10 de septiembre de 2013

El eslabón perdido de la escolta allendista

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Luis Marchant y José Adrián Reveco iniciaron su amistad en la infancia. Compartieron partidos de fútbol sobre calles polvorientas, aunque Reveco ante la pelota nunca fue un prodigio. También hicieron suyos los códigos de honor de los pelusas, el caminar apatotados con el corazón inflado de orgullo surgido de la nada y las ganas de convertir el tiempo en juerga. Para qué decir las revistas de gimnasia organizadas por la preparatoria del Colegio Pío Décimo de Talca, cuando los sesenta se dejaban crecer la patilla y, más adelante, el bigote y la barba. Ambos sintieron el olor a canela desprendido de las adolescentes paseando con la nariz levantada por la Alameda, mientras ellos se reventaban las primeras, contundentes y dolorosas espinillas.

Pero llegaron años de decisiones trascendentales. Más aún si se tienen intensiones de cambiar el mundo. Había que comenzar por el terruño, romper el cerco de púas que mantenía la burguesía talquina alrededor de sus dominios y así contribuir al triunfo de la clase trabajadora. Marchant optó por el rigor científico, disciplinado y moscovita de las Juventudes Comunistas, mientras Rebeco por la vanguardia y la revolución del socialismo criollo. 

A partir de ese momento, sintieron cómo sus opciones políticas los comenzaban a separar. Poco podían hacer al respecto: la metodología para alcanzar los objetivos lo definía todo. Sin embargo, la llegada al gobierno de Salvador Allende y su revolución de empanadas y vino tinto los volvió a juntar. Al menos alrededor de una bandera común, la de la Unidad Popular, que más tarde sucumbiría acribillada por la milicia. 

Sin embargo, durante esos mil días, Marchant nunca pudo seguir de cerca la pista a Reveco, quien se mostraba cada vez más reservado respecto a su pensamiento y acciones. Además, Marchant tenía sus propias preocupaciones: una esposa e hijos que mantener con un pequeño sueldo como jefe de mantenimiento del Hospital de Talca.

Ignoraba que su amigo había sido reclutado por el Dispositivo de Seguridad del Presidente Salvador Allende, conocido también como GAP, sigla correspondiente a Grupo de Amigos Personales, como lo bautizara, muy a su pesar, una revista de la oposición al Gobierno. Reveco reunía todos los requisitos para formar parte del clan: alta preparación intelectual (contaba con estudios de ingeniería en la Universidad Técnica Federico Santa María en Valparaíso y de arquitectura en la Universidad de Chile), además de una contextura física adecuada para romper una cadena de bien alimentados jovencitos de Patria y Libertad. Como guinda de la torta, recibió instrucción especializada en la tierra prometida de todo revolucionario: la isla de Cuba. Allí lo adoctrinaron repitiéndole que toda su lucha era un camino sin retorno, que los proletarios se tomarían el planeta, tal como lo anunciara Carlos Marx en su Manifiesto Comunista.

El sueño mutado en pesadilla. Para Reveco llegó la hora de actuar, de defender al compañero Presidente de las fuerzas fascistas aliadas con el imperialismo que pretendían derrocarlo. Aunque se trató de un enfrentamiento que no pudo proyectar más allá de su cabeza. 

RETAZOS

De todo eso, Marchant no tenía la más absoluta idea. Tampoco que Reveco fue capturado por Carabineros de la Cuarta Comisaría el 16 de septiembre de 1973. La casa de su amigo colindaba con el recinto policial y no fue necesario ningún operativo que alarmara a los vecinos. Ni siquiera se debió recurrir al aliento del soplonaje, que ahora comenzaba a volverse una práctica nacional, cuando la mitad más uno de Chile se sentía antimarxistas (y solo algunos a la fuerza). De la Comisaría al Regimiento y del Regimiento a Santiago. Después el adiós. 

Tampoco supo Marchant de la orden de la Fiscalía Militar para detener a su amigo ni de los tres impactos de bala que le perforaron la espalda, con el Cerro Chena como testigo mudo o cómplice ciego de semejante carnicería. Menos que su cadáver fue desenterrado, junto con otros, en el patio 29 de Cementerio General.

De todo eso, Marchant no tenía la más remota idea. Él, por su lado, padeció su propio calvario. Con torturas, interrogaciones, una detención en el enclave alemán de Colonia Dignidad. Y después otros campos de concentración del norte de Chile. 

Conoció la exoneración en el Hospital de Talca y una decena de oficios de emergencia para sobrevivir con mínima dignidad. 

Hasta que reconoció en su vecino a Luis Hernán Reveco, padre de José Adrián. El mismo le contó de la muerte de su hijo en esos días de represión castrense. Marchant recordó a su amigo de infancia con quien había participado, con el pecho inflado de orgullo adolescente, en las gloriosas revistas de gimnasia del cuarto de preparatoria del Colegio Pío X.

-Don Luis nunca quiso saber de plata ni de reparaciones. Este caso ni siquiera aparece en los informes oficiales –repite Marchant de memoria-. Solo quiere que se sepa lo que pasó con su hijo y, en una de esas, que se haga justicia. Tal vez por su avanzada edad, no quiere hablar del tema. Lo guardó durante muchos años como algo muy suyo. Por eso me pidió que yo me hiciera cargo de todo. 

ESPERANZA 

Un aviso en un diario le devolvió a Marchant la esperanza. Integrantes del dispositivo de Seguridad del Ex Presidente Salvador Allende realizarían una charla el 9 de agosto, en la sede de Talca del Partido Socialista de Chile. 

Marchant escuchó con atención a las presentaciones de los ex escoltas presidenciales, Manuel Cortés y Hernán Medina.

Decenas de manos alzadas. La mayoría, antiguos militantes del partido del hacha americanista. Más que plantear una pregunta, sólo deseaban saldar cuentas con aquel enemigo todo poderoso, ahora enfermo, cansado, casi invisible, pero todavía vigente, sobre todo cuando la televisión lo muestra con gafas negras exigiendo “rendición incondicional”. 

Marchant esperó con paciencia su turno mesándose su espesa barba blanca y mirando hacia el busto de Salvador Allende. Dijo su nombre y se presentó como militante del Partido Comunista. 

-Yo quisiera hablarles de un miembro del Dispositivo de Seguridad del Presidente Allende cuya historia no es conocida, porque no figura en ningún registro. Sólo sabemos de esto su padre, su madre (ya fallecida) y yo. 

El escolta Cortés de inmediato se interesó por las palabras de Marchant:

-Pero esta persona está es de Talca –preguntó desde el podio-. ¿Está viva o muerta?

Marchant guardó reserva. El integrante del GAP le sugirió conversar con más tranquilidad una vez terminado el encuentro. Podía tratarse del “eslabón perdido” que el grupo buscaba hacía años.

Los días siguientes han sido intensos para Marchant. Se reunió en Santiago con el abogado (y futuro abogado comunista) Hugo Gutiérrez, quien sigue la causa por la muerte de su amigo. También con el resto de los integrantes del Comité “Allende vive”, los mismos que intentan bautizar con el nombre del ex mandatario suicida alguna avenida de Talca. 

Nos encontramos de nuevo con Marchant. Trae bajo el brazo una carpeta llena de documentos con los cuales pretende mantener vigente el recuerdo de su compadre Reveco. Se muestra, a diferencia de otras veces, optimista. Dice que tarde o temprano las cosas se van a saber y que habrá justicia. 

-Un canal de televisión me pidió una entrevista exclusiva, pero a mí eso no me interesa –mientras guarda los papeles dentro de la carpeta. 

Lo veo salir del diario con la frente en alto.

DOCUMENTOS

De acuerdo a la documentación facilitada por Luis Marchant, existe un certificado emitido por Gendarmería de Chile con el número 340 y que indica lo siguiente:

“En el Centro de Cumplimiento Penitenciario de Talca, a 17 días del mes de junio del año 2003, el alcaide que suscribe certifica:

Que don José Adrián Rebeco Ortega, cédula de identidad número 06.505.827 – 8, ingresó a esta Unidad Penal con fecha 23 de septiembre del año 1973, en calidad de detenido por orden de la Fiscalía Militar de Talca, por el delito de Infracción Ley 12.927, para posteriormente egresar con fecha 1 de Octubre del mismo año por orden de dicha institución militar, todo esto conforme indica en el libro de Detenidos, folio número 23, correlativo número 722, del año 1973, existente en los archivos de la unidad penal.

Se extiende el presente certificado a petición de Luis Reveco Zurita, para fines particulares”.

El documento se encuentra firmado por el alcaide, Marcelo Sepúlveda Torres. 

Asimismo, Luis Marchant tiene en su poder un certificado de defunción perteneciente a la circunscripción Independencia con el número de inscripción 3 mil 359, a nombre de José Adrián Reveco Ortega.

Su fecha de nacimiento corresponde al 14 de enero de 1951 y el momento de su muerte el 11 de octubre de 1974, a las cuatro de la madrugada.

La causa del deceso establece una herida de bala en la caja torácica. La fecha de emisión del documento corresponde al 17 de junio de 2003, a las 9:34 y se encuentra estampada la firma de la funcionaria del Registro Civil, Marisol Troncoso. 

5 comentarios:

  1. Contribuyendo con soberbia narrativa a dilucidar los entuertos de la memoria.

    Valioso texto, estimado amigo.

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  2. Tan novedoso, tan humano... realmente es un punto de vista importante desde una impecable y atrapante forma de narrar..
    Muy bueno, estimado Claudio.

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  3. Aporte enorme para no perder de vista los casos particulares que se convierten en simples numeros.

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  4. Conmovedor tu relato Claudio. Esta es la forma de mantener viva la memoria para lograr, quizás algún día, la justicia verdadera.

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  5. Contribuyendo con todo tu talento narrativo y tus sutilezas detectivescas a esclarecer la memoria que antecederá a la justicia.

    Valioso texto.

    Un abrazo, estimado amigo.

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