7 de septiembre de 2013

La visita de Heráclito a Chile, justo un 11 de septiempre

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

A comienzos del año ´73, el polémico filósofo de la calle Posadas, Heráclito D´Exceso, estaba pletórico.

Animal de pasiones políticas, nuestro Heráclito, peronista hasta la médula., disfrutaba del triunfo de Cámpora y de la noticia del regreso del General Perón a la Patria.

Pero después de la Masacre de Ezeiza aquel 20 de Junio, donde Heráclito –junto con muchos compañeros- se defendió a balazos de los sindicalistas derechosos que recibieron a las columnas de jóvenes con una lluvia de balas, un velo negro cruzó su mirada.

A partir de aquel día supo que su sueño colectivo lejos estaba de cumplirse. El viejo ya era muy viejo, y ya era un viejo pelotudo.

Pero ni siquiera el pesimismo justificado de Heráclito le haría pensar que al año siguiente Perón los trataría de ¨imberbes ¨ y ¨estúpidos¨.

La cuestión es que corría ese año ´73 y nuestro filósofo fue invitado por algunos compañeros de Chile a pasar unos días en Santiago. El polígrafo armó su bolso y – temeroso de los aviones – viajó en Micro hasta Mendoza y allí sería esperado por Andrés y Guadalupe, dos compañeros chilenos que habían conseguido casi legalmente una camioneta para llevarlo a Santiago.

Pero ni la camioneta ni los mentados compañeros los aguardaban allí. 

Heráclito puteó, se calentó, casi se agarra a trompadas con el dueño de una bar que no quiso prestarle el teléfono, pero finalmente se las ingenió para cruzar la cordillera a través de ¨El Rincón¨(hoy Samoré) merced a los buenos oficios de un camionero de YPF.

Más allá de la bronca de no entender qué carajo había pasado con Andrés y Guadalupe, Heráclito estaba ilusionado. Iba a conocer Chile, donde ¨realmente había un gobierno Popular!¨

Conforme se internaba más en Chile, Heráclito se sintió turbado ante la presencia de demasiados controles militares. Los milicos en la calle representaban algo que le producía escozor y le hacía llevar su mano a la cintura en busca del 38, cosa que hizo instintivamente esta vez, pero en vano porque –aconsejado por sus amigos- su fiel compañero no lo acompañó en este viaje.

Al llegar a Santiago, la encontró convulsionada. Buscó la dirección que le habían dado. Por precaución instintiva, prefirió no preguntarle a ningún carabinero. Se las ingenió para llegar a un lugar prefijado donde ya no había nadie.

Algo pasaba. No había que ser una lumbrera para advertir que algo malo se estaba gestando.

Era 10 de Septiembre. Mucho milico, mucha cara tensa. Y Heráclito sin dormir, sin tomar mate y sin encontrar a sus amigos. Eso lo ponía de pésimo humor.

Al pasar por un callejón, lo manotearon de atrás. Heráclito preparó su clásico ¨uppercut atrás de la oreja¨, pero se detuvo a tiempo al advertir que era Andrés!

- Ta que te parió, boludo! ¿Qué carajo está pasando? ¿Dónde mierda estabas? – interrogó Heráclito.

- Acompáñame y te cuento todo, querido amigo. Es un placer verte de nuevo. Lástima la ocasión. –Le respondió Andrés en tono tiernamente nervioso.

Heráclito iba detrás de un Andrés, que en cada esquina hacía esos visajes típicos de quién no quiere toparse con un retén o una sorpresa. Heráclito entendía bastante de eso.

Se internaron en un pasillo muy angosto. ¨Buena estrategía¨, pensó Heráclito. ¨Si vienen los contreras, con dos trampitas `cazabobos` te cargás a un pelotón¨. Finalmente, ingresaron en una casucha miserable. Todos saludaron a Heráclito con efusividad.

- ¨Disculpe, compañero, que no lo recibamos como usted se merece, pero estamos ante una crisis. Le puedo ofrecer un poco de Pisco de rancio abolengo, si así lo desea¨ - dijo Manuel, líder de aquel grupete, mientras extendía la botella hacía Heráclito, quien preguntó:

- ¿ Qué mierda pasa, compañero?

- Lo quieren tumbar a Allende. Desde Valparaíso vienen columnas del ejército para tomar La Moneda.

- Hijos de puta!

- Hijos del imperio! –corrigió Manuel–, aunque tal vez son la misma cosa.

- Bueno. ¿En qué puedo ayudar? – preguntò Heráclito

- Mire, compañero. La cosa se va a poner fea. Yo le aconsejaría que se vuelva a Lanús. Acá vamos a resistir y –cómo le dije– la cosa se va a poner peluda.

- No sea huevón, compañero! – dijo Heráclito ofendido.

- ¿Cómo dice?

Heráclito no tuvo que pensar demasiado la respuesta. Destapó con los dientes la botella de Pisco, se mandó un trago profundo y astringente, y con una sonrisa respondió.

- De donde yo vengo no se deja a los amigos en las malas. Consígame una 38. Nada de esas mariconadas de ametralladoras o fusiles. Una 38 bien cromadita y aceitada. Y salgamos a hacer cagar golpistas, carajo!

Quince días después, dolorido e indignado, Heráclito supo que jamás volverían a ver a Manuel. Nuestro polígrafo volvió a Lanús, pero trayéndose consigo a Guadalupe, a Andrés y a otro par de compañeros. 

En el viaje, clandestinamente peligroso, casi no hablaron.

7 comentarios:

  1. LUIS7/9/13

    Gracias Eduardo, tu relato acompaña el dolor de muchos chilenos.

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  2. No pretendía tanto, Luis. Apenas quise mostrarlo desde otro lugar. Y ese dolor también es mío.

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  3. No pretendía tanto, Luis. Apenas quise mostrarlo desde otro lugar. Y ese dolor también es mío.

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  4. una vez más, gracias a tu habilidad, viajamos contigo de Lanús a Lanús de vuelta, pasando por el día que nos marcó a Chile en la memoria a todos los pueblos del mundo.

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    1. Lo intenté, Piru! Al menos lo intenté.

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  5. En su estilo tan reconocible como certero, hace un emotivo homenaje a las víctimas de una época dolorosa.

    Un abrazo fuerte, amigo Edu.

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    1. Escaso, tal vez, para la ocasión. Pero me emociona pensar en tantas buenas gentes, llenas de sueños e ideales, truncadas por la estupidez de los miserables.
      Retribuyo el fuerte abrazo.

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