23 de noviembre de 2013

Números tenebrosos

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Leyendo Candelaria (Planeta, 2000) de Germán Castro Caycedo, interesante novela colombiana acerca del narco, encuentro una sección en la que habla de los beneficios del tráfico de cocaína, a dónde va el dinero, quién se queda con la gran tajada y más.

De cada cien dólares, dice uno de los personajes, seis -o tal vez solo cuatro- permanecen en Sudamérica; el resto es para los Estados Unidos. Hablamos del auge de la droga colombiana hace unas décadas, pero la situación no ha cambiado mucho. Castro Caycedo, escritor de larga tradición periodística, detalla los montos del narcotráfico que ayudan a mantenerse a la economía norteamericana. Aporta un número de empleos que directa o indirectamente se ligan al asunto, doce millones y medio según él. Para ello recurre a Milton Friedman, quien dijo que por cada millón de dólares que ingresa a la economía del norte, se generan cincuenta empleos. Entonces hace la macabra pregunta de si a alguien le interesa en serio acabar con el negocio. Lo otro es simple matemática, que no importa cuán precisa sea; desenmascara a esta actividad como la mayor multinacional, el capitalismo en su forma más salvaje. La retórica, en el sur, de la “revolución” a través del envenenamiento del imperio, acelerar su decadencia, etc. son pamplinas.

Bolivia vive hoy un auge de la droga similar al de la dictadura de García Meza, pero multiplicado por cien, y democratizado, en mal sentido, porque a la vez que beneficia con migajas a sectores más amplios está destruyendo un país. Los tontos útiles, que de tontos no tienen nada, los de la permisividad estatal, llenan sus arcas como no lo ha hecho nadie en casi doscientos años de existencia de la república. Esos cuatro o seis dólares que el escritor colombiano anota, que pueden ser más o menos en la actual coyuntura local, bastan para la opulencia de unos cuantos, la supervivencia de otros, y los lujos insulsos de los que siendo peones piensan que son condes. Quien paga el pato es la gente que trabaja, sean obreros o doctores, porque la desfachatez del embrollo pone en evidencia su desubicación en medio de la rapiña.

La supuesta inamovilidad, casi invencibilidad, del narco está más o menos segura en los países ricos por tales razones. En los productores depende de variados factores, siempre supeditados al amo que demanda. Ningún puesto, ni el más prominente, goza de vida eterna. Mientras sirvan, los mantienen; se deshacen de ellos cuando se vuelven molestos.

Jamás el concepto de “patria” ha sido tan vilipendiado aquí. Y jamás se han puesto sobre el estrado actores tan perversos y nefastos. El discurso ni siquiera esconde la realidad, insulta. Parecieran dos, muy simples, los planes de los “salvadores”: la siempre opción de eternizarse en el poder, difícil y rarísima en un país de las características nuestras, y otro, la ya consabida fuga hacia un exilio de riqueza. Los susodichos no sueñan con la revolución, saben que no hay tal pero la pregonan como el camino de su redención económica. Que detrás dejen ruinas, una región que no podrá levantarse, no interesa. Los señores son capitalistas de cuño antiguo: ganancia a cualquier precio.

Mientras tanto azuzan el circo: que castramiento y cortes de extremidades como castigo a criminales, al mejor estilo saudita o iraní, que avasallamiento de propiedades a quienes no estén presentes en sus comunidades para el censo, trágicas estupideces que mantienen al populacho activo con la ilusión de tener el destino en sus manos. Que aprovechen, que linchen a los más que puedan, que juren y rejuren que el pueblo en armas es el pueblo linchador, y que vivir por un lado de las limosnas del gobierno y por otro de los restos del narcotráfico significa el paraíso donde no hay que esforzarse ya. Que lo hagan porque se va a acabar, y rápido. Como en el tango: veinte años no es nada, y aquí no pasaron ni diez.

Quien somete a su pueblo al servilismo hacia entes de lucro extranjero, sean naciones, bancos o cárteles comete delito de traición. Porque a pesar de estar un poco mejor pagado en un narcoestado, corre el casi seguro riesgo de convertirse, de pronto, de empleado en esclavo. Callejón sin salida para unos, con monedas para chicha y serpentina; millones para los otros.


18/11/12
Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 20/11/2012

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