20 de enero de 2014

Esperando a Clemenza

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

-El secreto de un buen negocio, más que vender, es crear lazos de dependencia -comentó Frankie Pentángeli pegando un salto desde el sillón que hasta ese momento servía de cobijo a su rechoncha figura-. Ustedes nunca fueron dueños de ningún molino en Sicilia y, sin embargo, los administraban a su antojo… Ah, esos sí que eran buenos tiempos, ¿eh, Paolo?

Willi Cici y Paolo Bocchicchio los dos hombres que jugaban a las cartas en una mesa, coincidieron en una pausa para contemplar con indulgencia a Frankie. Willi quiso sonreír, pero el cigarro de su boca le regresó los músculos a su posición original. Sus rasgos finos, delineados y con un bigote de galán de cine se diferenciaban del rostro cuadrado y picado de viruela de su contrincante de partida.

-Él era un niño como para acordarse de eso que hablas, Frankie -comentó Willi entre el juego y Frankie-. El muchacho ya es todo un ítalo americano, le gustan las patatas fritas con ketchup y las zorritas neoyorquinas.

-Ni siquiera mi hermano pudo lograr tan perfecto equilibrio en sus negocios. Pero ustedes siempre compartieron con él la misión de proteger a los otros molineros –continuó Frankie sin prestarle atención a Willi. Separó las manos con parsimonia, de manera horizontal, hasta transformarlas en dos alas que parecían a punto de lanzarlo por los aires de la habitación y hacerlo chocar como un abejorro en el tragaluz-. Nunca hagas caso a aquellos que los menosprecien, Paolo. Todos mis respetos a la familia Bocchicchio.

Frankie se movía de un extremo a otro de la habitación apenas alumbrada, dándole un pequeño puntapié a las paredes antes de iniciar el mismo recorrido en sentido inverso, arrastrando con ello el polvo del piso. El juego de los hombres continuó acompañado de su eterno monólogo sobre un supuesto pasado esplendoroso, lejano de los duros tiempos padecidos en Little Italy.

-Y ahora, que las cosas se ponen difíciles y reina la desconfianza, ahí tenemos a la familia Bocchicchio para garantizarnos la paz. Mi aprecio por ustedes es total y sincero -dijo Frankie haciendo una reverencia ante los jugadores.

-Lo sabemos, Frankie, lo sabemos -se limitó a contestarle Paolo estirando su brazo hasta tocarle la cabeza.

A diferencia de Willi, saltón ante cualquier estímulo, Paolo recuperó su quietud de granito interrumpida sólo por las exigencias del juego, la sed y el hambre. Con la vista fija en sus cartas, de vez en cuando bebía de su vaso de whisky o mordisqueaba un sándwich de atún para continuar luego concentrado en su suerte.

-¡Sinceramente, no les creo, no les creo! -Frankie estalló en medio de su monocorde recorrido por la habitación-. No debimos confiar en los Rosatto, nunca debimos ni menos en ese judío desgraciado…

-Frankie, cálmate un poco, sírvete una copa y siéntate –propuso Willi sin dejar de mirar a Paolo-. Juega con nosotros si gustas, pero no pongas nervioso a Paolo, ¿quieres?

Paolo hizo un gesto a Willi para restarte importancia al espectáculo que Frankie montaba frente a ellos.

-¿Nervioso?, ¿quién está nervioso? -dijo Frankie moviendo las manos en todas las direcciones-. ¿Paolo está nervioso?, ¿tú estás nervioso, Willi? Yo no estoy nervioso. Estoy molesto, muy molesto con esos mal nacidos que quieren quitarnos todo lo que nos ha costado tanto conseguir. ¡Qué se han imaginado! ¡Tres territorios en el Bronx! ¡Nada menos que tres territorios en el Bronx! Y como si fuera poco, nos quieran imponer sus reglas y ensuciarnos con su porquería de droga.

-Acaso no tienes fe en Clemenza -preguntó Willi.

-Por supuesto que confío en Clemenza, en el bueno y fiel Clemenza, pero también quiero mucho a Clemenza -respondió Frankie como si estuviese impartiendo una lección-. Pero Clemenza no es ningún Don, no es un diplomático, métetelo bien en la cabeza -Frankie golpeó con su dedo la frente de Willi. Este se ladeó para esquivarlo, pero no lo consiguió-. Sólo un Don sabe negociar con la palabra. Pero Clemenza, yo y todos en la familia sabemos responder a la agresión con esto –puso los dedos como un revólver y simuló un disparo al corazón de Willi-. Los tiempos de las conversaciones ya pasaron, es hora de la acción. Esto es callejero. Entiéndelo bien, ¡ca – lle – je – ro!

-Clemenza se ofendería contigo si supiera que no confías en él -replicó Willi-. Él sabrá poner a Roth y a los Rosatto en su lugar, de eso estoy seguro. Los dejará de rodillas, a ellos y al judío, y nosotros podremos continuar con nuestros negocios en paz, sin latinos ni negros mugrosos ensuciándolo todo, sino únicamente entre paisanos ¿No es cierto, Paolo?

-Cierto, Willi, cierto –contestó el muchacho. Ahora dirigiéndose a Frankie-: Haz caso a Willi, siéntate y bebe algo con nosotros. ¿Por qué no te sumas a esta partida?

-¿Jugar? ¿Ponerme a jugar ahora? No podría –contestó Frankie.

Abatido por la pesadumbre, Frankie se derrumbó en el sillón que lo cobijara antes del ataque de verborrea. El sonido del cuero semejó la explosión de un neumático que luego fue acompañada de una regular pérdida de aire. Frankie cubrió el rostro con sus manos.

-¿Andas con uno de tus libros, eh, Frankie? ¿Andas con uno de tus libros? -preguntó Paolo.

El rostro de piedra de Paolo pareció relajarse mientras le dirigía esas palabras a Frankie. Willi puso sus típicos ojos saltones.
    
-Mah, ¿porqué me preguntas eso, muchacho? ¿Qué tienen que ver los libros en esto?

-Tú siempre dices que las grandes respuestas hay que buscarlas en la historia, ¿no, Frankie? Siempre dices eso -contestó Paolo con el dedo apuntando a su sien.

Frankie sonrió, se lanzó hacia Paolo, agarró su rostro y lo besó en las mejillas. Willi también sonrió, sin soltar sus cartas. Tampoco lo hizo con el cigarro.    

-Paolo, mi querido, Paolo -dijo Frankie-. Ustedes deberían estar con nosotros en esto y no los malditos Rosatto.

-Nosotros ya estamos en esto, Frankie, por si no te has dado cuenta.

2.

Un teléfono sonó en la habitación. Frankie y Willi se sobresaltaron. Paolo se mantuvo inmutable. Willi tomó el auricular y contestó. Frankie se le quedó observando expectante. Paolo siguió con sus cartas en la mano. Al otro lado se escuchaba una voz que más parecía el zumbido de un mosquito. Willi desencajó el rostro. Los globos de sus ojos parecían a punto de reventar.

-¿Estás seguro de lo que dices? -preguntó Willi.

-¿Qué pasa, eh? -inquirió Frankie preocupado. Al no ver respuesta alguna en su capo, insistió-: ¡Dime qué demonios pasa!

Willi colgó el teléfono y se quedó mirando a los dos sin pestañear. Abrió la boca, pero las palabras no salían de su garganta. Frankie recogió un bate de béisbol del suelo y amenazó con lanzarlo sobre la cabeza de Willi.

-¡Me vas a decir lo que te dijeron por las buenas, descerebrado..! -dijo Frankie manteniendo el bate en el aire.

-Tranquilo, Frankie, deja que Willi nos diga qué pasó -dijo Paolo sin perder la compostura.

-Era Al -contestó Willi intentando protegerse con los brazos de la amenaza de Frankie-. La entrevista entre Clemenza y la familia Rosatto terminó.

-Pero no nos digas eso, Willi -dijo Frankie bajando el bate para recuperar la confianza de Willi-. No nos dejes así, muchacho. ¿Logró Clemenza el bendito acuerdo?

-¿Clemenza…? -dudó Willi.

-¡Sí, Clemenza! -insistió Frankie como si de nuevo fuese a perder la paciencia-. Sí, dije Clemenza, por todos los cielos, Willi. ¿Qué le pasó? ¿Acaso le hicieron algo porque te juro…? -besándose la yema del dedo pulgar.

-Frankie… a Clemenza lo liquidaron. Tiraron su cadáver desde el cuarto piso del edificio acordado para la cita…

-¡Malditos bastardos! -gritó Frankie-. ¡Malditos ellos y toda su estirpe! Los voy a acabar, juro que los voy a acabar -mientras lo decía se besaba una y otra vez el pulgar. Cayó de rodillas en el piso mirando hacia el tragaluz-. Ellos y Roth pagaran con el infierno habernos hecho esto.

Paolo dejó las cartas sobre la mesa y bebió el resto de whisky. Frankie se puso de pie y lo contempló como si fuese un recién nacido. Willi lo imitó. La palidez se apoderó del semblante de ambos.

-¡Dios mío, Paolo! -dijo Frankie-. ¡Dios mío!

-Tenías razón, Frankie -dijo Paolo sin emoción-. No se podía confiar en ellos.

-¡Dios mío! -repitió Frankie y le tomó el rostro a Paolo.  

-Cálmate -le respondió Paolo zafándose de él-. Estas son cosas que pueden pasar. Y hay que estar preparados.

-Uno nunca está preparado para esto -dijo Frankie.

-Habrá que esperar a que todo se solucione antes de que llegue nuevamente la paz -dijo Paolo-. Ahí estaremos nosotros para garantizarla.

-Dios mío, Paolo -insistió Frankie chocando su calvicie con el rostro cuadrado del muchacho-. Si hubiésemos estado en nuestra tierra, esto no habría pasado jamás. ¿Dime si alguna vez mi hermano no cumplió sus compromisos, eh? ¿Alguna vez les falló, eh, Paolo?

-Por lo que sé, Frankie, nunca -les respondió Paolo-. Quédate tranquilo.

-Maldito Duce -dijo Frankie-. Si él no les hubiese declarado la guerra, ustedes no estarían en América dependiendo de la palabra de cobardes traidores. Ahora estarían disfrutando de los negocios junto con don Vincenzo Pentángeli, ¿no es cierto? Maldito Duce. Y yo que creía que era el nuevo emperador y no era más que un campesino fanfarrón e ignorante. Los aliados hicieron bien en liquidarlo.

-Frankie, deja de maldecir a un muerto -le ordenó Paolo. Se puso de pie, le tomó el rostro entre las manos y ahora lo acercó a su frente-. No hagas las cosas más difíciles. Cada uno cumple en esta vida el papel que Dios le ha asignado. Los Rosatto faltaron a su palabra y por ello recibirán su castigo. Y comenzará a ejecutarse desde este momento.

Paolo le entregó a Willi el revólver que portaba debajo de su pantalón. Willi, sorprendido, dudó en recibírselo.

-Tanta es nuestra confianza que ni siquiera me cachearon. Anda, cógela. Directo al corazón, Willi. Sólo así mis hermanos sabrán que todo fue en orden y que la guerra es con los Rosatto, no con ustedes.

Willi se dispuso a revisar el arma, pero Frankie se la arrebató. La acarició entre sus manos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se limpió el rostro con la manga y aprovechó, de paso, de secarse el sudor. Paolo se aflojó aún más el nudo de la corbata que ya traía suelto, apagó la colilla del cigarro sobre la mesa. Retrocedió.

-Tranquilo, Frankie -dijo Paolo-. No eres más que un viejo sentimental. Quiero que sepas que seguí tu consejo y leí los libros que me prestabas. Con dificultad, pero los leía. Me habría gustado ser escritor, pero apenas puedo garabatear mi nombre. No soy más que un bruto siciliano.

-Siempre les dije a tus hermanos que invirtieran en ti, que te enviaran a la universidad, que confiaran en tus capacidades.

-Lo sé, Frankie.

-Que no repitieran el mismo error que con Félix de dejarlo sólo…

-Félix se apartó de la familia por su propia decisión -respondió Paolo.

-Pero el destino lo terminó acercando y vaya qué manera… -reflexionó Frankie y simuló recibir un golpe de corriente-. A él y todos les ofrecí mi ayuda si la necesitaban, pero todos los Bocchicchio son testarudos y orgullosos. Siempre queriendo arreglárselas solos. Es un mal de familia.

Paolo puso su índice en la boca y Frankie se calló. El muchacho retrocedió dos pasos siempre de frente a ellos, sonriendo. Todavía varios metros lo separaban de la muralla. Primero fijó la vista en Willi y después a Frankie. Sólo se quejó cuando los disparos salidos del revólver que sostenía Frankie lo tumbaron en el suelo. Willi desvió la mirada y cerró los ojos. Frankie no paraba de llorar. Esta vez ni siquiera se molestó en secarse las lágrimas.

3 comentarios:

  1. Sin duda, merecía estar allí, detrás del guión original, estimado amigo. Muy bueno.
    Saludos cordiales

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno Claudio. Espero que continúen otros relatos en esta línea.

    saludos.

    ResponderEliminar

*