5 de septiembre de 2013

El mal

PABLO MENDIETA PAZ -.

En 1961, la filósofa Hanna Arendt fue enviada a cubrir, en Jerusalén, el proceso contra Adolf Eichmann integrante de la SS y encargado del exterminio final.

A nadie se le ocurría pensar, por entonces, que el arte del periodismo se debía reducir a informar cómo iban vestidos los jueces, si el fiscal era calvo y enfático, si la inocencia resplandece en la cara, y el menú del almuerzo de ese día. Todo, importante por cierto, pero no lo primero, ni lo único.

De ese ejercicio de corresponsal resultó un texto con importantes cuestionamientos y del cual todavía se discute un concepto surgido de su mirada del proceso. Quizá de mayor trascendencia que la condena. Se sabe: La banalidad del mal.

Las críticas a la idea de la banalidad no se hicieron esperar. Sobre manera por las víctimas para quienes comprender que un carnicero ordinario las hubiese matado, no era de aceptación fácil. Aún en las formas de asesinato parece existir una tabla de categorías concedidas por la mano de quien incurre en el delito. Conceden jerarquías y distinción a la muerte. Como si el acto final se modificara por las virtudes o perversidades del matón.

Con los años que pasan se puede volver al tema sin la dificultad de la noción de prestigio de los muertos.

No será necesario referirse al insulso bigotito, obra de peluquero de pretil, con que adornaba su rostro plano, sin lugar en los catálogos de criminales de Lombroso, del amado führer. La gente obedece a quien se quiere parecer, o cree que se parece. Aburrida igualdad de la medianía.

El hecho de que un criminal sea ilustrado o de inteligencia natural, lector de novelas inglesas, Stevenson, o rusas, Tolstoi, no hace mayor diferencia a la hora de consumar el delito. Tal vez lo que llaman el móvil o motivo o causa, miedo, celos, codicia, ira, locura, asemeje a los sujetos. Pero son crímenes individuales, con una determinación que no genera dudas.

Los otros son diferentes. Se participa en la empresa de matar un pueblo, una raza, los miembros de una religión. ¿Y quién lo hace? Eichmann no tenía un tratado, una summa teológica, no era enano por maltrato infantil, ni el más mínimo sueño de grandeza. En su fría ejecución le daba lo mismo matar gallinas que micos.

Al recordar el archivero del registro de Saramago, el Bartebly, el agrimensor de Kafka, podría hallarse algo de la intuición de Arendt. La imaginación del pensamiento revelando la miseria del mal. Rompiendo su disfraz de grandeza. No es nada. Un pobre ser disminuido por la vida que aplica la exacerbación de la rutina, para demostrar que cumple su horario, que hace lo que le encomiendan y merece confianza. Ni siquiera solicitará una medalla, una bonificación. Es un pacto con él mismo al descubrir la oportunidad de hacer y hacer sin ser mandado. La orden abstracta desató su actividad. Así Bartebly convirtió la vulgar oficina en su castillo.

2 comentarios:

  1. A Osvaldo Romo, el más sanguinario torturador y asesino de la dictadura pinochetista lo entrevistaron un poco antes de morir, y dijo sentirse satisfecho con la labor cumplida, no estar arrepentido y que si pudiera lo volvería a hacer aún con mayor prolijidad porque era su trabajo y su deber era hacerlo lo mejor posible.

    Para largas reflexiones, sin duda.

    Excelente artículo, estimado Roberto.

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  2. Arendt nos reveló el mal en pequeñito, con faz de burócrata, un hombrecito sin mucha ideología que simplemente hace lo que se le manda. Miles de ellos se sientan hoy en día frente al computador, en Las Vegas, y manipulan los drones que fulminan a miles desde el cielo, esos avisponcitos no tripulados. Otros hacen lo mismo contra los palestinos. El MAL, en grande, es apoteósico, autoconsciente, retórico e ideológico: da discursos, cambia leyes para que sea legal espiar a los ciudadanos, aterrorizarlos con operaciones de "false flag" (falsa alarma) sobre Armas de Destrucción Masiva o sobre ataques comunistas en Berlín o en VietNam, arrebatar el habeas corpus a los ciudadanos y llevarlos raptados a prisiones remotas de paradero desconocido, donde no tengan acceso a abogado y puedan ser torturados sin causar molestias, y asesinados. Una vez, en 1939 se llamó "La Ley Habilitante", ahora se llama el NDAA.

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