casa mirándote por la ventana, cuando girabas alrededor de esa escoba barre que barre.

3 comentarios:

  1. Un cuento excelente: bien escrito, bien sentido. A quién no le han pasado estas cosas cuando niño? Una de las grandezas más humanas que tenemos es el sexo, y el erotismo su excelsitud. Este cuento recoge con maestría al niño que todos llevamos dentro. Y la carga de adrenalina erótica que nos envuelve es fuerte cuando recordamos momentos como este. Albricias!, Claudio. Mis saludos, Manuel

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  2. Me recordó a la prima Daisy, de Los Dukes de Hazzard. Una evocación muy bien narrada.

    Saludos cordiales, amigo.

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  3. LUIS1/9/13

    Esa mirada a través del ventanal,¿ era de pena por las huellas que el tiempo dejó en la musa o de nostalgia por algo que ya no volvería a suceder?.
    Muy buen relato, estimado Claudio.


    Saludos.

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