8 de agosto de 2013

Una narrativa guacha

GONZALO LEÓN -.

Mucho se habla de la gran tradición poética chilena y de la magnífica tradición narrativa argentina. Parece haber un acuerdo tácito de que si eres chileno serás mejor poeta y si eres argentino, mejor narrador. Pero antes de admitir verdades asumidas como lugar común, resulta prudente preguntarse qué sucede con la tradición narrativa chilena y qué la hace inferior a la argentina. Y quizá aquí surja una diferencia sustancial: la tradición chilena es una foto vieja, sepia, colgada en una pared descascarada, que sólo algunos miran, ahí, en esa foto, desde luego están Blest Gana, Coloane, Rojas, González Vera, Donoso, Skármeta, es una imagen que tiene por lo menos cincuenta años.

La tradición argentina, en cambio, es una foto en permanente actualización y todos los narradores la miran de vez en cuando, por curiosidad. Por lo que sea. En esa imagen no sólo está el Gran Canon (Borges, Arlt, Lugones), sino que el canon está en permanente revisión. El escritor Daniel Link agrega un movimiento más a tener en cuenta: “En el contexto de la literatura argentina, cada movimiento estético supone necesariamente dos pasos: ignorar el escritor canónico y volver a la gauchesca. Borges escribe como si no hubiera existido Lugones, pero vuelve a la gauchesca. Lamborghini y Zelarrayán escriben como si no hubiera existido Borges, pero vuelven a la gauchesca”. Y Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda añade para explicar el surgimiento del contracanon en los ochenta otro dato más: “[Manuel] Puig sirvió para cargar contra Borges, [Osvaldo] Lamborghini contra la derecha literaria y Néstor Sánchez para crear una nueva tradición urbana post-arltiana”. Estos dos movimientos planteados por Tabarovsky y Link son uno solo, e implica una especie de “reciclaje”, en donde nada se pierde, todo se procesa, y en ese proceso existe un diálogo perpetuo con la tradición.

Políticamente, la tradición argentina es más potente que la nuestra, porque existe una preocupación mayor por ella, y por construir identidad. Lo chileno no se hace de la noche a la mañana, ni por decreto; es un proceso que lleva años, décadas, ¡trabajo!, y, quizá lo más importante, una inquietud por dialogar con ese pasado llamado tradición. Hace unos años, en el contexto del Primer Encuentro de Literaturas Americanas, César Aira hablaba de la primera novela argentina, Amalia (1850), de José Mármol, y planteaba la hipótesis de que “una literatura se hace nacional y es asumida como propia por los lectores de esa nación cuando se puede hablar mal de ella, no cuando se puede hablar bien”. Y agregaba que una obra literaria “quede en la historia de la literatura de un país, ya sea como obra fundacional o como curiosidad marginal, significa que queda disponible para las recuperaciones”. No recuerdo a ningún escritor chileno contemporáneo que haya tenido esta mirada hacia aquella foto pegada en la pared; más bien sucede lo contrario, se huye permanentemente del pasado utilizando el presente y sin ninguna preocupación por el futuro. Lo que importa en nuestra tradición es “quién la lleva”, como se dice vulgarmente, independientemente de cómo se ubique en la tradición. Debo confesar, en todo caso, que mi preocupación por la tradición ha sido igualmente escasa.

Estamos ante una narrativa sin padres, huérfana, guacha, que carece incluso de lazos familiares con los que escribieron antes, ya que además todos quieren ser “únicos”: muy pocos reconocen parentescos, y si lo hacen, es para esconderse tras una máscara. Aunque de pronto pueden inventarse lazos familiares con autores extranjeros, como Alessandro Baricco, Raymond Carver, Philip K. Dick, Kurt Vonnegut, Enrique Vila-Matas, en fin con cualquiera si su apellido no es González ni Tapia. Algunos ya estarán levantando la mano y señalando que Roberto Bolaño ha servido para retomar una tradición, pero la verdad es que cuesta afirmar que Bolaño tome aspectos de la tradición: él más bien irrumpe, según sus propias palabras, tomando la posta de la tradición de la poesía, pero eso también resulta dudoso. ¿Se puede asegurar que en las novelas, cuentos o poemas de Bolaño están presentes Waldo Rojas, con quien mantuvo correspondencia, o con Enrique Lihn y Nicanor Parra, de quienes era ferviente admirador? No creo, o mejor pruébenlo.

La narrativa chilena es tan guacha que incluso los académicos, en vez de hacer un ensayo sobre lo que está sucediendo, se dedican a armar antologías con un flojo prólogo, en el que el trabajo que deberían hacer ellos lo hacen sus antologados. Ensayos sobre lo que está sucediendo en Argentina suele ser algo común, más allá de lo de acuerdo o no que uno esté: Los prisioneros de la torre, de Elsa Drucaroff, Las vueltas de César Aira, de Sandra Contreras, o Desbunde y felicidad, de Cecilia Palmeiro, son un ejemplo de ello, eso por no mencionar las críticas esporádicas de Beatriz Sarlo en los medios reunidas en Ficciones argentinas. Pero nuestros académicos sólo tienen una parte de la responsabilidad en este estado de orfandad, el resto lo tenemos principalmente nosotros, los narradores.

Publicado originalmente en Revista Punto Final y en el blog del autor el 08/08/2013

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