14 de noviembre de 2014

Cazador cazado

ENCARNA MORÍN -.

Hacía tiempo que la miraba, pese a que sabía que era prácticamente inaccesible. Cada vez que aquella hermosa mujer entraba en su local, él se afanaba en llamar su atención. Imitaba a Silvio Rodríguez, sacando lo mejor de su voz y le dedicaba cada canción, micrófono en mano.

-Ha llegado Gloria. ¡Bienvenida! Esta canción es para festejar que estás aquí.

Su local era el centro de parada necesaria de la juventud de entonces: progres, jóvenes y recién salidos de la universidad. Estos grupitos le daban vida al pub, al tiempo que él y sus amigos servían copas, tocaban y cantaban cual trovadores, desde el ahora exilio, reivindicando la vuelta a la democracia para un país, que estaba lejos, muy lejos.

Llegaba al corazón de las chicas con su música, su voz, su labia y por el cliché de exiliado. Se las quitaba de encima como moscas, jóvenes y bellas, que esperaban escuchar palabras lindas para caer rendidas.

En esta tierra había encontrado algo más que una acogida. Todos sus amigos, antiguos y recientes, eran una gran familia.

Con el tiempo se había vuelto un experto conquistador. En realidad siempre lo fue. Desde muy jovencito manejó con soltura el arte de la seducción. Sabía que mil palabras bonitas pueden más que una imagen cuando las mujeres optan por enamorarse. Las enamoraba a todas. Por supuesto, la esposa y sus tres hijos estaban en la casa. Eludía hablar de ellos. Eso sí, cuando alguna se ponía muy pesada, exigiendo más atención o algún compromiso, le dejaba bien clarito que era un padre de familia. En cambio con Gloria le llevó un largo fuego lento hasta conseguir acceder a su amistad. Eso era algo, y se conformó con ello, al menos de momento.

Ella, tras un matrimonio convulsivo, había quedado algo maltrecha. No quería saber nada más de hombres ni de los hijos que no tuvo, pese a los fallidos intentos. Herida mortalmente tras aquella separación, que entonces estaba aún reciente, optaba por salir con su pandilla, recuperando los días de su libertad perdida, volviendo a pensar como lo que era: una mujer joven y hermosa, independiente, libre, sensible y con muchas ganas de vivir la vida.

Pasó por algunas escuetas relaciones que se fueron sin pena ni gloria por donde mismo vinieron. No quería compromisos con nadie ni tampoco iniciar una relación, así lo dejó claro desde el primer momento. Él, consciente de su juego en desventaja, optó por ser su amigo y nada más. Al menos desde esta posición podría abordarla con alguna carta en la manga.

Durante vacaciones ella y una amiga estuvieron en Italia. Cuando a Elena le habían atracado en el metro y dos chicos acudieron prestos en su ayuda. Uno era Vincenzo, el guapo italiano, del que Gloria quedó prendada.

Le sucedieron muchas idas y venidas tras aquella irrepetible noche de su vida, en la que por primera vez tuvo supo lo que era el buen sexo, disfrutar de lo placentero, amanecer en unos brazos hasta ahora extraños, pero en un futuro y para siempre imborrables. Esa increíble historia de amor tenía en su contra la distancia pero aún así se sucedieron algunos encuentros, compartieron vacaciones y bellos instantes. A veces no daba crédito, cuando despertaba en mitad de la noche junto a aquel hermoso ejemplar masculino. Todo placer, todo ternura, todo para ella.

-Si el cielo existe, yo he estado en él -se decía-

En esas idas y venidas, su amigo músico permaneció en la retaguardia pero sin desaparecer del todo de su vida. Le herían sus confidencias, las cuales aceptaba estoicamente, aunque tenía la información y, por tanto, el poder. Conocía los puntos vulnerables y, por ende, los flancos frágiles en aquella batalla que pensaba librar de todos modos.

Y así fue como los encuentros con Vincenzo se espaciaron, y en la última visita a Roma ella sintió de golpe que le faltaba algo, que el sexo y el hermoso cuerpo no eran suficientes, así que se sorprendió pensando en Carlos. Y le llamó.

Tras la vuelta a casa, inició una lenta y nueva relación con el ahora ya divorciado Carlos. Poco a poco se fue convirtiendo en un amor intenso. Terminó por ser un hombre imprescindible en su vida y ella, en algo más que un hermoso trofeo para él. Se diría que en esa larga tregua vivieron un cariño pleno. Fueron algo más que una pareja. Compartieron amigos, familias y hasta viajaron a su país de origen, que ya no era de los milicos. Se conocieron a fondo y, finalmente, acordaron admitir que estaban hechos el uno para el otro.

Un buen día ella sintió unas náuseas matutinas, a las que les sucedieron otras muchas. Pensando en su diagnosticada esterilidad no achacó aquel malestar a su embarazo. Estuvo por un tiempo embarazada pero aquel hijo no nació debido a un aborto espontáneo. No quiso ni pensar mucho en volver a intentarlo. En realidad, no tenía muy clara la maternidad para suplir carencias personales, aunque dentro de ella hay una madre amorosa que reparte cariño a raudales.

Años más tarde, Carlos anunció que viajaría a La Patagonia, donde pensaba comprar un terreno y una casita lejos del mundanal ruido. ¿Quién lo diría de alguien tan mundano como él? Pero así fue.

Desaparecía por temporadas más o menos largas, y Gloria comenzó a sentirse Penélope. Alguna vez viajó con él y pasó buenos momentos en plena naturaleza, pero su sexto sentido le alertaba de que algo no andaba bien del todo. Le sentía lejos, distante, ella estaba excluida de sus planes. Adivinaba cosas, ya que él había optado por el mutismo casi absoluto con respecto a sus proyectos.

En una de esas veces que él vino, ella le dejó claro que no le iba a esperar más, que hiciera su vida, estaba en su derecho, y que ella haría lo propio. Se acabó la espera. No estaba dispuesta a seguir atenta a sus llamadas, a sus pasajes de ida a Buenos Aires, sin comprar el vuelo de retorno. Se terminó. Le dijo muy seria cuando, por fin, logró hablar con calma con el antaño elocuente Carlos.

Él se enfureció, pero no la tomó en serio. Ya ocuparía ella su tiempo en sus clases de biodanza, en su trabajo como voluntaria o en cuidar de su madre anciana. Cuando él fuera y viniera, ella estaría esperándole, aunque literalmente no tejiera una bufanda. Estaba destinada a ser su Penélope, sin más, y en eso no cabía la discusión. No iba a ser la primera vez en su vida en que una mina lo plantara a él, y menos después de tantos años de vida casi conyugal.

Gloria tuvo claro que simplemente expresó en palabras, lo que él previamente había llevado a cabo puesto que ya no eran pareja desde hacía tiempo. Y le dijo:

-Dejaré de esperarte, Carlos.

Así que sintiéndose libre como el viento encontró de nuevo calor en otros brazos. Necesitaba afecto y respondió a los requerimientos de su antiguo novio de juventud. Fue una historia de tránsito y por si misma comprobó que nunca las segundas partes fueron buenas si se trata precisamente de amores. Pero en aquel momento fue el bálsamo que le ayudó a curar su herida.

Rápidamente Carlos fue informado por familiares y amigos.

-Tu mujer anda con otro, Carlitos.

Apenas tardó dos días en tomar un vuelo transoceánico y presentarse en la puerta de su casa. Furioso, indignado, incrédulo…imposible que ella se atreviera a ir por la calle con otro tipo siendo “su” mujer.

Aplicó el viejo paradigma de “la maté porque era mía”. Le retiró el saludo, difundió que se había visto obligado a romper porque ella le era infiel, que estaba medio loca, imposible soportarla, además le había dado por meterse con las drogas, y de las duras, que en realidad su anticipada jubilación era fruto de todos sus excesos, más que por un problema con su espalda…

Un animal desconocido salió de lo más hondo de su alma. Realmente parecía otra persona. Su otra cara, la que no era tan amable, salió a relucir cuando el viento dejó de ir a su favor. Se llenó de amargura y la volcó hacia afuera. De alguna manera, supo y, por fin, entendió que la vida a veces te devuelve la lección.

La reputación de Gloria no se vio en entredicho porque los amigos les conocían a ambos, juntos y por separado, pero la idea de él era morir matando. E intentó a conciencia hacerle daño.

Ella siguió su rumbo. Nunca le han faltado amigos, amigas a raudales. Conserva una exuberante belleza madura. Se tomó una tregua para vivir tranquila indagando sobre todas aquellas cosas que siempre quiso hacer y nunca se había atrevido. Probó con la pintura y tuvo mucho éxito. Organizó actos y eventos para una ONG, aprendió a tocar el timple y a bailar salsa.

Tenía la espinita clavada de como terminó su relación con Carlos, y que él estuviera aún tan enojado pese al paso del tiempo y de los años. Pese a ello quería rescatar todo lo bueno que compartieron juntos, incluso, intentó en alguna ocasión conversar con él.

Un día le dio por pensar en Vincenzo, su hermoso italiano, y le buscó en la red. Encontró a un señor que vivía en Los Ángeles y era directivo de una multinacional. Por su aspecto no estaba absolutamente segura de que fuera realmente él, aún así le remitió un escueto mail. La respuesta fue casi inmediata. A su vez él la estaba buscando, quería saber de ella, había perdido su rastro. La recordaba con extremo cariño. Por encima de cualquier cosa deseaba ser su amigo.

El siguiente viaje a Roma Gloria lo hizo sola. En el aeropuerto le esperaba un amplio grupo de amigos y parientes de Vicenzo que ella había conocido años atrás, durante el tiempo que duró su relación que aunque pareciera fugaz, no lo había sido.

Una guapa adolescente la abrazó y le dijo:

-¡Gloria, por fin te conozco! Me llamo como tú en tu honor. Papá siempre me habla de ti. Te recuerda con cariño. Habla mucho de tus islas, de los felices que fuisteis juntos.

Pasó unos maravillosos días en Roma, ahora siendo amigos. Unos amigos entrañables. Compartieron recuerdos y vivencias. Pasearon por el barrio con Gloria, la feliz adolescente, que contó a todos en vivo y en directo, de quien había heredado su nombre.

Vincenzo viajaba a Los Ángeles con frecuencia, vivía entre Italia y los Estados Unidos, estuvo casado y tenía dos hijos. Nunca la había olvidado y estaba feliz de recuperarla. Todo lo que compartieron mientras estuvieron juntos se quedaba con ellos para siempre. Nadie iba a poder jamás robarles eso.

Cuando dos semanas más tarde se fue de la ciudad, con al alma plena y el corazón palpitando, Gloria supo, a ciencia cierta, que esta vez no había dicho adiós, que aquello no era una despedida sino un hasta pronto. Aunque no volviera a pisar Roma, él estaría de aquí en adelante y eternamente, formando parte de su vida y de sus mejores recuerdos.

Para estar en paz del todo le quedaba pendiente hablar con Carlos, explicarle sus motivos, por más que él los supiera de antemano. Así que después de haberle tropezado en un par de ocasiones por la calle, sin que él se dignara mirarle a la cara, decidió un día abordarle sin más. Se le plantó de frente, sin dejarle la opción a salir corriendo.

Él, fiel a su orgullo herido, quiso ver en este gesto un intento de reconciliación. Así que le volcó su viejo resentimiento no sin admitir previamente que había cometido grandes errores, de los cuales se arrepentía. Visto lo visto, buscando una salida airosa cerró la conversación con una frase lapidaria:

-Lo he pasado muy mal, pero ya no me duele.

Gloria ya estaba por encima de toda emoción. Sin rencores, sin deseos de dañarle, sin ganas de batalla, ni siquiera buscando amistad o confidencias. Simplemente quería estar en paz, no en vano había sido el hombre que por más tiempo estuvo en su vida. Decirle adiós o hasta luego daba igual. Su casa fue la suya, su quinta fue una vez su refugio, sus miedos, sus penas y sus alegrías los vivió con ella. Sus hijos y sus nietos fueron también con ella compartidos.

Sintió a su lado cosas nuevas y distintas, como el sentimiento hacia aquel hijo o hija que nunca llegó a nacer, pero que les uniría para siempre por un lazo indisoluble. De alguna manera le quería bien y le producía una inmensa pena verle solo y perdido. Así que desde su alma invocó una oración : “Adiós Carlos, te bendigo y te dejo partir. Ojalá que tu vida encuentre la paz". Miró adelante y siguió su rumbo por la vida ante un amplio horizonte lleno de inquietudes volando alto, muy alto...

Fotografía: Kristhóval Tacoronte


1 comentario:

  1. Anónimo8/11/13

    Una vida intensa, con hermosos momentos de amor, de amistad, cariño....
    Y, como en la vida misma, ciertas dosis de dolor, de abandono.
    Me conmueve esta historia, la historia de Gloria.

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