18 de agosto de 2013

El dormitorio

ENCARNA MORÍN -.

Crecí en un espacio libre y salvaje, entre personas ausentes y recuerdos emborronados. De alguna manera todo ello ha afectado a mi concepción del mundo y de la vida. Estoy en el presente, pero una parte mía transita por paisajes de mi memoria que jamás volverán a existir. Y hay lugares y decorados que puedo describir con precisión sumamente detallista, aunque fuera una niña muy pequeña cuando los grabé para siempre.

Recuerdo el dormitorio grande de la casa. Pocas veces mis padres durmieron en él en mi presencia, ya que partieron pronto hacia otro lugar, a veces conmigo y otras sin mí. La casa era toda de la abuela, mía y de Pedrito, un gato enorme y pacífico que iba y venía a su antojo, como hacen los gatos de verdad.

En aquel dormitorio había un tocador. El primer cajón contenía muchas cartas y papeles. Copiados con la letra caligráfica perfecta de mi padre, estaban unos poemas que un anónimo talento escribió y que habrán sucumbido, supongo, aunque algunos versos siguen almacenados en mi memoria. Eran buenos, por eso me gustaban.

En la puertecita de la derecha había unos cuantos ejemplares de Selecciones del Reader´s Digest y otro libros. Al parecer mi padre estuvo suscrito por un tiempo corto a esa revista. Yo leía todos los ejemplares, pero me parecía que se trataba de otro planeta. Efectivamente, aunque fuera una versión castellana, estábamos a mil años luz de los Estados Unidos de América allá por los años sesenta.

Junto a las Selecciones estaban unas estampas grandes de animales exóticos. La verdad, no sé cómo pudieron llegar hasta allí. Pero recuerdo al tucán como un ave que jamás habría visto ni siquiera en los libros de la escuela que eran aburridos, aleccionadores, y supervisados por el régimen siniestro de Franco. Muchos delitos cometieron estos textos del régimen, extremadamente sexistas, muy clasistas y con alto contenido ideológico. El peor de todos los males fue confundir y mezclar la religión con la historia, generándonos una gran desinformación y adoctrinamiento.

Había algunos libros más. Entre ellos un deshojado y manoseado Martín Fierro que se trajo un tío abuelo, emigrante retornado. Parece que mi padre fue un voraz lector, aunque lo que llegaba a sus manos por entonces eran novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y poco más.

Estaba también el pesado libro escrito en letra pequeña que contenía la historia de “Genoveva de Brabante” del que la abuela decía que era triste, muy triste, y que leerlo la hacía llorar. Esta rudimentaria biblioteca forjó mis ansias de encontrar cosas en los libros, dándome otros puntos de vista a la oficialidad reinante.

En el aparador del dormitorio, que generalmente no se usaba como tal, había un taburete frente al espejo que a mí me parecía cómodo, por eso de que todos los colchones de la casa eran de lana y éste tenía en su interior unos muelles rudimentarios. Encima, sobre un tapete de ganchillo, descansaban la colonia, el peine, y un botecito de cristal con tapa que tenía horquillas y trabas para el pelo. Recuerdo que había una única barra de labios de mi madre. Era el único símbolo de coquetería que había en aquella casa. La abuela fue viuda sin que su marido hubiera muerto.

En las mesillas de noche también exploraba mi curiosidad de niña. Y cada vez que me mandaban a limpiar el polvo, debía de aterrizar en la cama una virgen del Carmen, un niño Jesús y un viejo despertador de cuerda que ocupaban su lugar habitual en las mesillas de noche. Limpiaba aquella estancia recordando las palabras del cura de que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Me daba por pensar que los muertos estaban entre nosotros en forma del polvo de la casa y que yo los removía de vez en cuando.

El viento que sopla mucho en mi pueblo, se colaba por las rendijas de las persianas de madera de los postigos de la ventana de aquel dormitorio, y yo siempre sentí que era un aullido sobrenatural. Me intimidaba ese pitido.

 En la cabecera de la cama había un enorme cuadro de la Virgen de las Nieves, y cada vez que me dolía el oído mi abuela decía que ella me iba a curar y que a cambio iríamos en peregrinación hasta su ermita en agosto. Mi primera imagen gráfica está tomada sobre esa cama. Tenía cuatro meses, aún vivíamos todos juntos y yo era una niña sana y feliz.

 Una vez encontré entre distintos objetos del cajón de la mesilla de noche un pequeño bombillo de bicicleta. Fue un hallazgo. En el pueblo solo había luz eléctrica tres horas, desde el anochecer hasta las diez. Mi abuela hacía sus “rosetas” caladas en hilo por la noche a la luz del bombillo. Cuando daba dos avisos de apagar y encender era la señal de que el responsable del motor se iba a su casa y desconectaba. Entonces había que encender una vela.

-¡Ya te vas Gabino! - exclamaba la abuela -.

Yo siempre pensé que Gabino era el bombillo. El día que encontré el bombillito en el cajón, salí al patio muy feliz.

-¡Encontré un Gabinito!

Y todos se reían al darse cuenta de mi equívoca asociación de palabras. Esa anécdota se comentó muchos años en casa, junto con mi proeza de cruzar la huerta por mi pie para llegar hasta la escuela a los tres años, camino que nunca dejé de hacer en lo sucesivo. Cuando cayeron en la cuenta de que no me había caído el aljibe, sino que estaba jugando con las niñas de la escuela, sé que no me castigaron, ni se enfadaron conmigo. Recuerdo que en ese momento sentí en mi piel que yo era muy valiosa para mis padres y mi abuelita.

Puedo colocarme en mi mente en aquel dormitorio y con los ojos cerrados saber donde está cada objeto. No existiría si no fuera porque permanece intacto en mi recuerdo. Tampoco identifico otro espacio como mío propio más allá de aquel valle de palmeras en el que nací y por el que di mis primeros pasos. Esa es la única patria a la que pertenece mi corazón.

3 comentarios:

  1. Te acompañamos a mirar a través de esta nítida ventana en el tiempo, querida Encarna.

    Memoria fotográfica prodigiosa explayada en una narración impecable.

    Un abrazo fuerte

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  2. !Nostalgia pura! Un deleite de escritora.

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  3. Amigos... les quiero.
    Hizo falta una mano generosa que creyera en mi capacidad creativa mucho más que yo misma. Gracias Jorge Muzam por ayudarme a disfrutar de la escritura. Ya no puedo vivir sin ella.

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