4 de diciembre de 2013

Arrugas en el alma

ENCARNA MORÍN -.

El espejo de lupa del cuarto de baño agrandaba todos sus defectos, para terminar estrellándole en la cara el paso del tiempo, sin que casi se percatara de ello. Tampoco había tomado plena conciencia de que lo que comenzó siendo una ligera caída de pelo, se había convertido en dos soberbias entradas.

Le dolía un poco la cabeza, ya no aguantaba como antes las trasnochadas. Los tiempos en que salía de casa pasada la medianoche, para terminar de madrugada con plena lucidez, formaban parte de un pasado ya lejano.

Aquellas correrías nocturnas de los fines de semana quedaban cada vez más atrás. También los amores fugaces de si te he visto no me acuerdo. Ellas buscaban palabras bonitas adornadas con abrazos, él quería el placer momentáneo de derribar la torre más erguida para comprobar que era deseado y, de alguna manera, sumar un trofeo a su lista. Conquistarlas era fácil por entonces. Terminaba corriendo tras las piernas de cualquier veinteañera que fuera simpática y pareciera deseosa de sexo. Todo lo demás era rutina.

Con los años cambió su centro de interés. Comenzó a preferirlas sabias y maduras, como la fruta dulce. Con ellas no había grandes sorpresas. No se empeñaban en tener un hijo suyo o en indagar demasiado en su intimidad. Las cincuentonas eras compresivas. Y si alguna se ponía un poco pesada, simplemente le decía que tenía a los chicos ese fin de semana y no estaba para juergas.

El caso es que cuando él mismo llegó a cincuentón seguía mirando de reojo a todas aquellas jovencitas, casi colegialas que se contoneaban ante su mirada en la discoteca. Por la segunda o la tercera copa, ya comenzaba a sentir algo de somnolencia. Ahí paraba, porque la resaca mañanera amenazaba con ser implacable. Y además se le vendría encima en una cama fría y solitaria. Despegar la cabeza de la cama era una ardua tarea. Lo hacía colocando su mano bajo la almohada y elevándose con ella, para luego ir abriendo los ojos poco a poco hasta lograr arribar a la ducha.

Hacía apenas un par de meses que había conocido a Claudia. Era joven, bella e inteligente. Y por ahí la abordó: comenzó hablando de literatura para comprobar sorprendido que se habían emocionado leyendo los mismos libros. Ella no sólo había leído todo lo que él conocía, sino que además tenía criterio opinión acerca de los autores y sus obras. Por primera vez, se encontraba más pendiente de las palabras de una hermosa mujer que de su escote. Toda ella era una inmensa mirada de ojos tiernos.

Y Claudia parecía disfrutar también de su compañía. No terminó aquello en un encuentro fugaz. Esta vez quiso saber más y tomó la iniciativa de llamarla al día siguiente para volver a quedar con ella. Sus citas se fueron sucediendo y de forma explícita pasó a ser su acompañante habitual. 

-“Nadie te ha dado nada si nadie te ha dado el corazón, porque solo el corazón se da por nada” respondió ella evocando a Antonio Porchia cuando él confesó que la amaba. Realmente su corazón siempre había permanecido a buen recaudo, pero en ese momento estaba dispuesto a quitar los cerrojos de seguridad y correr el riesgo que hiciera falta. Enamorarse pasó a ser un extraño sentimiento que deseaba eternizar.

Cuando peor lo pasaba era cada vez que salían juntos a una fiesta y ella se perdía entre la multitud hablando con sus amigos y amigas, todos simpáticos, todos pendientes de ella, todos rabiosamente llenos de juventud.

En esos momentos se colocaba en la retaguardia y se limitaba a observar sus movimientos. Ella reía y él no le quitaba el ojo de encima. No porque no fuera cariñosa con él, que lo era y mucho, tampoco porque le hubiera dado señales de infidelidad, ni siquiera porque coqueteara con los chicos. El problema era él y su miedo. Tener un Porsche último modelo y aparcarlo en la calle era un riesgo. Cualquiera podría hacerle un aruñón. Algo similar sentía que pasaba con Claudita.

Ya no podía mirar para las otras, ni jóvenes ni las de su quinta. No le importaban el resto de las mujeres. Solo Claudia y su alegría que le recordaban a cada instante su juventud perdida. Tampoco podía disfrutar de su copa con calma, toda la atención se le iba en mirarla sin que se le notara. Vigilarla en la distancia y fingir que todo iba bien cada vez que ella, desde lejos, le lanzaba un besito por el aire. 

Y el caso era que rompiendo todos los tópicos, ella no estaba con él por ningún interés aparente. Era independiente y se ganaba bien la vida, era simpática y tenía un amplio círculo de amigos. Claudia le quería, pero él no se lo terminaba de creer.

Presentarla a sus amigos era un poco complicado. Ellos siempre hacían burla a sus espaldas, quizá por una lealtad mal entendida, o quizá por envidia. Ellas murmuraban que si era rubia oxigenada o que sus labios eran de pura silicona. A nadie le resultaba indiferente que formaran tan atípica pareja. Incluso en el restaurante, el amable camarero en un lapsus imperdonable le dijo en una ocasión que “su padre” se encontraba esperándola en la barra.

Claudia era una belleza desafiante, porque tenía la clara certeza de que pisaba firme. Conocía cada milímetro de su piel joven y tersa, pero no quería pensar en la idea de que algún día seguiría su camino. Él, que siempre se esforzaba en dejarles claro a todas que el amor es efímero, que hay que disfrutarlo mientras dure y despedirlo con buen sabor de boca cuando llegue la rutina, o incluso adelantarse a su llegada. Ahora eludía hablar del futuro. En apenas diez años, seguiría siendo hermosa e interesante y él estaría mucho más derrumbado. Sus corbatas ya le harían nudos corredizos y sus chaquetas de marcas no esconderían de ninguna manera su fláccida desnudez.

Una de esas mañanas de mirarse al espejo llamó a Eva, su ex mujer y la madre de sus hijos. Quiso contarle lo de su desconcierto, pero no atinaba con las palabras. Eva siempre fue su confidente, después de que se le fuera el resentimiento de todas las supuestas traiciones que vivió a su lado. Aunque él jamás sintió que la engañaba, lo hizo de alguna manera. Todas las veces en que inventó coartadas para salir de cenas o vacaciones con sus conquistas efímeras o sus amantes temporales, Eva aguantó estoicamente fingiendo que no pasaba nada. Cuando los chicos crecieron se cansó de fingir y le indicó el camino hacia la puerta, tan firme y contundente, que él ya no contó más milongas y terminó por admitir lo evidente. El problema era el mismo de todas las esposas, que no saben que para algunos maridos, sexo y amor vienen a ser dos cosas bien diferentes.

Pasada la ira, Eva debió pensar que mejor sola que mal acompañada y pudo ser su amiga incondicional. Claro que él evitaba hablarle de algunos temas escabrosos. Incluso a veces le pedía que le acompañara a aburridas cenas de empresa en las que necesitaba dar una imagen intachable. 

-Eva… me siento viejo, me pesan los años. He pensado en hacer ese viaje a la India que dejé pendiente una y otra vez. 

-¿Y crees que alejándote de lo que te preocupa vas a conseguir hacer que el problema desaparezca? Te lo vas a llevar de viaje contigo. Mejor lo resuelves y luego decides. 

Su ex esposa le conocía mejor que nadie, como si ella misma le hubiera parido. No necesitaba darle demasiadas explicaciones. Se había convertido en su consejera porque de alguna manera sabía que su lugar no lo iba a ocupar nunca ninguna otra mujer. Era la única madre de sus hijos. Y de sus hijos él estaba tan orgulloso…

-¿Pero Carlitos, y qué pasó con tu novia joven? ¿Es que ya no estás para esos trotes?

- No es so Eva… aún no he llegado a ese punto y espero no llegar jamás. Es que tengo tanto temor a perderla, que no puedo vivir con ella y tampoco sin ella. 

-¿Y qué te impide disfrutar de tu presente? Siempre fuiste un tipo decidido, confiado en ti mismo y desbordabas seguridad. Si creo que hasta estás en tu mejor momento. Como el buen vino, has mejorado con los años.

-No me salgas tú también con lo del vino, de sobra sabes que eso es solo un absurdo consuelo. El vino con los años también se avinagra. He vivido mi tiempo. Y el calendario implacable, no miente. Miro a mis hijos y a mis nietos y caigo en la cuenta de que mis genes perviven a través de ellos. Una parte de mí sigue por este mundo, mientras otra va cerrando su ciclo. Tengo cosas por hacer… por eso es que he pensado de pronto en ese viaje a la India que no realicé en su momento. ¿Recuerdas que íbamos a ir antes de que nacieran los niños?

-Íbamos a hacer tantas cosas que jamás hicimos… ¿Y qué esperas encontrarte en la India?

‑Espero encontrarme a mí mismo, aunque parezca un tópico. No puedo vivir con este desasosiego. Cuando conocí a Claudia, casi fue un reto el que ella se fijara en mi y aceptara ser mi pareja. Pero a medida que tomo plena conciencia de ello, me siento jugando una partida en desventaja. La llamo con cualquier excusa, le vigilo las salidas, me pongo celoso de sus compañeros de trabajo y de todo el que tenga palabras amables hacia ella. Se ha terminado convirtiendo en una obsesión.

-Te comprendo… hubo un tiempo en el que yo también me obsesioné contigo. Carlitos, por eso de que las segundas partes nunca fueron buenas, yo ni siquiera lo volví a intentar, pero eres un tipo interesante y estás de buen ver, si tanto te aterra la soledad o el perder a tu chica, apunta a una mujer de tu tiempo con la que puedas ver las mañanas y compartir los recuerdos. Por si te sirve de consuelo… yo también tuve una pequeña historia virtual con un joven que me saludaba a toda hora para decirme palabras bonitas. Incluso insistía en que el amor no tiene edad. Le seguí el juego por un tiempo porque de alguna manera todos necesitamos ilusionarnos con algo, y tú ya habías desaparecido de mi vida. Pero el día en que insistió en que concretáramos una cita, le di largas. No quise verle, no le veré jamás porque creo que desaparecerá la fantasía si se produce ese encuentro. En el argot popular yo habría sido en ese caso una “cougar”, mientras que tu novia sería una “Lolita”. Es curioso, a los hombres no les han puesto motes, lo más que se ha oído alguna vez es “viejo verde” en tono despectivo.

-Mira Eva, creo que no me va a hacer falta ir tan lejos para encontrar respuestas. Finalmente va a ser algo tan simple como no aferrarme a Claudia como si fuera mi último puerto. Si uno de esos moscones se la lleva, yo podré quedarme con su elixir de la juventud y guardar sus olores en la memoria. No esperaré su partida como un condenado a muerte. Si el amor no tiene edad, ni horario, ni fecha en el calendario, vamos a partir de que nada es eterno…

- Ya yo dijo Montaigne: “las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara”.

- Pero las de la cara también cuentan…y si tienes dudas pregúntale a mi espejo.


Fotografía: Kristhóval Tacoronte

4 comentarios:

  1. Extrañaba tus relatos .Siempre con asuntos interesantes y vigentes.Lo compartiré en Vorax Lectora en facebook https://www.facebook.com/voraxlectora
    Cariño grande .Pat.-

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    1. Gracias por tus palabras y por tu apoyo Pat...sigo tu blog, "voraxmente". Un abrazo.

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  3. Cuánto me gusta esta Encarna!!

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