21 de agosto de 2013

Inmigrantes

GONZALO LEÓN -.

Leyendo la voluminosa biografía del norirlandés Brian Boyd sobre Vladimir Nabokov detecté algunos puntos en común entre lo que le tocó vivir al escritor ruso y lo que me ha tocado vivir a mí, guardando las enormes proporciones desde luego. Nabokov huye junto a su familia de Europa y llega a Estados Unidos en 1940. En Nueva York, un periódico ruso destaca su llegada, o más bien la de Vladimir Sirin, el heterónimo con el que había escrito hasta ese momento. Varios artistas y pensadores habían sido acogidos por esta nación: Einstein, Huxley, Auden, Stravinski, Chagall. Y si bien el autor de Pálido fuego no estaba a la altura de ellos, en poco más de cinco años lograría cierta celebridad. Mientras tanto, recomendaba en una carta a un amigo, que haría el mismo viaje que él, abstenerse de tomar contacto con la “emigración rusa local” y preferir a los “americanos auténticos”. Nabokov vio en los emigrantes rusos una réplica en miniatura de lo que había sido la Rusia presoviética, culpable de entre otras cosas de la situación política de su patria, en donde lo colectivo primaba sobre lo individual, o en donde el bien común absorbía la conciencia individual. De hecho, como señala el autor de la biografía, su segunda novela escrita en inglés, Barra siniestra, “defiende un sistema político que permita a los individuos seguir su propia vida sin interferencias del Estado”.

Nabokov no evitó completamente el contacto con sus compatriotas, pero sus amigos fueron intelectuales estadounidenses, como el editor y crítico Edmund Wilson, con quien mantuvo una fructífera correspondencia. La paradoja que vivió fue que amaba la riqueza de su idioma natal, pero le irritaban las pésimas traducciones rusas que estaban disponibles en Estados Unidos, y sus primeros años se encargó de traducir correctamente a Gogol y Pushkin, este último, para él, el mayor escritor ruso de todos los tiempos. En una nota inédita incluida en Los Archivos Nabokov, escribió lo que significó el cambio de idioma: “Se pareció a mudarse de una casa a oscuras a otra, en una noche sin estrellas, durante una huelga de fabricantes de velas y de porteadores de antorchas”. El idioma y la cultura natales entraron en conflicto con su nueva vida, quizá por eso se atrevió a decir: “Ahora América es mi patria. Es mi país. La vida intelectual me sienta mejor que la de cualquier otro país del mundo [Nabokov vivió más de quince años en Alemania hasta que llegó Hitler]”.

Algunos podrán estar interpretando que considero la cultura mucho más rica en Alemania y que a falta de Alemania, buena es Argentina, o más específicamente Buenos Aires, o que como obtendré la residencia definitiva en unos meses me estoy haciendo la idea de ser, de alguna manera, argentino. Nada de eso. Aunque confieso que si tuviera que darle un consejo a algún inmigrante chileno, le diría lo mismo que Nabokov, que evitara el contacto con los emigrantes, en este caso, chilenos, y que prefiriera a los porteños auténticos. La principal diferencia con el autor rusoes que la mayoría de los emigrantes chilenos no se consideran tales, o su actitud más bien es la de un turista; muy pocas veces, en realidad sólo una, me he topado con un chileno, con más de dos años de residencia, que conozca más de tres barrios y sepa tomarse una locomoción a altas horas de la noche. Por lo general el emigrante chileno no asumido es una persona que se mueve de su casa a su lugar de estudio o trabajo; su contacto con el porteño auténtico es muy reducido y podría decirse que mentalmente sigue viviendo en Chile. Por otro lado, el coloquial chileno parece ser su tesoro más cuidado, y lo va enriqueciendo cada día que pasa en este, su tormento o exilio, con más y más jerga, hasta que literalmente no se les entiende nada. Si ven a otro chileno saludando de beso en la mejilla, cosa que me sucedió, lo acusan de “traidor a la patria”. Y para no estar desinformados ingresan al sitio web de Las Últimas Noticias, porque creen que mientras más noticias de farándula lean serán, de alguna manera, más chilenos.

A diferencia de mis compatriotas, no he sentido la necesidad de reafirmar mi nacionalidad o mi patriotismo, porque esos conceptos los considero propiedad de la derecha chilena de los últimos años. Además uno que otro porteño se ha encargado de recordarme mi nacionalidad, como si eso pudiera olvidarse. Gracias a esto he pensado desde otra perspectiva (no de la distancia precisamente, sino de la de estar inmerso en otro medio, ajeno si se quiere), lo que significa hoy ser chileno, los alcances de la tradición narrativa chilena, por qué la Concertación (o más precisamente Camilo Escalona) entregó el poder a la derecha. Todo esto lo he pensado en mi contacto cotidiano con los porteños auténticos y también con los chilenos residentes. Ese choque me ha enriquecido. Ahora que iré a Chile por unos días, pienso en esto y en el pobre Nabokov, por supuesto.

1 comentario:

  1. Incisiva voz escarbando bajo el agua turbia sudamericana.

    Puedo agregar el caso de Eduardo Blanco-Amor que aún viviendo largo tiempo en Argentina, nunca dejó de escribir de su natal Galicia.

    Saludos cordiales, estimado Gonzalo.

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