4 de septiembre de 2013

Viaje sentimental

GONZALO LEÓN -.

Desde que vivo en Buenos Aires he hecho algunos viajes fuera de capital: curiosamente de los desplazamientos más largos no he sido capaz de retener mucho. Por ejemplo del viaje a Mar del Plata que duró seis horas sólo recuerdo la detención que hizo el bus antes o después de Castelli y unas vacas que pacían antes o después de llegar ahí, y el cielo que amenazaba con aplastarlas. Del viaje a Bahía Blanca que duró una hora sólo recuerdo la vista aérea de la cancha del Monumental de River Plate. De estas experiencias concluí que de los viajes cortos, más ínfimos quizá, soy capaz de retener muchos más detalles que de los viajes largos que implican transporte, ya sea en bus o avión.

Esta impresión cambió cuando por primera vez salí de la provincia de Buenos Aires (Mar del Plata y Bahía están ahí) y el bus enfilaba hacia la provincia de La Pampa. Era el viaje más largo que emprendía, nueve horas en total, arriba de un confortable bus. A las tres o cuatro horas de viaje la impresión de no poder retener mucho no había cambiado, sin embargo cuando entramos en la pampa y el paisaje se volvía ocre y abandonado, sin rastros de la presencia del hombre, sentí un estremecimiento; no era miedo, pero sí una angustia de pensar que el viaje había terminado, que el bus había chocado y que estaba muerto: el infierno era ese paisaje. El tiempo entonces transcurriría de otro modo: más lento o más rápido. Y así fue: mientras las horas pasaban el paisaje no cambiaba, seguía siendo ocre y abandonado. Pensé en qué había hecho de mi vida, en los amores que había tenido, en mi pequeña familia (mi hermano y mi sobrino), en los que habían muerto ya (mi abuelo y mi madre), y traté de recordar por qué me había subido a ese bus.

A veces cuando uno no puede recordar algo entra en una especie de trance y llegan a tu memoria otras cosas. Pero en ese momento no llegaba nada a mi memoria, así es que retomé la lectura que había llevado a ese viaje: “Les doy poca importancia a las tantas cosas que pasan a la luz del día, en calles amplias y abiertas”. La frase es de Viaje sentimental, del irlandés Laurence Sterne, y cuenta un viaje que el autor de Tristam Shandy hizo por Francia e Italia, no es una crónica clásica de viaje, del tipo guía de turismo, sino que va más allá y construye una breve novela, donde el viaje es interno, de percepciones, y también de lugares que la mirada común evita. Sterne hace como dice el título un viaje sentimental, para captar lo que la naturaleza se niega a mostrar: “La naturaleza es tímida, y odia actuar ante espectadores; pero en un rincón oculto a veces uno ve una sola breve escena, que vale por todos los sentimientos”.

No se puede mantener la fija en un libro sabiendo que uno ha muerto: dejé a un lado la lectura y volví a contemplar el paisaje. Salvo una leve oscuridad que se iba cerniendo sobre la inmensidad, nada había cambiado: el ocre permanecía, así como las cinco vacas que aparecían (o se repetían) de tanto en tanto y el árbol solitario y final. Todo era como un telón de fondo, por el cual pude recordar el motivo de mi viaje. Y claro, ¡era un viaje sentimental! Iba a visitar a una chica que me gustaba y que antes había venido a visitarme. Pero no era simple reciprocidad el motivo de ese viaje; yo quería hacerlo, no para contemplar el paisaje ni para retener los detalles, sino para observar lo que me pasaría. Uno planea el destino de un viaje, pero no lo que durante ese viaje sucederá.

Lo que me había llamado la atención de esta chica era la sorpresa casi infantil con que reaccionaba ante los estímulos; intenté imaginar qué caras habría puesto en su viaje, y lo que le pasó por su mente cuando me avisó por mensaje de texto: “Despertate León”. Aldous Huxley, en El genio y la diosa, explica este tipo de reacciones que son comunes en la infancia: “Cuando se es niño, nuestra mente es como una especie de solución saturada de sentimiento, como una suspensión de todas las emociones, pero en estado latente, en condiciones de indeterminación”. En otras palabras hay un solo sentimiento, una sola emoción, que opera como éxtasis. En esta chica había algo de ese solo sentimiento, indeterminado, en éxtasis, una pureza que valía la pena conocer porque, según dictaba mi experiencia, no era habitual que estuviera ahí a una edad adulta.

Quizá eso me llevó a viajar, concluí cuando las luces del bus se encendieron y una arquitectura tosca asomó entre el paisaje ocre. Entrecerré los ojos para ver mejor, pero la luz me cegó. Cuando me recuperé los pasajeros, cual zombis, abandonaban el bus, y yo con mi ejemplar de Viaje sentimental me resistía a seguirlos. Afuera Alice, de Resident Evil, me volará la cabeza, creí imaginar, ¿o lo pensé? El ayudante del chofer interrumpió mis tribulaciones cuando dijo que debía abandonar la máquina; me levanté entregado a lo que viniera y, cuando enfilaba por el pasillo como condenado a muerte, divisé por la ventana lateral una figura humana que me hacía señas. Por alguna razón sentí que bajo esa noche se sellaría un pacto de sangre. Descendí del bus, y pasó lo que tenía que pasar.

Publicada en revista Punto Final

3 comentarios:

  1. Corrientes- Buenos Aires- Corrientes. Trayecto mesopotámico monótono que hube de recorrer por un largo tramo de mi vida para unir trabajo y familia. Comparto gran parte de tus sensaciones. Ir para adentro para huir de aburrimiento visual fue una constante en esas 14 horas sentada. Los libros no me servía porque la ventana me llamaba y el reflejo me enterraba en un sin fin de reflexiones. En mi caso me esperaba gente amada, gente incondicional y constante, iba de ida pero lo sentía como un eterno regreso a mi. Ahora me espera un viaje sentimental y creo que ahí mis pensamientos serán sensiblemente distintos. Aunque el recorrido sea el mismo o previsible, nunca somos lo mismo en ese ida y vuelta.
    Muy buen relato. Saludos.

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  2. Los que viajamos muchos solemos pasar por ese estado mental, dan ganas de matarse! Para los viajes muy largos suelen pasarte varias películas.
    Buen relato, me encanto!!!

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  3. Cielo y vaca, caminos infinitos, y un viaje que continúa hacia adentro, hacia las catacumbas del alma.

    Excelente narración.

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