2 de noviembre de 2013

Fiesta ¿mexicana?

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Don Claudio, me dice Mireya, señora Mireya como suelo llamarla, mis dos hijos se gradúan este jueves, pero la fiesta en el apartamento se hará el sábado. Queremos que venga. Mireya reparte periódicos, cuatro rutas por la noche, acompañada por una de sus niñas. Así, por años.

Tiene nueve. Tres, los mayores, de un primer matrimonio. Ellos se integraron a la sociedad norteamericana con anticipación; su madre nunca lo hizo. Gelasio, el segundo, prepara la barbacoa al estilo negro. Su esposa es una afroamericana de preciosa risa. Por ese lado vienen de invitados un par de muchachas negras, que en apariencia se desayunan con la comida mexicana. Y la cerveza ¿mexicana?, a ver, hay que probarla. Suena como pistoletazo sordo cada lata de Tecate que se abre.

En California, en una historia que en sí es toda una novela, Mireya conoció a Jesús, el Gato. Ojos verdes, brillantes, un rostro que lo haría francés o italiano en otras circunstancias. Buen mozo, dirán, o hermoso como le dice ella, el Gato domina con firmeza. Aquí, ahora y siempre, él sigue siendo el rey.

La barbacoa sale de a ratos, Este es un arte muy negro, ya muy norteamericano -del sur- que requiere de larga preparación y mejor paciencia. Un buen barbecue necesita sus cinco a diez horas de cocimiento. El puerco sale tan suave que se deshace en las manos. Como la carne deshilachada en Chihuahua, pero más sabrosa.

Mireya es de allí, chihuahuense o chihuahueña, pronunciado con “sh”, Shihuahua la bella. Pero es tanta su vida por estos lados que el recuerdo de las calles polvosas del norte, los pinares de la sierra, rostros que pasaron y murieron, algunos que se quedaron, está muy lejos. Su pretérito cercano es Califas, California, donde nacieron sus vástagos, donde conoció los maullidos amorosos de un gato de ojos malévolos.

En un tire y afloje, de esos que abundan en las relaciones sentimentales, Mireya se vino a Denver. Por meses, Jesús vagó en odiseas sexuales. En Califas las mujeres son calientes, chingonas a más no dar. Sin embargo, carta iba y carta venía, entre promesas de cambio y de regreso. El Gato disfrutaba el jolgorio, pero también sintió la falta de una mano permanente que le acariciara el hirsuto lomo de macho. Agarró un tren, a escondidas, porque si con algo no se debe jugar es con el prestigio ganado en el frente. Desaparecer era opción poética, lo llorarían sus viejas creyendo que lo mataron los chotas. Y no, la realidad es que con calzadas verdes botas de avestruz, el rebelde partió a buscar a su familia, a la mujer que lo despertaba con tamales de puerco, algunos con anís, otros con jalapeño. No significa que limó las garras. A veces un gato necesita un refugio consabido para continuar la brega. Pero, como lo indiqué, tiene que ser parte de otra, extendida, historia.

Humea la barbacoa. En una fuente de plastoformo con tres divisiones, Mireya sirve la humeante carnita. Con frijoles puercos, que no sé ni cómo se hacen y prefiero no preguntar, pero que saben tan ricos -entre sorbos de Tecate y chile rojo- como un suicidio. Un tercer compartimiento lo ocupa una ensalada fresca de fideos, salchicha trozada de hot dog, y arvejas, zanahorias, cebolla picada, cilantro, no perejil.

Jesús fabricó seis crías con Mireya, entre varones y hembritas. Pero cuenta con ramificaciones de su hombría en rincones de Ensenada y L.A. Y numerosos vástagos en la Sinaloa natal. Hay que hacerle la lucha, Claudio, me comenta hablando de sus muchachos, “cabrones”, en Culiacán. Tengo dos -entrechocamos las Tecates en salud- que están metidos en la neta, a pesar de que les digo que se vengan, que la pelona no se anda con vueltas. Pero, incluso con el historial horrendo que de esa guerra se escucha en EUA: decapitamientos, tortura, mutilación, los infames pozoleros, no oculta su satisfacción al contar que por las noches “sus” soldados patrullan las calles con cuernos de chivo y granadas en bandolera. Existe una tradición de muerte. Y otra de pobreza, que es la que arroja a estos jóvenes a vender lo único que les queda para sobrevivir: su capacidad de matar.

Me dan ganas de ir. Me gustaría salir en la oscuridad. Sé que vería cosas para nunca olvidar, pero quisiera conversar con gente que vive en el límite entre la luz y lo sombrío. Mi peluquera también es de Sinaloa y narra que las reuniones familiares son cálidas, la comida abundante y buena. Que los gringos exageran, que sí, claro, de cuando en cuando muertitos hay, pero no tantos, o no más de los que hubo. Tremenda lógica.

La reunión no podía ser más ecléctica. Estoy yo, boliviano, el único del más allá. El resto son amigos o parientes, comadres que abundan, de Guerrero y Michoacán. Los jóvenes de aquí mismo, norteamericanos sin estatus. Otra es su movida. Hablan más inglés que español, o esa jerga magnífica que nace de la conjunción de ambas lenguas, sumada a la precariedad de los salarios, al espíritu de ghetto, a la necesidad de defenderse, que el otro no te entienda porque así mantienes la ventaja.

Se me acerca un carnal grandote, con bermudas que dejan ver canillas peludas en cada una de las cuales se ha tatuado, de arriba abajo, “pride”, “orgullo”: de estar entre “bros”, entre hermanos, cuidándose -cuidándonos- las espaldas. Lo raro es que bro puede ser cualquiera, hasta un blanco pobre que se anime a incursionar en la nueva América. En el antebrazo izquierdo, en tinta azul, un mapa con un nombre atravesado: Califas.

Suenan sintetizador, acordeón, trompetas. Tiempo sonidero, la cumbia que México ha dado al mundo. Chojchera, dirían en mi país. Plebeya pero hermosa, bailable. Afirman que la inventaron los djs del DF. Pero yo la sé de acá cerca, de Monterrey, Nuevo León, región donde atruena la guerra del narco con saña. Jesús saca a cada una de sus hijas a la cumbia. Sus botas color crema son de las puntudas, mas no extravagantes. Da unos pases abrazando a su elegante mujer. Luego invita a bailar a sus hijos hombres, los agarra por la cintura. Es un buen día hoy.



25/06/12
Publicado en Revista EXTRA (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 08/07/2012
Foto: El Santo Malverde

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