1 de noviembre de 2013

Madame M.

Aeropuerto Internacional de Viru-Viru,
(Santa Cruz de la Sierra)
PABLO CINGOLANI -.

Madame M'boka, Madame M., es una mujer imponente y de edad indescifrable. Dicen los que saben que fue amiga de Lumumba, el jefe marxista leninista que quiso socializar medio continente negro, y amante de Bokassa (Kapuściński dixit), el chiflado que se coronó a sí mismo como emperador de Centro África. Dicen los que saben que ella es la dueña de una fortuna cuantiosa —y cuanto más copiosa, se sabe o se especula: más turbia— y la propietaria del restaurante más chic y estrafalario al sur del río Níger.

Madame M'boka, Madame M., es un mito y una leyenda. Dicen los que saben que fue amiga de Arafat y de Gadafi, que Gorbachov y Raisa le obsequiaron un colmillo de mamut que colgó en un baño junto a un cuadro de Klee, que el papa Juan Pablo II la convenció para que deje a un lado su animismo y se convierta al catolicismo, que Mick Jagger se emborrachó en el bar de su local y una noche de camaleones que saltaban por las mesas, se puso a cantar Light my fire a grito pelado con unos mochileros suecos que andaban por ahí.

También se rumorean historias extravagantes como que Rihanna, beoda, hizo pis en un acuario de pirañas que Madame M. tiene en el centro de una sala al lado de su colección de baobabs bonsái y unos cactus alucinógenos que importó de Arizona o que Obama le escribió un e-mail agradeciéndole las gentilezas que tuvo para con Michelle cuando estuvo de visita en Ghana y que en gratitud le envió una caja sellada de habanos cubanos o, en fin, que Lula la obsequiaba con orquídeas del Ceará y Brad Pitt la iba a visitar a cada tanto y se quedaba leyéndole poemas de Rimbaud hasta la madrugada.

Tal vez todos sean cuentos, pero son buenos cuentos más cuando la ves a esta mujer enorme y de edad infinita luciendo una sonrisa espléndida de dientes cuidados y de alabastro y un collar de esmeraldas y en el centro, un rubí genuino, generoso y tan grande como una bola de ping-pong (que me dejó tocar. Creo en el poder de las piedras).

Madame M'boka estuvo de paso en el aeropuerto internacional de Viru-Viru, en Santa Cruz de la Sierra (no averigüé ni de dónde venía ni hacia donde iba, ¿acaso importa?) y, gracias a labios amigos que siempre aparecen en el lugar indicado y en el momento indicado, pude abordarla para sostener un diálogo sin brújulas y sin burbujas, por momentos delirante, y que aquí memoro en su parte sustancial:

—¿Y qué fue lo que le molestó de Graham Greene?

—El muy perro y el muy borracho, me dijo que me vaya de África… ¡es más me imploró para que lo hiciera!

—¿Y usted que le contestó?

—Andate vos— su gesto de disgusto fue evidente—es más, si fuera por mí, le aclaré, ¡te podés ir de África y te podés ir también a la mierda!—su carcajada tuvo tanta fuerza que varios pasajeros se dieron la vuelta para contemplarla mientras ella cascabeleaba sus gemas. Pero luego volvió en sí, y con sus ojos de color violeta incrustados en los míos, arrojó esta sentencia:

—Dicen que soy exótica pero yo soy africana, bien africana… ¿entendés, no?—Y sí, yo entendía, pero quería confirmar un dato que me había soplado un amigo clarinetista de la Orquesta Sinfónica de Leeds, así que le pregunté:

—¿Y es cierto, Madame M'boka, que Julian Barnes estuvo en su restaurante?

—Mirá, todo el mundo que aparece por el centro de África, cae o resbala por mi local. No te lo digo por jactarme pero tiene el bar mejor surtido entre la línea del Ecuador y el desierto del Sahara y cuando yo te sirvo un whisky, te sirvo whisky, no ese pis de dromedario que embotellan en el Chad o esos asquerosos brebajes de hierbas que preparan en el Senegal y que los babosos venden como licores típicos,licores originarios de África —subrayó estas últimas palabras. Luego, tomó aire y prosiguió ametrallándome:

—Como ese polaco demente que publicó que yo era la amante oficial de Jean-Bédel [NdelR: se refiere a Bokassa], ¿de dónde carajos habrá sacado eso?

—¿Habla de Kapuściński?— Efectivamente, décadas atrás, uno de los periodistas más celebres del mundo había publicado una crónica sobre el emperador centroafricano en un periódico de Boston que luego fue material de descarte cuando apareció Ébano, su libro más famoso. Pero Madame M'boka, Madame M., no se olvidaba.

—Sí, sí, el mismo: ese polaco desagradecido al que le di de comer tres días y tres noches y que entre la lluvia y los tiros, no sabía cómo llegar a Brazzaville…

—¿Y?

—Y que yo le puse a uno de mis muchachos cameruneses, de esos que llegan a cualquier parte con los ojos vendados y con un brazo atado, para que lo guíe a través de la selva… aparte, y entre nosotros, decir que Jean-Bédel fue mi amante, ¡qué despropósito! Mi amante fue Jacqueline Bisset, con la que fuimos a escalar el Kilimanjaro a ver si encontrábamos los huesos del leopardo de Hemingway… mi amante fue Donna Summer con quien nos bañábamos desnudas en las nacientes del Nilo, ¿a ver si yo voy a tener un amorío con ese caníbal desquiciado? ¿A quién se le ocurre?—y siguió con el mismo énfasis un par de minutos despotricando contra Kapuściński y narrándome sus aventuras con sus ex amantes, todas mujeres. A mí me seguía intrigando la geografía literaria, así que para reencauzar la charla, corté por lo sano y le dije:

—Madame M'boka, mi estimada Madame M'boka, me imagino que es así pero le insisto, ¿Julian Barnes se arrimó a su boliche?

—Sí, comió mabaka y sushi del Ubangui y se empujó dos botellas de Old Parr, una conmigo y con hielo y la otra, pura y con una angoleña millonaria que fue la que terminó pagando la cuenta…

—¿Qué es mabaka?— Carezco de cualquier noción seria sobre la comida de África.

—Mabaka es un plato que cocinaba mi abuela cuando nos comían los piojos. Barnes se deleitaba con él y me decía que era delicioso “ese extraño sabor del lenguado”, fueron sus propias palabras, y que le hacía acordar a uno que había comido en Crimea. Yo lo miré extrañada y le afirmé: no es lenguado. Y él, convencido: es lenguado. Y yo, al borde de un ataque de epilepsia: no es lenguado. Y él, volcánico: ¡es lenguado, que es lenguado! Y yo, agarrándome el vientre de tanto agitarme: ¿sabés qué Julian? Mabaka se prepara con raya, esto es raya —y hacia que señalaba el plato con un mano y con la otra se agarraba la panza— son unas apestosas rayas que los chicos pescan en un arroyo de acá cerca, las pinchan con un palo afilado y luego con un cuchillo le cortan el aguijón y me las traen hasta acá, a diferencia de mi abuela que tenía que ir ella a traerlas, y yo las desmenuzo, las espolvoreo con harina de sésamo, les pongo harta pimienta roja, las frío y ¡eso es mabaka! ¡No es lenguado! Barnes pidió disculpas y luego salió rápido para el baño…— Madame M'boka estalló de nuevo.

Seguí preguntando por la dieta del británico: el sushi elaborado con peces capturados en el río Ubangui, a cuyas orillas se encuentra Bangui, la capital de la República Centroafricana —una herencia del colonialismo francés en el corazón continental— y sede de operaciones de Madame M., es una de las especialidades culinarias más celebradas del restaurante de marras. Otra son los caracoles del bosque de Muko (sic), cocinados en salsa de hibiscos, índigo y naranjas. El otro detalle que me ofreció mi contertulia fue que éste último era el plato favorito de la sobrina del presidente de la China. Madame M'boka, Madame M., no quiso decirme el nombre de la millonaria de Angola, sólo me dijo que mercaba con diamantes y drogas, dos rubros de negocios donde ella jamás osaría introducirse. Prefiero lo seguro y que no me vengan a limpiar ni los de la CIA ni los comandos israelíes, me confesó en un susurro.

—¿Sabés una cosa?— me miró a los ojos con fijeza felina— Antes África era más bonita… Un viento de saudade refrescó el aeropuerto. No quise sumergirme en ese lado tan emotivo como peligroso: África me duele a mí también. Insistí con Barnes:

—¿Y qué hablaron con Julian mientras se empinaban el ámbar?— me costó hacerle entender esa alusión metafórica al escocés.

—Me tomó de la mano y me confesó que la inspiraba y que escribiría un cuento donde uno de los personajes sería una ballena gigante y negra, dueña y monarca de las aguas del Ubangui y a la cual los nativos adoraban y rendían culto, hasta que llegaba un hombre blanco y todo se iba al carajo…

—Un remake de Moby Dick en clave africana…

—No sé, andá a saber… con lo ebrio que estaba podía volver a escribir la biblia al revés—y otra vez la carcajada sacudió Viru-Viru. De pronto, tuve un rapto de sinceridad y le aseguré que me gustaría ir a conocer Bangui, y volver a conversar con ella en sus dominios.

—Y si querés venir, vení, pero mirá que allá la cosa está espesa, hay baterías antiaéreas y nidos de ametralladoras por todos lados, ya casi no se puede caminar por la calle porque te tropezás a cada rato. El otro día, de un morterazo, me bajaron un cuadro de Picasso que tenía en un cuartito de póker y a balazos ya me agujerearon un Kandinsky, un Ugalde y un Botero, y no te podés imaginar lo que quería a esa gorda! Así que vení, cuando quieras, pero vení armado porque ¡Bangui es un quilombo!—y hasta ahora, no puedo olvidar esa risa con la que Madame M'boka, Madame M., se despidió de Bolivia y de mí.

1 comentario:

  1. El texto magnífico, el escenario me trae malos recuerdos...

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