26 de agosto de 2013

Sin señales

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

No resulta fácil comprender hoy, o entrever, los horizontes hacía los cuales apuntan los deseos del mundo. Un delirio incesante parece ser el ropaje preferido de la realidad. Quienes han sufrido eliminaron de sus aspiraciones cualquier esperanza y casi nada de una ilusión colectiva es capaz de conmoverlos.

Quienes toman decisiones que afectan a muchos parecen tocados por la particular locura que produce el dinero. Todo ha quedado incluido en la obsesión de Midas y no surge aún la imaginación que aparte semejante desatino. Quienes padecen las determinaciones inconsultas están enfermos de la parálisis de la indolencia, de ese estado de no me importa, sin rabia ya, que convierte a cada quien en su propia, insuficiente, sombra.

La transformación lastimosa se veía venir sin que los sujetos que de manera tradicional anunciaban los peligros con las campanas hubieran roto el aire: políticos, curas, maestros.


Aún se recuerda al joven colombiano que fue detenido, por la policía, en un país de Europa, derrochando billetes falsificados. Lo acompañaba una reina de belleza, como nombran a esas pobres mujeres que grandecitas insisten en jugar a las muñecas con cetro de cartón. Sin ningún arrepentimiento el joven declaró que no quería tener una vida como la de su padre. Años laboriosos y un techo, pocos viajes, una carro. Él prefería el vértigo de consumir a fondo un instante, y ya. ¿Para que más? Tiene más este mundo¿?

Los viejos presidentes de Colombia, tal vez después de Núñez, de Reyes, de Olaya, hay que mirar al monaguillo gramático de Marco Fidel Suárez, al esfuerzo de modernización de López Pumarejo, y muy pocos de los que siguieron, lograron concitar propósitos, discusiones, tensas metas de renovación. Todavía pequeñas en un país que no se reconocía y confundía la religión con la cívica y a la autoridad con el padre. La cultura del padre, el padre oscuro, que ha constituido el dínamo de los autoritarismos y las tiranías.

Pero había eso.

Lo de hoy es penoso. Un país donde coinciden unidades históricas disímiles y al cual se quiere gobernar con un vergonzoso revuelto de gastadas habladurías de gallinero con aves culecas, latín de ermita con sacerdote interno, y remedos de sala oval de una casa blanca, rosada o escenario de opera de Manaos.

El cielo generoso le ha planteado a Colombia, en medio de las marchas valientes de ciudadanos y estudiantes, tres asuntos a ver si somos capaces de desprendernos del lastre de un pasado vigente y lamentable. Resolver el despojo, víctimas y quienes padecieron las tropelías que están en el informe de ¡Basta Ya! ; abrir, por fin, una vía a la paz; abandonar el cacareo con Nicaragua y aceptar la verdad sin gastarnos la plata de los impuestos en trucos de filibusteros y suspiros de púlpito acusando, a quienes queremos la transparencia en lo público, de traidores a la patria.

3 comentarios:

  1. Soberbia percepción literaria del aliento fétido de esta época.

    Muy bueno, estimado Roberto.

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  2. Sin señales vamos sin rumbo a ningún lado, estamos igual que en Colombia. No, exagero. Eso es lo que nos quieren hacer creer yo me resisto.

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  3. Lamento la situacion de colombia, desde acá parece que siempre van cuesta abajo.

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