27 de enero de 2014

Walter Mitty o la fantasía patológica del escribiente

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

De vez en cuando el cine retoma la temática de las enfermedades. Los aciertos varían según las capacidades que tengan director, productor, guionista y actores de apelar a las fibras íntimas de quienes ocupan las butacas. No necesariamente se debe caer en lo lacrimoso, también es factible hacerlo mediante la risa. Como sea que ocurra, aquellos que ven reflejados sus propias sintomatologías en la pantalla, sienten una suerte de abrazo amistoso alrededor de sus pesares que les da un poco más de sentido en sus vidas. Al menos mientras dura el efecto de la película y que no va más allá de dos o tres semanas.

En esta ocasión el turno le corresponde al comediante Ben Stiller. A través de la actuación y la dirección, ha dado vida en la pantalla a una versión libre del personaje creado por el escritor James Thurber en 1939, Walter Mitty (la traducción al castellano es “La increíble vida de Walter Mitty”). Encargado del archivo de negativos fotográficos de la revista Life, Mitty parece el síndrome de la ensoñación que hace que su mente se desborde cada vez que se siente superado por las circunstancias. Se convierte, así, en protagonista de diferentes aventuras nacidas dentro de su gimnástica cabeza, desde rescatista de edificios de altura, montañista, héroe urbano, astronauta, galán ingenioso y hasta artista plástico. Su capacidad inventiva es mayor a medida que la situación se relaciona con Cheryl (Kristen Wiig), una colega hacia la cual se siente atraído y, como todo buen tímido taciturno, tan sólo por unas cuantas sonrisas de cortesía, espionaje a través de Internet y fisgoneo en los pasillos.

Ni siquiera el cierre de la revista Life -producto de una fusión de compañías- ni la amenaza latente de la cesantía, logra cambiar la conducta de Walter. Por el contrario, acentúa aún más sus delirios, en especial cuando extravía el negativo de la imagen destinada a ser la portada del último número de Life, enviado desde un lugar remoto por el fotógrafo y aventurero, Sean O’ Connell (Sean Penn). 

Puede que la película en guion y dirección no sea una propuesta revolucionaria del Séptimo Arte. Y en caso de serlo, no pretendo adelantarme al juicio del tiempo, más aún si todavía se escuchan las risotadas ante la escena donde Mitty compite por ganarles una bicicleta a un grupo de chilenos ansiosos de sexo, tras una prolongada travesía en el océano. Sí quisiera reparar en esos aspectos que hacen que las ficciones abran puertas mentales que obnubilen, asombren y motiven. Al igual que Mitty, reconozco verme afectado por ensoñaciones demasiado activas. Durante el transcurso de mi vida he ido acumulando una buena cantidad de experiencias excesivamente cerebrales y escasamente musculares. Recuerdo mi transformación en puntero izquierdo de los clubes Santiago Wanderers, Trasandino, Green Cross, Colo Colo, Cobreloa, América de México y Olimpia de Paraguay, en calidad de goleador y experto en tiros libres y centros al segundo palo con excelente habilitación para el jugador número nueve.

Más tarde vino el rol de director técnico con mi propia y clásica vestimenta (sombrero Indiana Jones, chaqueta y botas de cuero, poleras jetonas, jeans, barba, puro con tabaco fino y una petaca de whisky) de los clubes San Felipe, Rangers, Everton (vice campeón de la Copa Polla Gol y del torneo Conmebol), Cobreloa (campeón nacional y vice campeón de América), Santiago Wanderers (también presidente honorario), Velez Safierd y las selecciones de Chile, Uruguay y México (en estas tres últimas con un par de exitosos Mundiales y Copas América en el bolsillo). 

Por esa misma época, maticé el afán pelotero con la disputa del título mundial de boxeo en el Fortín Prat de Valparaíso (siempre dejando como membrillo a mi enemigo de turno), en el plan de tenista profesional con zurda demoledora y chanfle incontrolable en las canchas sintéticas de Puente Alto, además de seleccionado nacional de pingpong y líder de una banda de rock latino durante los veranos ochenteros. Para el resto del año quedaban mi papel de astronauta soviético y socialista intergaláctico, superhéroe de la DC y Marvel, además de protagonista de las primeras series japonesas pasadas por la televisión en blanco y negro: Ultraman, Ultraseven y Robot Gigante.

Unas líneas destacadas merece el cuento de James Thurber titulado “La secreta vida de Walter Mitty”, mencionado más arriba y que sirviera de inspiración para la comedia de Stiller, así como para otra película de 1947, protagonizada por Danny Kaye y Virginia Mayo. Tras su lectura se puede corroborar que el transcurso del tiempo no ha mermado la calidad, ritmo e inventiva de esta obra maestra de Thurber (considerado injustamente en algunas reseñas como simple “humorista”), puesto que permite, con total vigencia, acercar al resto del mundo a los avatares de quienes gastamos buena parte del día imaginando más de la cuenta.

5 comentarios:

  1. Confieso que no me atrae mucho Ben Stiller. Pero su pluma lo cuenta de tal modo que estoy ávido de ver ese film.
    Un abrazo y mi profunda admiración, querido Claudio.

    ResponderEliminar
  2. Poder vivir tantas vidas imaginarias en una es la mayor bendición de un escritor. Espero ver esa película, y sobre todo, leer el cuento inspirador. Ante tal grado de inspiración futbolera me gustaría concederte el balón de oro imaginario.
    Notable texto, estimado amigo. Felicitaciones.

    ResponderEliminar
  3. Como se disfruta la vida imaginaria en este mundo imaginario. Así, tal vez,llegaremos a ser el hombre imaginario,que nos regalara don Nicanor.

    Con mucho respeto para ustedes:

    EL HOMBRE IMAGINARIO ( de Nicanor Parra)

    El hombre imaginario
    vive en una mansión imaginaria
    rodeado de árboles imaginarios
    a la orilla de un río imaginario

    De los muros que son imaginarios
    penden antiguos cuadros imaginarios
    irreparables grietas imaginarias
    que representan hechos imaginarios
    ocurridos en mundos imaginarios
    en lugares y tiempos imaginarios

    Todas las tardes tardes imaginarias
    sube las escaleras imaginarias
    y se asoma al balcón imaginario
    a mirar el paisaje imaginario
    que consiste en un valle imaginario
    circundando cerros imaginarios

    Sombras imaginarias
    vienen por el camino imaginario
    entonando canciones imaginarias
    a la muerte del sol imaginario

    Y en las noches de luna imaginaria
    sueña con la mujer imaginaria
    que le brindó su amor imaginario
    vuelve a sentir ese mismo dolor
    ese mismo placer imaginario
    y vuelve a palpitar
    el corazón del hombre imaginario.


    Muy bueno su escrito, admirado Claudio

    ResponderEliminar
  4. Me gustó, le doy un like facebukiano

    ResponderEliminar
  5. Buenísimo! Me encanta este actor.

    ResponderEliminar

*