26 de septiembre de 2013

A quién le importa

GONZALO LEÓN -.

Hace poco hice mi visita anual a Chile. Es tercera vez que intentó conversar de literatura y política con las personas que acostumbraba a frecuentar; contarles por ejemplo de la pérdida de mi coloquial, no sólo hablado, sino también escrito, y del shock que me provocó darme cuenta de esto. Sentí, como dijo Lihn en ese famoso y repetido poema, haber salido por primera vez del “horroroso Chile”. Hay muchas cosas que no alcancé a decir en ese bar ñuñoíno, una de ellas era una estampa: avanzada la conversación y la noche, entre cerveza y cerveza, entre brindis y contrabrindis, concluiríamos cuán acertados estaban Deleuze y Guattari cuando escribieron ese ensayo sobre cómo Kafka hizo una literatura menor usando una lengua empobrecida, esto es el alemán de Praga. Eso explicaría la pérdida de mi coloquial.

En vez de esto, las personas con las que me acostumbraba a juntar hablaban de Chile, de lo mal o bien que estaba Chile, de las políticas públicas que le hacían falta a la edición chilena independiente, de lo “penca” que era una editorial universitaria que ha llevado el nombre de la edición chilena por el mundo, de lo bien que ellos, los sentados a la mesa, estaban y de lo poco o nada que necesitan de mí o de lo que había aprendido. Me di cuenta de esto cuando ingenuamente intenté hacer mi aporte de lectura a un poeta para darle la razón (no recuerdo en qué), y él me paró en seco. Repito: él estaba bien y no necesitaban de mí o de lo que había aprendido en este tiempo. No sé qué me llevó a subir el tono de voz, la desilusión tal vez o el nulo aprecio que le he tenido a la ignorancia, y sucedió lo inesperado: un sujeto que estaba sentado casi a mi lado, molesto por mi tono de voz se puso de pie y tomó posición al lado del poeta supuestamente agraviado. No había escuchado nada de lo que había dicho en voz calma y quieta y menos escucharía algo gritando. Él no estaba para argumentaciones: él era la figura del que toma posición pero que no aprende, porque ya aprendió: es, en suma, la figura del ignorante.

Estar sentado en una mesa con un auténtico ignorante, de aquéllos que uno ve sólo por televisión o lee en algunos textos (como los de T.S. Elliot), impacta. Como nunca lo había visto, imaginé de dónde había salido y si personas como él acostumbraban a frecuentar los círculos literarios o artísticos. En un momento pensé que quizá ellos siempre habían estado ahí, que en una época yo también había sido de “ellos” y que eran parte necesaria de toda cultura. El ignorante señala la falta de conocimiento y a la vez la urgencia de él. Recuerdo que cuando las manifestaciones burguesas por la educación estaban en su apogeo, en Buenos Aires se organizaron marchas de apoyo, y una vez entrevistaron en vivo y en directo a un estudiante chileno que estaba participando. Cuando habló, no se le entendió nada, todo era jerga, el conductor de noticias trató de calmar su risa. Terminada la entrevista, preguntó: ¿Y qué reclama exactamente el estudiante chileno? El notero, interpelado, hizo un breve resumen: Educación gratuita. Y el conductor replicó: Está claro que el muchacho necesita educación.

Pero sigamos con mi visita anual a Chile que a nadie interesa, salvo a mí. Lo otro que me sorprendió fue que en vez de preguntarme por libros argentinos, política argentina, en fin cualquier cosa que pasa acá, la mayoría observaba lo delgado que estaba. Yo pensaba que luego vendría la pregunta de rigor: ¿Estás enfermo, León? Pero nunca vino esa inquietud, es decir tampoco importaba si estaba sano o enfermo, lo que realmente importaba era como “ellos” me veían. El chileno, y esto lo hablo con conocimiento de causa, se mira el ombligo permanentemente, poco le importa cómo lo ven los demás: puede estar más gordo, más tonto, menos inquieto, más contradictorio e impulsivo, todo eso le dará lo mismo por venir de “afuera”. Se ha repetido hasta el cansancio que Chile es una isla, pero habitualmente cuando se dice esto, se agrega que está conectada con el mundo, y que en ese sentido somos un país de primer nivel. El problema radica en que de nada sirve estar conectados con el mundo, si estamos aislados: somos la isla de Liliputh, con individuos pequeños e ideas pequeñas, mezquinas.

Hace cinco años estaba en Buenos Aires con un grupo de chilenos y argentinos conversando en el bar del Hotel Bauen. Curiosamente la conversación era fluida. En un momento uno de ellos se puso a citar el discurso de Salvador Allende ante las Naciones Unidas: “Vengo de Chile, un país pequeño pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida…”. Cuando repaso mentalmente esta parte del discurso de Allende y lo comparo con mi impresión de país pequeño y mezquino, no puedo dejar de preguntarme dónde quedó ese país que soñó y supo hacer realidad Allende. En la mesa de ese bar ñuñoíno al menos no estaba. Pero reitero: ¿dónde está?

          
Publicado en Revista Punto Pinal y en el blog del autor el 26/09/2013

4 comentarios:

  1. Concuerdo con tus apreciaciones, estimado Gonzalo. Gran parte del ambiente culturoso chileno está apropiado por bestezuelas ignorantes sin sustento creativo. Sin embargo, también hay otro Chile en el que me incluyo, que aprecia profundamente lo que estás haciendo.

    Un abrazo cordial

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  2. Como si fueran incapaces de ver mas allá, incapaces de captar experiencia fuera de la directa y necesaria. Hay partes de la Argentina donde la gente es así y exaspera.

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  3. Qué mal, a mi me habría encantado oír lo que tenía para decir.
    Muy buen texto, saludos

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  4. Lo que te pasó en ese bar, pasa en cualquier bar de qualquier ciudad latinoamericana. La domesticación, y no es de ahora, ha infectado todos los estamentos de la sociedad; y los sectores intelectuales no escapan a esa condición. Pero como dice Jorge, hay otro Chile, otra Argentina, otro Uruguay y así...

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