12 de julio de 2015

Playa Girón


CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

50 años que anotan un hito en el imaginario latinoamericano. Ya ni importa el análisis coyuntural del presente, las perspectivas del futuro. Hablamos de un espacio enraizado para siempre en la memoria, algo íntimo como la infancia misma, un dejo de orgullo que nos marcó. Yo tenía 1 año.

Con el tiempo vino Silvio Rodríguez y su canción sobre la flota cubana de pesca. El sueño duró hasta la caída del Muro, donde, y a pesar de ya entonces comprender lo que significaba el también imperio soviético, se nos quitó la ilusión. En Le Mur, de Sartre, se habla de paredón, y en Berlín se nos puso a todos contra él. Repito que ya sabíamos la gran mentira, lo insostenible de la retórica que hacía mucho dejara de ser revolucionaria, desde las barrancas del hielo donde el calvo Lenin ejecutaba a sus rivales, de derecha, izquierda, no importaba; desde Kronstadt, 1921, pero igual lo sentimos. Después las generaciones se confundieron, como que habían perdido el surco donde se sembró la comida; tuvieron que buscar por otros lados y tantos se esfumaron, escritores que no sabían sobre qué escribir. Todavía en 1984, jóvenes nosotros, cuatro bolivianos, visitamos la embajada de Cuba en Lima porque queríamos ir a combatir a la Contra, en Nicaragua. Hubo la posibilidad, enmascarada como apoyo a la cultura, que finalmente no se dio. Desistimos por aventurarnos hacia los espejismos-barco del puerto de Buenos Aires, y cada uno retomó su historia, para bien o para nada.

Viajábamos el 2011 en el ómnibus de Casa de las Américas, de La Habana a Cienfuegos, en labor literaria. El bello pero desolado paisaje se interrumpía por los comentarios punzantes de Peláez, director internacional de la Casa, y querida persona como casi todos los cubanos que encontramos. A mi lado, el novelista colombiano Roberto Burgos Cantor, mordaz, pero sobre todo modesto, contraviniendo la norma de que todo gran escritor debe ser pavo real. Antes o después de Jagüey Grande, justo en la entrada de la Ciénaga de Zapata, en Matanzas, le mostré herrumbrados objetos dispersos a lo largo de la carretera que parecían obstáculos antitanques, con púas en especie de enroscado. Hablamos de Playa Girón, de que aquellos tal vez serían remanentes de la invasión del 17 de abril de 1961. Sin duda. Más adelante, a la orilla de un naranjal, la ruina de un tanque, no sé si gubernamental o brigadista, pero uno, me dio a mirar el yermo con otros ojos, como los del testigo afortunado, testigo febril, de un rincón donde se jugó la historia. Unos autores dormían, algunos críticos conversaban, mientras trataba de imaginar la escena, y preguntarme la profundidad de la incursión rebelde, porque rebeldes eran entonces aquellos que antes no lo fueron y viceversa. La alegría del viaje, la reunión amable de hombres y mujeres dedicados al arte, dejaba paso a internarme en una narración que siempre me fue grata, y que nunca dejaré de conocer en su totalidad así crea comprenderla en buena parte.

Era otro mundo, lejano al barullo de la hermosa Habana; la Cuba rural, pastizales y cañizales que para mí aún esconden mambises, las páginas de Martí, imágenes posteriores que vimos en un notable filme cubano: Martí, el ojo del canario (Fernando Pérez, 2011), con introducción y saludos del ministro de cultura en un viejo teatro del Vedado. Sensación que creció en la villa de Trinidad, joya colonial al pie de la sierra del Escambray, cuya ligazón con lo de Bahía de Cochinos es más que accidental. En el Escambray se combatió contra Batista y se siguió combatiendo contra la Revolución, con paradójicos guerrilleros que incluían batistianos, patrones rurales, campesinos y exrevolucionarios, disgustados o desilusionados con el cariz que tomaba aquello.

En Trinidad supe, y no visité, el museo de “Lucha contra bandidos”, nombre ambiguo, porque ya no se sabe si los bandidos son los de ayer, los de hoy o los de mañana. Falta de imaginación o enfermedad del poder. Allí lucharon desde el triunfo del año 59 hasta su exterminio alrededor de 1965, fuerzas opositoras al “castrismo”. Los entendidos en el estrepitoso fracaso de la invasión auspiciada por los Estados Unidos, donde según datos de Life, pululaban los capitalistas que habían perdido en el proceso, señalan que una de las causas fue la falta de interacción efectiva de los de afuera con los de adentro. Lo cierto es que en aquella remota playa, Girón, casi al comienzo de Bahía de Cochinos, the Bay of Pigs como titulan la eterna mácula de Norteamérica, se jugaron varios destinos trágicos y, al menos por un instante, uno feliz, el de una Cuba que reaccionó multitudinaria en favor de la revolución. En Playa Girón murió John F. Kennedy; resultó su condena a muerte, y se reinició, porque comenzó aquí mismo cuatrocientos años antes, la lucha por la liberación de la América Latina, causa de ríos de sangre y dolores que todavía no cesan.

En inicio los conspiradores pensaron en la toma de Trinidad. Estratégicamente superior, Trinidad proponía un centro urbano, la sierra -donde ya había activa rebelión, como alternativa de huída- y muchos factores que la decisión de la CIA anuló. Conjeturar acerca de lo que podría haber sucedido de tomarse esta opción no le hace honor a la no disponibilidad del pueblo de Cuba a aceptar la propuesta del retorno de los días aciagos del sargento Batista. No es que cambiaron las reglas del juego, el juego no era el mismo, y posiblemente el resultado no habría sido distinto.

Hay que conmemorar Playa Girón, fuera de cualquier discrepancia ideológica o práctica que se tenga con la Cuba de hoy. Incluso si la mente me hiciera jugarretas con el pasado, que trata y no lo consigue, no deja de emocionarme la victoria. Y sé que mis padres la festejaron. Y yo, sin recordarlo. Y mis hermanos.

El bus deja la mítica región, se adentra por leguas de mar a la derecha y serranía boscosa del otro lado. Miro atrás y pienso en la soledad del tanque abandonado, en la magnitud del tiempo solo.


18 de abril, 2011
Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 23/04/2011
Imagen: Dora Alonso haciendo un reportaje en Playa Girón, 1961

4 comentarios:

  1. Conmovedora y poética caminata por la historia contemporánea.
    Hoy intentamos mirar hacia atrás rescatando lo mejor, lo que valió la pena, lo que refrendó la generosidad, el compañerismo, la voluntad de ser mejores en conjunto, todo aquello que escapó al egoísmo humano.
    Y sobre Burgos Cantor, como no concordar con tus palabras, cuando sus escritos son tan elocuentes para mostrarnos una mirada tan limpia y tan profunda de nuestra América.

    Un abrazo, querido amigo.

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    1. Gracias, Jorge. Un momento especial.
      De Roberto ¿qué decir? un escritor cuya grandeza es solo superada por su mayor humildad. La ceiba de la memoria es una de las grandes novelas de la América Latina. Un placer y un honor haber pasado momentos juntos, conversando y con vasos de añejo, uno tras otro, en algún balcón de La Habana o Cienfuegos. Abrazos.

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  2. La Revolución ha mutado, se ha cristianizado y abierto al mundo multipolar, pero sigue en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, parte del Cono Sur, Brasil, Islandia y parte de Escandinavia, Grecia, y entre los seguidores chinos de Bo Xi Lai, el ex ministro de finanza, el exitoso gobernador de Chong Kin, el que propuso que en China se volviera a estudiar marxismo (cosa que acaban de aprobar los que le encarcelaron), el encarcelado por corrupto tras haber denunciado la corrupción al más alto nivel del partido comunista y a una escala cien veces mayor que los 3 millones que le achacan a él, el que abrió China a la economía de mercado y llevó el crecimiento económico hasta los dos dígitos, el hijo de uno de los "ocho inmortales".

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  3. Qué bueno tener una memoria tan amplia, acumular tantos recuerdos y asociarlos para un texto.
    Hermoso, me encantó.

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