25 de agosto de 2013

Persiguiendo un sueño

ENCARNA MORÍN -.

Le esperaba un día intenso. Ni bien puso los pies en el suelo, se lanzó a poner al fuego la cafetera que había dejado preparada desde la noche anterior. Después de arrancar a los niños de la cama, prepararles el desayuno y conseguir llegar con ellos hasta el coche, se mezcló en el tumulto de bocinas y semáforos. Repasaba mentalmente la lista de la compra, las citas con el dentista y el pediatra. 

Otra vez la duda existencial: -¿Me habré dejado la plancha enchufada? ¡Oh, dios mío, espero que no!.Ya no tengo manera de volver atrás. He de frenar el ritmo, o cualquier día voy a perder el control sobre mi propia vida.

En la parte trasera del coche, los niños como cada mañana discutían con cualquier excusa.

-¡Que ese es mi lado, siempre haces lo mismo! -y empujaba a su hermano-

-¡Yo he llegado primero, no es tu sitio, que lo sepas! -Y le devolvía el empujón-

-¿Otra vez con lo mismo, niños? ¡Qué vamos a tener un accidente cualquier día! ¡Rober, tú eres el mayor, parece mentira! -ahora gritaba ella también-

-Siempre la culpa es mía porque soy el mayor. Este enano es un capullo, siempre me pega cuando tú no estás mirando. Total, lo pago siempre yo de todas formas, pase lo que pase ¿es que me tienes manía?

-Que no hijo… es que me pongo nerviosa. Controla tú que eres el mayor.

-Oye, no me digas enano que soy casi tan alto como tú -insistía Luisito, que efectivamente, ya no era un nene, estaba a punto de cumplir los diez años-

-¡Basta, se terminó y punto!- sorprendentemente los chicos obedecieron-

Dejarles en el cole, salir de nuevo a la vorágine y tomar la circunvalación era casi un alivio, aunque le quedaran más de cuarenta minutos de conducir acompañada de una radio averiada y sesenta aburridos kilómetros por delante. No le gustaba hacer carretera sola. Era el momento de tropezarse consigo misma, de pensar en algo más allá de lo que prepararía para la cena, de que Luis necesitaba zapatillas nuevas o de en qué instante lograría bajar la montaña de ropa que amenazaba con salir al pasillo en cualquier momento.

El aviso de la luz de reserva de la gasolina era un incidente añadido. Tuvo que hacer un desvío para repostar combustible. En su acotado tiempo eso era una eternidad, pero no tenía otra alternativa.

Un “piiip” de su móvil le alertaba, de pronto, de que debía eliminar mensajes porque la bandeja de entrada estaba llena. Mientras esperaba su turno se puso a eliminar mensajes acumulados, algunos desde el pasado verano.

Mensaje de Claudia enviado hacía unos meses: “La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. (Ángeles Mastreta)" Parecía una cita si importancia, pero en realidad sonaba a reproche de amiga preocupada. Siempre se terminaba enamorando de hombres inadecuados, por más que las señales de alerta le dieran varios avisos que ella ignoraba deliberadamente. Por eso llevaba un tiempo sin pareja. No quería entrar en aventuras locas que la dejaran maltrecha. Ya que no sabía apartar a un lado las emociones, prefería no interactuar con los hombres más allá de la simple amistad sin derecho a roce.

-Por favor, póngame veinte euros de gasolina 95- Y alargó el billete al señor del surtidor, al tiempo que lamentaba no tener una moneda suelta para dejarle una propina. Estas estaciones de servicio con atención personalizada son una especie en extinción. En la mayoría de ellas hay que bajarse del coche, acercarse a la ventanilla para pagar, y luego descolgar la manguera para cargar el combustible, con el agravante de que luego las manos se quedan con un olor insoportable.

-¡Hola! ¡Cuánto tiempo hace que no pasa usted por aquí! Hay caras que no se me olvidan. Recuerdo que antes conducía un Fiat rojo. ¿Hará unos quince años más o menos?

-Pues sí, antes hacía otra ruta para llegar al trabajo y pasaba por aquí. Lo que me extraña es que me recuerde. Ha pasado mucho tiempo. ¿No me estará confundiendo con otra persona?

-¿Cómo no la voy a recordar si tiene usted un encanto especial y una sonrisa radiante? Me gustaba encontrarme con su sonrisa cuando paraba a poner gasolina. No quiero molestarla, pero he sentido el impulso de expresarme, quien sabe cuándo voy a verla de nuevo.

-Gracias, muchas gracias, me acaba de alegrar la mañana.

-¡Que tenga buen viaje! conserva usted el mismo aspecto. Me he alegrado de volver a verla.

-En realidad no me ha visto a mí -se dijo- sino a la persona que yo era hace veinte años, no quince, como cree recordar. Por entonces tenía varios kilos menos, pocas preocupaciones y no necesitaba teñirme el pelo. Pasaba por esta ruta porque el paisaje es más relajante, aunque tardara un poco más en llegar al trabajo. Ahora no me permito esos lujos.

En algún lugar de su alma asomó la chica idealista, que se escondía parapetada tras esta mujer madura responsable y eficiente que se había olvidado de soñar.

-Yo quería ser actriz. Incluso me seleccionaron en un casting para hacer un papelito en una película de Federico Luppi y varias veces para anunciar una marca de yogures. Fue una experiencia bonita, pero luego, no le puse más empeño.

Deseaba ser escritora y abandoné… pensaba que si no era muy bueno lo que hacía, realmente no merecía la pena invertir tiempo en ello. Envié dos textos a sendos concursos y no me dieron ni las gracias. No pienso volver a participar en un certamen literario nunca más. A partir de entonces dejé de escribir. Aunque Claudia insiste en que tengo mucho que contar y que alguna vez le recuerdo a Isabel Allende, no en vano he bebido de sus fuentes. A veces escribo cosas y se las paso por e-mail. Ayer, justo ayer, me ha sorprendido con todos mis textos encuadernados en un formato muy bonito.

De nuevo suena el “piiip” del móvil, esta vez anunciando la entrada de dos mensajes. Uno de ellos era del dentista recordándole su cita de mañana a las cinco. El otro era un largo número desconocido de una de esas centralitas de empresas o de algún ente público. Aparcó el coche a un lado de la carretera para ver qué contenía aquel mensaje.

“Su recopilación de relatos breves ha sido seleccionada como finalista. Aunque no ha obtenido el premio, se le invita al acto que tendrá lugar el próximo día 22, a las 20 horas, en el Gabinete Literario”.

Tardó un rato en entender lo que pasaba. ¡Claudia, había sido ella la que envió los textos almacenados en sus correos! Y hoy era día 22, a causa de su bandeja llena el mensaje no pudo entrar antes.

Arribó al trabajo con unos diez minutos de retraso, demoraría la salida para compensarlo. No era un trabajo de mierda como decía Claudia cada vez que algo salía mal. Lo que hacía en el centro de acogida de menores era una labor gratificante. Cocinar para estos chicos tenía algo que le permitía saldar parte de su cuota de compromiso con el mundo. 

Podía recordar no solo las alergias al gluten, a los huevos, a la leche… Sabía cuál era el plato favorito de cada uno y a quien no le gustaba las arvejas. Los chicos pasaban con su bandeja y ella les acogía con una sonrisa. A menudo, debía disolver peleas similares a las que libraban sus hijos, pero era una experta en darles atención.

Con el tiempo justo, aquel jueves, día 22, tomó la carretera de vuelta. Antes de salir dejó un mensaje para Claudia en un sobre de mariposas que colocó junto a su bolso.

” A veces la tía Mónica quería con todas sus ganas no ser ella. Detestaba su pelo y su barriga, su manera de caminar, sus pestañas lacias y su necesidad de otras cosas aparte de la paz escondida en las macetas, del tiempo yéndose con trabajos y tan aprisa que apenas dejaba pasar algo más importante que el bautizo de algún sobrino o el extraño descubrimiento de un nuevo sabor en la cocina” (Ángeles Mastreta). Gracias, Claudia por ser mi amiga.

No podía ir a la peluquería por falta de tiempo, pero sí pasó de nuevo por la gasolinera. Buscó al anónimo hombre del surtidor, en el que ella jamás había reparado hasta hoy.

-Quiero darle las gracias porque me ha hecho sentir especial. Además, deseo que sea la primera persona en saber que mi sueño se hará realidad. Por fin hablo de ello en presente. Recién acabo de descubrir que está al alcance de mi mano. Solo he necesitado confiar en mí. Usted también es especial. Ha contribuido a que un día gris se torne en una alegre mañana. Ahora, en cuanto aparque de nuevo mi coche, voy emprender una veloz carrera en pos de mis sueños.

Fotografía: Goyi Benitez

1 comentario:


  1. Gastar parte de la vida en el desglose de un talento a veces tiene costos muy altos, pero vale la pena intentarlo.

    Excelente relato, querida Encarna.

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