14 de agosto de 2013

La vida complejamente

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Jiménez, mediodía de sol tibio, la Cordillera espolvoreada y un rincón de Santiago antiguo. Dados sus constantes berrinches y alteraciones de ánimo, habíamos cambiado la hora del encuentro más de un vez. Me prometí darle en el gusto en esta ocasión, pues las condiciones ambientales no estaban para ponerme demasiado exquisito sino más bien para sacar al psiquiatra, sacerdote o Pepe Grillo que llevo dentro (otra vez).

En mitad de la Plaza Brasil, debajo de los juegos infantiles, apareció con su facha de siempre. Al menos eso creí al divisarlo desde un par de metros, en pleno sendero de tierra, cuando su presencia rechoncha, desastrada, chascona y cegatona, se volvió inconfundible entre la decena de padres jugando con sus hijos en toboganes y columpios. En estos últimos días, varias veces le di vueltas al tema de si lo seguiría percibiendo de la misma manera, después de su intento de autoflagelarse de hacía una semana. O, por el contrario, comenzaría a visualizarlo como una especie de alma en pena, un loquito (loquito lindo, como le gusta a él llamarse) con permiso de salida del manicomio los fines de semana.

La sorpresita de los cortes en sus brazos había salido en medio de una conversación en el chat cinco días atrás, luego que yo le contara sobre mi decisión de retomar mis estudios de derecho en forma vespertina en la universidad. Como de costumbre y luego de preguntarme unos cuantos detalles, lanzó sus calificativos tajantes y galácticos: acomodado, burgués, nuevo rico, facho, vecino de los milicos y todas esas cosas que para él son sermones de hombre sabio y genio incomprendido, aunque para mí tengan el mismo efecto de roca volcánica sobre la cabeza. Después de aquello, Jiménez inició su relato con un “anoche sí que me mandé una cagada, loco”. No me extrañó: aunque cuenta con un buen historial de cagadas previas, Jiménez siempre es capaz de superarse a sí mismo, ignoro si por empeño o como don natural.

Le pedí a través del chat detalles de lo ocurrido. Cuando me los dio, decidí no continuar alentándolo en estupideces derivadas de otro amorío que no funciona de acuerdo a sus planes (aunque cuenta con varios amoríos en su cuerpo cuarentón, tal vez por la cercanía, este último ha sido el más agobiante para todos nosotros). Jiménez, como siempre, tomó mis palabras de la peor manera. Me lo dijo por escrito en el chat y lo reafirmaba ese sábado mientras bebíamos michelada en el único local abierto a esa hora en el Barrio Brasil, antes de iniciar nuestro recorrido por el Mercado Persa de Franklin y de su asistencia al recital de Julieta Venegas, en el Teatro Caupolicán, para conseguir una entrevista exclusiva con la cantante de voz desinflada.

-Al final tú y Caty son igualitos –dijo con las pupilas dilatadas, detrás de sus gafas tipo John Lennon-. Igualitos.

-Eso me dijiste por chat y, de verdad, lo encontré divertido, pero no lo entendí bien. ¿Por qué igualitos? – pregunté.

-A los dos huevones les importó un soberano pico que yo me hubiera muerto. Hubo gente menos cercana, o que yo creía menos cercana, que sí se preocupó por mí. Pero todo esto me sirvió para ver a los verdaderos amigos. María Elena, sin ir más lejos, limpiándome las heridas y dejándome llorar en su hombro -de pronto, juntando las cejas y empuñando las manos, protestó-: ¿Por qué hueviai tanto con el celular? ¿Podís dejarlo tranquilo un rato?

Para evitar que perdiera el hilo, puse el aparato en silencio y sobre la mesa. Antes ya me había dado algunas luces sobre el extravagante punto de vista de considerarse hijo adoptivo de María Elena, una colega de los viejos tiempos de reporteros en Curicó. Por lo visto, a sus dos hijas en etapa de crecimiento, María Elena ha debido agregar otro hijo más, casi de su misma edad, barbón, problemático, que no sabe limpiarse solo y que no detenía ni para tomar aire:

-Ninguno de ustedes dos, ni tú ni Caty, me llamó por teléfono en toda la semana para saber cómo yo estaba –reclamó-. Esta es una nueva deslealtad tuya, a las que ya estoy acostumbrado. Estoy botado en ese pueblo reculiao. Y la huevona esa, se desapareció por unos días, no dio señales de vida ni por la revista ni por la casa, y cuando yo la encaré, sabís con lo que me salió: dijo que ella no era culpable de las tonteras que yo hacía. Ah, y me sacó en cara que yo la insultaba, la trataba mal y que me tenía miedo. Pero que estaba dispuesta a que fuéramos a una terapia de pareja para superar nuestros problemas. ¡Plop!

-Pobre cabra –dije-. Está desorientada si te dijo eso. Ahora, igual le encuentro razón en algo, no es responsable de lo que hiciste…

-Culiao, ¿por qué chucha la defendís tanto? –dijo moviendo las manos en señal de impotencia. Parecía como si quisiera salir volando más allá de las copas de los árboles que rodeaban las mesas del local del Barrio Brasil-. Cuando sales con esas mierdas de comentarios, te juro, pero te juro que me dan ganas de volver con Caty y mandar todo a la punta del cerro. Mientras ella es tan buena persona, yo soy un conchesumadre. 

-¿Quién te detiene? –dije con calma y tratando de medir los resultados de mis dichos-. Si esa es tu decisión, tómala de una vez, pero asúmela. Conviértete en un dueño de casa que hace el aseo los fines de semana con un delantal amarrado a la cintura y que saluda con la mano desde una ventana del segundo piso, porque la bruja le tiene prohibido salir y juntarte con amigos pinganillas. Pero sin reclamar después, eso sí.

-Sí, loco –comentó con pesar y más calmado. La ira lo había abandonado de momento-. Y no es chiste. Eso pasaría de verdad si me quedo con Caty... -alterándose de nuevo-. ¡Puta, en serio, qué manera de hueviar con el celular!

-Pero, al mismo tiempo, dile adiós a todas tus pajas adolescentes, de artista maldito y de rockero incomprendido -dije para obligarlo a mantenerse en el tema-. Una cosa por otra. No se puede tener todo en esta vida.

-¿Estás de acuerdo con lo que dice Fonola que soy un poeta maldito armado en Arica? –preguntó con una leve sonrisa, tal vez para darle un toque de palomillada a todo el drama que lo estaba envolviendo.

-Justamente, muy buena definición de lo que eres. A propósito, ¿Fonola sabe todo lo que hiciste?

-Algo debe saber, porque mi hermana debió contarle –contestó-. Después del recital me voy a quedar en su casa y, de seguro, vamos a hablar de esto. Estoy preparado para que me mande a la chucha en todo caso.

-Que haya dos personas que te digan lo mismo, ¿no te dice nada?

-Ustedes dos me retan, pero de manera diferente. Él como papá violento y tú como abuelo cansado. Pero los dos me dejan como el pico… -de pronto, agarrándose las greñas de su cabeza y poniendo los codos en la mesa-: Por la mierda, loco, ¿no sé qué hacer?

-¿Sabes cuándo se solucionarán todos tus problemas? –dije y esperé que abriera más los ojos. Parecía como si aún creyese que yo le iba a decir algo nuevo y eso, a estas alturas, era imposible-: Se solucionarán cuando te importe un rábano lo que el resto piense de Caty. Cuando tu mamá, tu hermana, María Elena, Fonola, yo o quien sea, tengamos una excelente opinión de Caty, porque es una buena persona, porque es benefactora de la humanidad, rostro de Amnistía Internacional, filántropa de los pobres, y tú, a pesar de eso, decidas que no puedes estar con ella porque la cosa entre ustedes no funciona. Aquí no hay buenos ni malos, solo seres incompatibles y se acabó. Punto. No debes depender de lo que nosotros te digamos, sino de tus propias conclusiones. Cuando comprendas eso, serás un hombre nuevo, como decía Allende, o un superhombre, como decía Hitler.

-Loco –dijo Jiménez como si en sus palabras se le fuese la vida. En realidad, estas palabras eran las que le permitían seguir respirando, a medias, pero respirando-, yo lo único que te pido, lo único que te pido, es que no pongas a Caty de víctima. Dime que yo soy huevón, tonto, pegado, lo que sea, pero ella no es una víctima.

-Es que en cierta medida, igual es víctima. Bien no lo ha pasado. Hasta sus coscachos se ha llevado.

-¿Queeeeé? –nuevamente exaltado. Aquí íbamos de nuevo-. Loco, me vai a matar de un infarto. ¿Víctima ella? ¿Con sus mentiras, gorreos, manipulaciones, brujerías, silencios, cachetadas y egoísmos? ¿No queriendo que vayamos juntos a las fiestas y matrimonios de amigos? ¿Teniendo a su hija abandonada a su suerte y queriéndola más yo que ella y el tonto de su marido? ¿Víctima? ¡Qué incoherencia más grande! 

-Ah, a propósito que tocaste ese tema. Córtala de una vez con el discurso de la niñita –dije-. Ella es alguien inocente y no tiene por qué pagar por las tonteras que hagan ustedes dos, par de pelotudos inmaduros. No la metan en sus leseras, por favor. Hasta tu madre te lo ha dicho en todo los tonos.

-Y eso que no te he contado la última –una mueca malévola se le dibujó en el rostro. Me preparé para oír algo incierto y, de seguro, más terrible que todo lo anterior. Sentí algo pesado en el estómago-. En una de nuestras tantas peleas, le dije por teléfono que ella y su marido eran unos pésimos padres y que yo les iba a quitar a su hija y la criaría.

-¿Y cómo reaccionó ella ante esa tontera?

-Dijo que me iba a denunciar a Carabineros, a la PDI y a la Inspección del Trabajo.

-¿Y qué tiene que ver la Inspección del Trabajo?

-No lo sé, no se lo pude preguntar –contestó-. Ella puro gritaba al otro lado de la línea: tengo todo grabado, tengo todo grabado y te voy a denunciar. Me recordó a las malas de las teleseries... yaaaa... otra vez viendo tu cagá de celular. ¡Me tenís nervioso, culiao!

Le pedí que me mostrara las heridas en sus brazos. Se levantó la manga de la camisa hasta el codo. Contrario a lo que esperaba, no se mostraba orgulloso de su obra, más bien fastidiado. Poco a poco fue completando la historia: estaba con un amigo en su casa de Curicó (un nuevo amigo, porque nunca se cansa de buscar ángeles protectores) preparando el próximo número de la revista. Había, como de costumbre, mucho trago disponible en el bar, hielo y poca comida en el refrigerador. Durante un descuido, con un par de vasos en el cuerpo, Jiménez procedió a cortarse las venas con un cuchillo cocinero invocando el nombre de Caty. El amigo intentó detenerlo. Jiménez respondió con una agresión. El amigo, con conocimiento en artes marciales, lo inmovilizó con un ligero golpe que lo dejó semiinconsciente. Pero había un problema adicional: la madre de Jiménez esperaba hacía media hora en el terminal de buses de Curicó que su hijo la fuese a buscar.

-Mi amigo llamó al gordo para que fuera al terminal –continuó el relato Jiménez entre un sorbo y otro de michelada-. El problema fue que el gordo le dijo a mi vieja: tía, primero vamos a pasar por la casa de Juan Pablo. Y cuando ella le preguntaba por qué, el gordo le decía porque está mal. Y mi vieja le preguntaba qué le pasó y el gordo le decía primero vamos a pasar por la casa de Juan Pablo. Entonces, mi vieja volvía a preguntarle por qué y de nuevo el gordo le decía porque Juan Pablo está mal. Así se fueron todo el camino repitiendo lo mismo y mi pobre vieja no cachaba nada por culpa de ese gordo tonto.

-Ah, o sea la culpa es del gordo. Linda la cuestión –dije moviendo la cabeza en señal de reprobación-. Oye, y cuándo tu mamá entró a tu casa ¿qué vio? ¿Un chascón tirado en el suelo? ¿Sangre en el piso? ¿Con qué se encontró, la pobre? 

-La dura que no me acuerdo, loco. El golpe en el cuello de mi amigo me borró. Pero después, cuando desperté, seguí dando la cacha y pesado. Creo que hasta eché a mi vieja de la casa.

-¿A qué hora pasó eso?

-Como a la una de la mañana –contestó-. ¿Viste que fue heavy? Y pude haber muerto. Y a ti y a la Caty no les importó nada.

-Sí me importó y mucho.

-¿En serio, loco? ¿Qué pensaste cuando te conté?

-Me dieron ganas de sacarte la chucha por pintamonos.

Íbamos por la segunda michelada cuando mi celular vibró sobre la mesa. Con todo el riesgo que significaba contesté. Mi madre me informaba del nacimiento de mi sobrina Sol Ester. El parto de mi hermana había sido sin contratiempos. Ya podíamos respirar tranquilos. Se lo conté a Jiménez y pareció asombrarse. Al menos por un momento, dejó a un lado su drama. Esperé que me reprendiera por no haberle contado algo tan importante. Para ese caso, yo tenía mi respuesta. Pero no dijo nada. Pagamos una cuenta exorbitante por cuatro micheladas y salimos hacia donde se encontraba estacionado el jeep. El Mercado Persa de Franklin nos esperaba al otro lado de la Alameda. Más tarde, Jiménez chillaría como calcetinero por Julieta Venegas.

2 comentarios:

  1. En realidad, es "tremendamente pintamonos" su amigo.Por fortuna el nacimiento de la bebita le puso el toque humano a tanta desgracia del pobre Jimenez.
    Muy entretenido este relato.

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  2. Excelente relato, estimado amigo. En esta ocasión (al menos hoy, esta tarde) me guardo mis comentarios sobre los involucrados, políticamente muy incorrectos, para mantener el tono circunspecto de esta página, pero usted puede elucubrar en torno a mi parecer ya que conoce mis antecedentes previos.

    Saludos cordiales

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