Sombras de verano

GUILLERMO RUÍZ PLAZA -.

Un veintiséis de junio, después de una serie de días nublados y frescos, llegó la canícula. 

Durante ese período las calles solían vaciarse de gente y se llenaban de papeles periódicos y bolsas de plástico. Desde su balcón, Vicente veía pasar a perros callejeros que, a ras de las paredes, no detenían el paso sino para lamer alguna estela de agua sucia. Atisbaba, lejos en el horizonte, el río Garonne como una oscura cicatriz bajo el hiriente resplandor solar. El aire pesaba como antes de una tormenta que nunca llegaba. Y el ladrillo rosa de Toulouse adquiría un tono apagado y polvoriento que parecía irremediable, eterno.

Sus colegas se pensaban que por ser sudamericano Vicente provenía necesariamente del sol y el trópico. Él se limitaba a sonreír, cansado de los prejuicios, cuando alguno de ellos manifestaba asombro frente a su poca resistencia a las altas temperaturas. La verdad, nunca en su vida había sentido tanto calor como en Europa. Extrañaba hasta los días lluviosos y los soleados días invernales de La Paz, tan apacibles como temperados. Aquí, en cambio, el humor tiránico del tiempo iba siempre de un extremo a otro. Y lo peor era la canícula. Dos, tres días, o, en el peor de los casos, una semana de azote implacable, irracional. 

Día y noche, Vicente acostumbraba bajar casi completamente las persianas plásticas de su pequeño apartamento, de modo que pasara el aire por los resquicios. Como no tenía dinero para un climatizador, había comprado varios ventiladores y los ponía a funcionar al unísono. Para conciliar el sueño, se daba una ducha fría justo antes de acostarse, y llenaba una jarra de agua con hielos, que dejaba sobre el velador. Por fin, forraba su almohada con una toalla pequeña espolvoreada con talco. Porque Vicente transpiraba mucho en verano.

Pero esta canícula era distinta y, como para destacarse, se había adelantado. Nunca en los seis años que llevaba en el viejo continente había ocurrido nada semejante. La primavera acababa de morir y, de entrada, el plato fuerte. Lo supo desde el primer día, cuando salió del supermercado a las nueve y media de la mañana y se sintió aplastado por el aire y cegado por la luz como si fuese mediodía. Pensó que esa sensación se debía al contraste con la climatización del supermercado. Sin embargo, después de dos días de duchas frías, se dio cuenta de que la sensación agobiante no había hecho sino ir en aumento. Ahora los ventiladores braceaban un aire envenenado, cargado de humedad selvática, que no obstante lo quemaba de forma seca y desapacible. Había acabado por apagarlos, para quedarse con el silencio inmenso de los días de canícula.

Vio la primera mosca una madrugada insomne en que, con los ojos ardientes y el cuerpo pegajoso, se levantó por enésima vez a llenar la jarra. Al cerrar el grifo de la cocina, un zumbido tan rabioso como desesperado llegó a sus oídos. Levantó la vista y vio frente a él un puntito negro, moviéndose como si luchase, en una rendija de la persiana. Había tenido malas experiencias con las moscas en verano. El calor las excitaba y parecía multiplicarlas. Además, el patio basural que había cerca de su edificio, perteneciente a un restaurante vietnamita, parecía aumentar considerablemente la densidad de esos insectos en toda la manzana. Miró a la mosca atrapada y, respondiendo a un instinto, levantó el pulgar para aplastarla; ella, como olfateando su fin, se zafó de inmediato y pasó, invisible de tan rápida, a unos centímetros. Lo supo por el zumbido. Eso fue todo. Solo una mosca, una madrugada de verano. La del veintinueve de junio. 

Al día siguiente vio a las otras. Sin duda se habían metido por las malditas rendijas. Cerró las persianas una por una, pero dejó las ventanas abiertas. Después de un par de horas, sintió que se asfixiaba. Se quemó al palpar una de las tablillas plásticas. Necesitaba aire, aunque fuera ese aire avaro que se filtraba por las ranuras. Así que volvió a abrirlas, calibrándolas con esmero: debían dejar pasar el aire y, a la vez, detener molestas intrusiones. 

Pero le resultó muy difícil. Estaba atontado. Sintiendo ya una mejora por el aire nuevo, renunció a lo que hacía y se echó en el sofá a mirar la tele. Imágenes de un plató a orillas de la playa. De cuerpos esculturales jugando al Beach-Volley. De agua resplandeciente hasta perderse de vista. Se preguntó cómo haría la gente que tenía que trabajar en esa época del año, es decir, casi toda. Quizá solo los profesores como él, de vacaciones, pudieran darse el lujo de quedarse en casa en plena canícula. Pensó en Pauline. No la había visto desde el día fatídico. Resultaba lógico, pues solo se topaba con ella en el vestíbulo del edificio. O en el ascensor. O camino a la farmacia. Y, desde el veintiséis de junio, había permanecido encerrado en su casa. Pensó en espiar su llegada para invitarla a cenar, pero una vez más desechó la idea. No era un buen momento. 

Comió solo. Al volver del baño encontró el melón cubierto de moscas. Estaba partido en cuatro pedazos, ahora del todo negros, que no había tenido tiempo de probar. Agarró el plato y tiró su postre a la basura. Notó cómo las moscas, pese al movimiento del plato, permanecieron todo el tiempo sobre el melón, como si se aferrasen a la frescura, aunque ello pudiera costarles la vida. No estaban inmóviles sino activas, con todos los miembros en movimiento. Cerró la bolsa con un nudo y la metió en el cuartito oscuro, contiguo a la cocina, que le servía de trastero. Bajaría a la calle en cuanto pasara la canícula. 

Esa tarde, durante el sopor de la siesta, pudo oír el arrullo continuo en el cuartito oscuro, y se arrepintió vagamente de no haber matado a los insectos antes de tirar el melón a la basura. Pero, la verdad, ¿cómo hubiera podido matar solo a tantas moscas?

En lo peor del calor, a eso de las cinco, llamaron a la puerta. Delante de él estaba la señora que vivía en el 30 B. Era una anciana de baja estatura, maciza, con el pelo negro y escaso sobre el cráneo blanquecino. En ese momento, sin embargo, tenía la cara más pálida de lo habitual y se retorcía las manos nudosas. Lo raro era que no llevaba más que un camisón.

Mi marido ha sufrido un ataque, Monsieur –dijo en un francés gangoso que a Vicente le costó entender. La vieja tenía la boca casi totalmente desdentada: solo dos o tres dientes, entre dorados y renegridos, le poblaban la boca. 

Nada más escuchar esto, sintió que el aire pesado del corredor invadía el relativo frescor de su casa. Se levantaba como un vapor mohoso de la alfombra del pasillo y era casi visible a la luz del foco de neón que guiñaba en el techo. La vieja entró. Comprobó que su teléfono fijo tampoco funcionaba. 

Merde –dijo la señora, esta vez claramente.

Acto seguido, le pidió si podía ir a ver a su esposo que, según ella, se estaba muriendo. Vicente atravesó el pasillo hacia el otro extremo. Al empujar la puerta del 30 B se percató de que la señora no lo seguía, y casi de inmediato comprendió por qué. En ese apartamento infernal hacía aún más calor que en el corredor. Tal vez más calor incluso que fuera. Aunque las cortinas –leves telas de colores fríos– estaban corridas, las ventanas, rojas y temibles, resplandecían como el vidrio de un horno. En un sillón floreado yacía el viejo con la boca entornada y los brazos caídos sobre las piernas. Un sudor espeso, que le llenaba la cara de brillos blancos, se deslizaba por las arrugas y mojaba la papada y el cuello de la camisa. No quiso tocarlo. Se dijo que, después de todo, no era su problema. Recordó su celular. Una llamada. Eso era todo. Debía telefonear, acudiría una ambulancia, ellos se encargarían de todo. Sin perder tiempo, lo sacó del bolsillo del short. 

Ya en el pasillo, agradeció el ligero cambio de temperatura. Previó que en su piso haría aún más fresco. Encontró la puerta cerrada. Giró el picaporte, pero no cedió. Tocó más fuerte, llamó a la señora sin perder la compostura. No hubo respuesta, pero pudo escuchar el chorro continuo de la ducha detrás de las paredes. Se sentó en la alfombra. Estaba húmeda y desprendía un fuerte olor a moho. Se levantó. Minutos después oyó el breve chillido del grifo al cerrarse y lentos pasos mojados detrás de la puerta.

Madame Lavallé, ábrame la puerta, por favor –dijo Vicente, con el mismo tono falsamente sosegado de hacía un rato–. Se ha cerrado por accidente. 

Tras unos minutos de silencio, escuchó:

¿Ha llamado usted a una ambulancia, Monsieur Gomeeezzz? –así pronunciaba la vieja su apellido, con acento agudo y un zumbido prolongado en la zeta. 

Sí, Madame –contestó Vicente–. Vendrán en unos minutos. 

Entonces ya sabe cómo es ese apartamento –dijo la señora en un suspiro–. Pobre Bernard…

Y aquí en el pasillo tampoco hace fresco –intentó Vicente–. Por favor, abra la puerta, Madame Lavallé. 

Silencio. Los pasos se alejaron de la puerta. Le pareció que lo siguiente vino desde el sofá:

Se lo ruego, no me haga volver a ese piso –el tono era suplicante.

No, Madame, cómo se le ocurre –mintió Vicente–. Se puede quedar el tiempo que haga falta. Solo déjeme entrar a mí. 

El tono de su voz no debió de resultar convincente porque, menos de un minuto después, ella dijo:

No le creo. Y ahora, por favor, Monsieur, necesito descansar.

Las últimas palabras desdentadas sonaron menos resueltas que soñolientas, hundiéndose en el silencio.

Antes de que pudiera reaccionar se oyó la sirena. El ruido de la puerta de la calle al abrirse. Los pasos apresurados escaleras arriba. 

Sacaron el cuerpo en una camilla y lo bajaron por el ascensor. Con cierto alivio, Vicente notó que Monsieur Lavallé llevaba una máscara de oxígeno: estaba vivo. 

Todo pasó muy rápido. Pero no fue eso, sino otra cosa, la vergüenza sin duda, lo que le impidió contarles la intrusión. Además, ¿qué podía decir que no sonara a queja infantil? Lo decisivo fue cuando Pauline apareció en el rellano. Fue cuando supo que debía callar. 

El operador de urgencias ya había tomado nota de los nombres y los datos de la anciana pareja del 30 B, de modo que los camilleros se marcharon sin mirar atrás. Vicente pensó que debían de estar excedidos en plena canícula. 

Pauline tenía el pelo rubio, que le llegaba a los hombros, y en ese momento parecía recién salida de la peluquería. Estaba extrañamente fresca, y, cuando Vicente le dio los besos de rigor en las mejillas, pudo sentir su discreto perfume frutal. Ella lo miró de modo interrogativo con sus grandes ojos negros y, cuando Vicente le hubo explicado la situación, pareció agradablemente sorprendida por su actitud caballeresca. 

Pauvre chou –le dijo–. Ven a mi apartamento, tengo climatización. 

Era la primera vez que lo invitaba a su casa. Habían tomado alguna vez una copa juntos en la terraza del bar que quedaba camino de la farmacia, pero eso era todo. En medio del corredor sofocante, Pauline resplandecía como un oasis.

Nada más entrar, comprendió el frescor de la piel de su vecina, el tono rosado de sus mejillas y los brazos y las piernas. Se miró en el espejo de la sala y se vio tan pálido como sudoroso, con el pelo pegado al cráneo. A ella no le importó que se diera una ducha. Le dio una toalla y lo invitó a sentirse como en su casa. 

Comieron una ensalada César sentados a la barra americana, que separaba la cocina de la sala. Fuera empezaba a oscurecer. 

¿Qué debo hacer? –le preguntó Vicente, con una inocencia tan fingida como calculada.

Pauvre chou –dijo ella, y se echó a reír–. Si Lucie se entera de que tengo climatización, seguro que se mete en mi casa. 

Entonces oyeron, en el piso de arriba, un rumor de agua. 

Se está dando otra ducha –dijo Vicente–. Pobre, si supiera cómo se está aquí –prosiguió guiñándole un ojo a su anfitriona.

Luego dio un vistazo de conjunto a la sala y notó que todas las ventanas tenían mosquiteros. 

Tú sí que sabes vivir –bromeó Vicente, señalándolos. 

Pauline le sonrió y cortó una raja de la sandía que acababa de sacar del refrigerador. 

Ah sí, pero no es tanto por los mosquitos –le respondió sirviéndole la fruta. Vicente ya sabía lo que iba a decir–. Las moscas buscan el fresco, ¿te has dado cuenta? Imagínate cómo estaría mi casa. 

El rumor de agua proseguía sobre sus cabezas. La vieja bruja se va a gastar toda el agua, pensó Vicente, pero no dijo una sola palabra ni dejó traslucir su irritación. 

Pasó lo que tenía que pasar. Pauline lo invitó a quedarse. Le explicó que al día siguiente, sábado, excepcionalmente no trabajaba, pues una colega la reemplazaba en la farmacia. Tenía la certeza de que Madame Lavallé saldría del apartamento por la mañana, pues había visto en la tele que ya amainaría la canícula.

Pobre Lucie, siempre le ha faltado un tornillo –aseguró ella, que llevaba en el edificio un par de años más que Vicente–. Pero no es mala persona. En cuanto se le pase el shock… 

Vicente, por supuesto, no opuso resistencia, solo la indispensable por las molestias que se tomaba la anfitriona. 

Aunque toda la noche, acostado en el sofá de la sala, le pareció escuchar el rumor del agua en el piso de arriba, no se preocupó. Lo atribuyó a las tuberías del edificio que, por la utilización general y simultánea de grifos y duchas a que empujaba el calor, crepitaban de forma constante desde el día fatídico. Sin duda Pauline era la única habitante del edificio que podía pagarse un sistema completo de climatización. 

No podía creer en su buena suerte. Si las previsiones no se equivocaban había pasado la peor tarde y la peor noche de la canícula en un apartamento donde la temperatura no sobrepasaba los veinte grados. Y, como si fuera poco, en compañía de la hermosa mujer a quien su timidez no le había permitido acercarse realmente hasta ese momento. Hacía ya cierto tiempo que conocía a Pauline, y nunca se había atrevido a invitarla a algo más que una copa. Había visto desfilar a sus novios en el edificio, pero nunca le había preguntado nada sobre su vida privada. No quería entablar una complicidad confidente, enviarle así una señal equivocada de sus intenciones. Ella, desde luego, se había dado cuenta. La atracción era mutua, estaba seguro, porque se estableció entre ellos cierta tensión. Además, lo de pauvre chou –pobrecito– se lo había dicho dos veces ese día con una ternura que le pareció erótica. Eso sí, Pauline era de esas mujeres que esperan, que exigen incluso de forma implícita que el hombre dé el paso decisivo. Armándose de valor, se dijo que lo daría hoy. Pasado cierto tiempo, se reducen y mueren las posibilidades de que un hombre y una mujer se conviertan en algo más que amigos. Intuía que esta era su última oportunidad.

En eso pensaba mientras la luz de la mañana se extendía en la sala. Eran las nueve y media cuando Pauline entró descalza, con un short deportivo y una camiseta blanca, y le sonrió. Las piernas esbeltas, color durazno, se perdieron tras la barra americana.

Se preparó mentalmente al paso que debía dar mientras tomaban el desayuno, charlando de a ratos. A Vicente le pareció que era como si formasen ya una pareja. Ayudó a recoger los platos y a colocarlos en el lavavajillas. Al terminar salieron al balcón y sintieron una brisa casi tibia, prometedora. Por supuesto, seguía haciendo más calor que en el apartamento, por lo que, pasados unos minutos, volvieron a entrar. Fue ella quien hizo la observación:

Oye, ¿ese ruido viene de tu casa?

Vicente escuchó el crepitar que había percibido, como ruido de fondo, durante toda la noche. Pero esta vez, era cierto, resultaba más fuerte. 

Eran las once o las once y cuarto cuando subieron juntos las gradas. Al llegar supieron que algo pasaba del otro lado de la puerta. Resultaba evidente que el rumor provenía exclusivamente de su casa. Vicente no dejó traslucir su malestar. 

Habrá dejado algún grifo abierto –dijo, fingiendo desapego.

Pero entonces Pauline lo empujó a hacer lo inevitable. 

Ah, no –dijo frunciendo el ceño–. Esa mujer va a provocar una inundación.

Vicente pensó que la puerta no tenía pestillo y que, muchas veces, había tenido que forzar el picaporte para que cerrase bien. Hubiese preferido no hacerlo. A la tercera embestida la puerta cedió. 

La sala en penumbras estaba, al parecer, tal como la había dejado el día anterior. Lo primero que le llamó la atención fue el olor. Sintió un inicio de vergüenza irreprimible. Un hedor de fruta podrida lo inundaba todo. Pauline se tapó la nariz haciendo pinza con dos dedos y, viendo su expresión azorada, le sonrió como para tranquilizarlo. 

Pero no podía estar seguro. Quizá era solo un asco disfrazado de simpatía. Después de todo, era la primera vez que ella entraba en su casa. Todo lo que descubría era nuevo y no podía distinguir lo normal de lo insólito o lo asqueroso. Pensar en eso lo llenó de aprensión.

La puerta del cuartito oscuro, contiguo a la cocina, estaba entreabierta. Pudo adivinar la bolsa rota, el contenido desparramado a su alrededor. 

¿Madame Lavallé? –llamó con una sobriedad que no hubiese mostrado de no estar Pauline a su lado.

El rumor provenía del fondo del pasillo. Se dirigieron a su dormitorio. Le habría gustado tener el valor de pedirle a Pauline que se quedara en el rellano. Sentía vergüenza a cada paso que daban. Pero ella parecía resuelta a acompañarlo. Fue ella quien gritó:

¿Lucie? –lo hizo con voz aguda, como sofocada por la penumbra del corredor. 

Llegan a la puerta de su cuarto, entornada. Solo se ve un camisón blanco a los pies de la cama.

El hedor es agudo. Instintivamente, Vicente se detiene. En un latigazo, comprende qué es ese olor y el rumor que ha percibido durante toda la noche. Se vuelve y cae en la cuenta de que Pauline lo mira fijamente. Esos ojos, más grandes y negros que nunca, le piden valor. 

A la vez, comprende que lo que va a seguir será irremediable para los dos. Lo sabe, y permanece inmóvil. Es como si viera ya el cuerpo corto y macizo sobre las sábanas, y como sudario decenas, cientos de ellas, insomnes y activas, haciendo ese ruido de colmena, ese ronroneo de digestión infinita. 

Siente una arcada. Piensa ya en un pretexto para dar marcha atrás cuando la mano de ella –inalcanzable– se adelanta y empuja la puerta.

Guillermo Ruiz Plaza, La última pieza del puzzle, Ed. 3600, 2013

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7 Comentarios

  1. Perturbador relato, muy bien narrado.
    Saludos cordiales

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  2. Raúl de la Puente21/1/14

    Esto le habría encantado a David Lynch. Fabuloso.

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  3. Estimado Jorge, muchas gracias por tu calurosa bienvenida. Yo feliz de incorporarme a Plumas Hispanoamericanas.
    Raúl, gracias por tu generoso comentario. No sé si a Lynch le gustaría; en todo caso, a mí me encanta Lynch. A ver si dentro de un tiempo publico aquí un cuento que, según me dijo un amigo, le gustaría a Buñuel.
    Abrazos.

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  4. Bienvenido a Plumas! Fantástico aporte, un gusto leerte y conocerte a través de tus letras. Saludos y hasta la próxima!

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  5. Tiene ritmo, interesante. Me encantó!!

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  6. Lorena, Alejandrita, Monica, muchas gracias por sus generosos comentarios.
    Saludos!

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