4 de febrero de 2014

Capote

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Bennet Miller/Estados Unidos, 2005. Con Philip Seymour Hoffman, Catherine Kenner

Después de la escuela vamos a la librería Barnes & Noble a buscar "In Cold Blood" (A sangre fría) de Truman Capote. Se debe la excursión a que anoche, ya tarde, salimos en familia a ver el filme de Bennet Miller, "Capote", de muy buena crítica. La hija menor, impresionada por la cinta, decide que es algo que debe leer, y la lectura es necesidad imposible de posponer. Ya en el recinto, aprovecha la hija mayor para asegurarse una edición de "Drácula" de Bram Stoker y yo para deambular entre las novedades y las ofertas. Cierto que hay recelo a todo lo que implique Hollywood, pero allí todavía se hacen algunas de las mejores películas, se quiera o no; "Capote" es un fino ejemplo de buen cine, película que a pesar de cierta lentitud jamás cansa al espectador, acentúa más bien un angst que ni siquiera se alivia al final. Para comprenderlo hay que entrar en los detalles.

Basada en un libro de Gerald Clarke, "Capote" abarca sólo un espacio de la vida del grande y controvertido escritor norteamericano. Se enfoca en el momento en que Truman Capote piensa sobre qué va a escribir para el New Yorker. Encuentra entonces en el diario la noticia de un cuádruple asesinato en Kansas y le parece haber hallado el tema. Escritor y reportero mimado, prepara su viaje pagado a un estado que semeja su rural Louisiana natal. Con él va Harper Lee, autora luego de la célebre "To Kill a Mockingbird", clásico de la literatura en Norteamérica. Se inicia uno de los más importantes logros de la novelística moderna, la novela de no-ficción. "A sangre fría" es el relato novelado de los hechos que sucedieron a aquel noviembre de 1959, donde en el pequeño poblado de Holcomb, Kansas, una familia es ejecutada sin motivo aparente.

Lo que en inicio quería ser un reporte para el New Yorker se transforma en idea de libro y se consolida en trescientas cuarenta y tantas páginas llenas de emotividad humana y de empatía. La relación personal que establece el novelista con uno de los asesinos, Perry Smith, medio indio y medio artista, logra una poderosa amalgama que aparte de sacudir la literatura moderna transformó para siempre la vida de Capote. La relación de estos personajes fundamenta la obra. Truman ayuda a los convictos con abogados y apelaciones. La condena a muerte por ahorcamiento se cancela tres veces. Mientras tanto el libro, que ya se ha hecho leyenda en el medio literario, no termina. La historia que comenzó con un Capote dispuesto a escribir sobre un tema de interés se ha alargado en exceso.

Hasta entonces, y sólo muy cerca ya del epílogo del proceso, Perry Smith no confiesa a su amigo las motivaciones del crimen. La novela queda trunca mientras no suceda. Bennet Miller, el director, maneja con sutileza la labor del literato, quien a ratos parece benévolo humanista y otros cínico interesado en el éxito latente del desenlace. Utilización mutua que finaliza en la horca, en el bamboleante cuerpo de Perry delante de un lloroso Capote que lo contempla. "A sangre fría" comienza allí. Hasta entonces era un drama interminable. Cuando Perry narra los pormenores brutales del hecho, Capote resiente en algo su simpatía por el criminal y se aleja. Harper Lee le pregunta si se ha enamorado. No hay respuesta. Y si la hubiese, sería intrascendente.

La sentencia se lleva a cabo en 1965. Han pasado cinco años. La magia del cine compacta el tiempo cronológico de tal forma que parece detenido, lento como los extensos cielos de Kansas, tierra sin fin que fotógrafo y camarógrafo han captado con precisa sensibilidad. Uno de los logros técnicos de "Capote" está allí, en las tomas de ángulo amplio, a distancia, sean un bosque, un cielo o un tren que atraviesa la inmensidad de la pradera. ¿Quiso Miller impactar al espectador con sentimientos de abandono y solitud? Tanto Truman Capote como Perry Smith son hombres solitarios. En una escena, y luego de oír la historia íntima del reo, Capote afirma que le parece que él y Perry han crecido en la misma casa, una que él dejó saliendo por la puerta de adelante mientras Perry lo hacía por la de atrás. Ambos con familia de suicidas, con historia de alcohol y desesperanza, con reacciones de niño asustado. Uno homosexual y el otro criminal; pertenecen a una raza de hombres desposeídos, a vacíos donde únicamente se pueden manejar solos.

Capote rechaza con evasivas las indagaciones de Perry acerca del libro. Para Perry pueden esas páginas tal vez significar la libertad o la vida. Capote dice que es su trabajo y como trabajador es perfecto. No permite que sus inclinaciones afectivas intervengan en el proceso creativo, ni que éste se convierta en estandarte de ninguna lucha. Es aséptico. Para aprendices de escritores -como para consagrados- el cineasta Miller presenta una magnífica muestra de seria labor literaria. Uno de los muchos temas que se pueden desgajar de esta bella cinematografía.

Magnífica la actuación de Philip Seymour Hoffman, Truman Capote redivivo. Mientras Aly, mi hija, pasa las páginas de su nuevo libro me comenta que al leerlo no puede su mente deshacerse de la chocante voz de Seymour Hoffman -del fantasma de Capote-.

Lo mejor que he visto de este actor, aunque lo recuerdo en "Happiness" (Todd Solondz/1998), "Magnolia" y "Boggie Nights" (Paul Thomas Anderson). También en "Almost Famous" (Cameron Crowe/2000), "Cold Mountain" y "El talentoso Mr. Ripley", ambas de Anthony Mingella.

Eramos seis personas en el cine: Emily y Alicia, Ligia y yo, un extraño encapuchado, joven, y un anciano que hacía comentarios a oscuras y daba un hálito siniestro a la sala.

08/02/06
Publicado En Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), febrero, 2006
Imagen: Poster de Capote

10 comentarios:

  1. Se fue un grande, triste. Muy bueno su artículo.

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  2. Tuve la fortuna de seguir paso a paso, y gráficamente, el proceso de escritura de A sangre fría, a través de viejas Life que coleccionaba (y sigue coleccionando) mi abuelo. Luego seguí con el libro, impregnándome del estilo de Capote, de esa voz que no prejuzga, sino que muestra lo que sucede a este y a ese lado del barrote. La película no he podido verla aún, aunque al actor en cuestión lo disfruté en su breve e intenso papel en Boggie Nights.

    Un abrazo cordial, estimado amigo.

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  3. Este es parte del prólogo de Capote para Música para camaleones.

    Mi vida, al menos como artista, puede proyectarse exactamente igual que la gráfica de la temperatura: las altas y bajas, los ciclos claramente definidos.
    Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que solo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar zapateado y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me habla encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.
    Pero, por supuesto, yo no lo sabía. Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejé de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento mas alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!
    Así como algunos jóvenes practican el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias, igual me ejercitaba yo con mis plumas y papeles. Sin embargo, nunca discutí con nadie mi forma de escribir; si alguien me preguntaba lo que tramaba durante todas aquellas horas, yo le contestaba que hacia los deberes. En realidad, jamás hice los ejercicios del colegio. Mis tareas literarias me tenían enteramente ocupado: el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de dividir los párrafos, la puntuación, el empleo del dialogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin. Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no solo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días.
    De hecho, los escritos mas interesantes que realice en aquella época consistieron en sencillas observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Extensas narraciones al pie de la letra de conversaciones que acertaba a oír con disimulo. Descripciones de algún vecino. Habladurías del barrio. Una suerte de informaciones, un estilo de «ver» y «oír» que mas tarde ejercerían verdadera influencia en mi, aunque entonces no fuera consciente de ello, porque todos mis escritos «serios», los textos que pulía y mecanografiaba escrupulosamente, eran mas o menos novelescos.
    Al cumplir diecisiete años, era un escritor consumado. Si hubiese sido pianista, habría llegado el momento de mi primer concierto público. Según estaban las cosas, decidí que me encontraba dispuesto a publicar. Envié cuentos a los principales periódicos literarios trimestrales, así como a las revistas nacionales que en aquellos días publicaban lo mejor de la llamada ficción «de calidad» —Story, The New Yorker, Harper's Bazaar, Mademoiselle, Harper's, Atlantic Monthly—, y en tales publicaciones aparecieron puntualmente mis relatos.
    Mas tarde, en 1948, publique una novela: Otras voces, otros ámbitos. Bien recibida por la crítica, fue un éxito de ventas y, asimismo, debido a una extraña fotografía del autor en la sobrecubierta, significó el inicio de cierta notoriedad que no ha disminuido a lo largo de todos estos años. En efecto, mucha gente atribuyo el éxito comercial de la novela a aquella fotografía. Otros desecharon el libro como si fuese una rara casualidad: «Es sorprendente que alguien tan joven pueda escribir tan bien.» ¿Sorprendente? ¡Sólo había estado escribiendo día tras día durante catorce anos! No obstante, la novela fue un satisfactorio remate al primer ciclo de mi formación.

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  4. Una novela corta, Desayuno en Tiffany's, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante los diez años intermedios, experimenté en casi todos los campos de la Literatura tratando de dominar un repertorio de formulas y de alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Desde luego, fracase en algunas de las áreas exploradas, pero es cierto que se aprende mas de un fracaso que de un triunfo. Se que aprendí, y mas tarde pude aplicar los nuevos conocimientos con gran provecho. En cualquier caso, durante aquella década de investigación escribí colecciones de relatos breves (A Tree of Night, A Christmas Memory), ensayos y descripciones (Local Color, Observations, la obra contenida en The Dogs Bark), comedias (The grass Harp, House of Flowers), guiones cinematográficos (Beat the Devil, The Innocents), y gran cantidad de reportajes objetivos, la mayor parte para The New Yorker.
    En realidad, desde el punto de vista de mi destino creativo, la obra mas interesante que produje durante toda esa segunda fase apareció primero en The New Yorker, en una serie de artículos y, a continuación, en un libro titulado The Muses Are Heard. Trataba del primer intercambio cultural entre la URSS y los EE. UU.: un recorrido por Rusia llevado a cabo en 1955 por una compañía de negros americanos que representaba Porgy and Bess. Concebí toda la aventura como una breve «novela real» cómica: la primera.
    Unos años antes, Lillian Ross había publicado Picture, su versión sobre la realización de una película, The Red Badge of Courage; con sus cortes rápidos, sus saltos hacia adelante y hacia atrás, también era como una película y, mientras la leía, me pregunte que habría pasado si la autora hubiese prescindido de su rígida disciplina lineal al recoger los hechos de modo estricto y hubiera manejado su material como si se tratara de ficción: ¿habría ganado el libro, o habría perdido? Decidí que, si se presentaba el tema apropiado, me gustaría intentarlo: Porgy and Bess y Rusia en lo mas crudo de su invierno parecía ser el tema adecuado.

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  5. The Muses Are Heard recibió excelentes criticas; incluso fuentes por lo general poco amistosas hacia mi se inclinaron a alabarlo. Sin embargo, no atrajo ninguna atención especial y las ventas fueron moderadas. Con todo, aquel libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber encontrado justamente una solución para lo que siempre había sido mi mayor problema creativo.
    Durante varios años me sentí cada vez mas atraído hacia el periodismo como forma artística en sí misma. Tenía dos razones. En primer lugar, no me parecía que hubiese ocurrido algo verdaderamente innovador en la literatura en prosa, ni en la literatura en general, desde la década de 1920; en segundo lugar, el periodismo como arte era un campo casi virgen, por la sencilla razón de que muy pocos artistas literarios han escrito alguna vez periodismo narrativo, y cuando lo han hecho, ha cobrado la forma de ensayos de viaje o de autobiografías. The Muses Are Heard me situó en una línea de pensamiento enteramente distinta: quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía.
    No fue hasta 1959 cuando algún misterioso instinto me orientó hacia el tema —un oscuro caso de asesinato en una apartada zona de Kansas—, y no fue hasta 1966 cuando pude publicar el resultado, A sangre fría.
    En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, su personaje, un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: «Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, el resto es la demencia del arte.» O palabras parecidas. En cualquier caso, mister James lo expone en toda la línea; nos está, diciendo la verdad. Y la parte mas negra de las sombras, la zona más demencial de la locura, es el riguroso juego que conlleva. Los escritores, cuando menos aquellos que corren auténticos riesgos, que están ansiosos por morder la bala y pasar la plancha de los piratas, tienen mucho en común con otra casta de hombres solitarios: los individuos que se ganan la vida jugando al billar y dando cartas. Mucha gente pensó que yo estaba loco por pasarme seis años vagando a través de las llanuras de Kansas; otros rechazaron de lleno mi concepción de la «novela real», declarándola indigna de un escritor «serio»; Norman Mailer la definió como un «fracaso de la imaginación», queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir acerca de algo imaginario en vez de algo real.

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  6. Si, fue como jugarse el resto al póquer; durante seis exasperantes arios estuve sin saber si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y crudos inviernos, pero seguí dando cartas, jugando mi mano lo mejor que sabia. Luego resultó que tenia un libro. Varios críticos se quejaron de que «novela real» era un termino para llamar la atención, un truco publicitario, y que en lo que yo había hecho no figuraba nada nuevo ni original. Pero hubo otros que pensaron de modo diferente, otros escritores que comprendieron el valor de mi experimento y en seguida se dedicaron a emplearlo personalmente; y nadie con mayor rapidez que Norman Mailer, quien ganó un montón de dinero y de premios escribiendo «novelas reales» (The Armies of the Night, Of a Fire on the Moon, The Executioner's Song), aunque siempre ha tenido cuidado de no describirlas como «novelas reales». No importa; es un buen escritor y un tipo estupendo, y me resulta grato el haberle prestado algún pequeño servicio.
    La línea en zigzag que traza mi fama como escritor ha alcanzado una altura satisfactoria, y ahí la dejo descansar antes de pasar al cuarto, y espero que último, ciclo. Durante cuatro arios, mas o menos de 1968 a 1972, pase la mayor parte del tiempo leyendo y seleccionando, reescribiendo, catalogando mis propias cartas y las cartas de otras personas, mis diarios y cuadernos de notas (que contienen narraciones detalladas de centenares de situaciones y conversaciones) de los arios de 1943 a 1965. Tenía intención de emplear mucho de ese material en un libro que planeaba desde hacia tiempo: una variante de la novela real. Titule el libro Answered Prayers, que es una cita de Santa Teresa, quien dijo: «Más lágrimas se derraman por las plegarias respondidas que por las no satisfechas.», En 1972 empecé a trabajar en ese libro escribiendo el último capítulo en primer lugar (siempre es bueno saber adónde va uno). Después, escribí el primer capitulo, «Unspoiled Monsters». Luego, el quinto, «A Severe Insulte for the Brain». A continuación, el séptimo, «La Cote Basque». Seguí de esa manera, escribiendo diferentes capítulos con el orden cambiado. Solo podía hacerlo porque la trama o, mejor dicho, las tramas eran reales, así como todos los personajes: no era difícil tenerlo todo en la cabeza, porque yo no había inventado nada. Y, sin embargo, Answered Prayers no esta pensada como un roman a clef ordinaria, una forma donde los hechos están disfrazados como ficción. Mi propósito es lo contrario: eliminar disfraces, no fabricarlos.

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  7. En 1975 y 1976, publique cuatro capítulos de ese libro en la revista Esquire. Provocaron la ira de ciertos círculos, donde pensaron que yo estaba traicionando confianzas, abusando de amigos y/o enemigos. No tengo intención de discutirlo; el tema incluye política social, no mérito artístico. Nada más diré que lo único que un escritor debe trabajar es la documentación que ha recogido como resultado de su propio esfuerzo y observación, y no puede negársele el derecho a emplearlo. Se puede condenar, pero no negar.
    No obstante, deje de trabajar en Answered Prayers en septiembre de 1977, hecho que no tiene nada que ver con ninguna reacción pública a las partes ya publicadas del libro. La interrupción ocurrió porque yo me encontraba ante un tremendo montón de problemas: sufría una crisis creativa, y, al mismo tiempo, personal. Como la última no tenia relación, o muy poca, con la primera, solo es necesario aludir al caos creativo.
    Ahora, a pesar de que fue un tormento, me alegro de que ocurriese; en el fondo, modificó enteramente mi concepción de la escritura, mi actitud hacia el arte y la vida y el equilibrio entre ambas cocas, y mi comprensión de la diferencia entre lo verdadero y lo que es realmente cierto.
    Para empezar, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, son recargados. Yo prefiero escribir de menos. Sencilla, claramente, como un arroyo del campo. Pero note que mi escritura se estaba volviendo demasiado densa, que utilizaba tres páginas para llegar a resultados que debería alcanzar en un simple párrafo. Una y otra vez leí todo lo que había escrito de Answered Prayers, y empecé a tener dudas: no acerca del contenido, ni de mi enfoque, sino sobre la organización de la propia escritura. Volví a leer A sangre fría y tuve la misma impresión: había demasiados sectores en los que no escribía tan bien como podría hacerlo, en los que no descargaba todo el potencial. Con lentitud, pero con alarma creciente, leí cada palabra que había publicado, y decidí que nunca, ni una sola vez en mi vida de escritor, había explotado por completo toda la energía y todos los atractivos estéticos que encerraban los elementos del texto. Aun cuando era bueno, vi que jamás trabajaba con más de la mitad, a veces con solo un tercio, de las facultades que tenía a mi disposición. ¿Por que?
    La respuesta, que se me reveló tras meses de meditación, era sencilla, pero no muy satisfactoria. En verdad, no hizo nada para disminuir mi depresión; de hecho, la aumentó. Porque la respuesta creaba un problema en apariencia insoluble, y si no podía resolverlo, más valdría que dejase de escribir. El problema era: ¿cómo puede un escritor combinar con éxito en una sola estructura —digamos el relato breve— todo lo que sabe acerca de todas las demás formas literarias? Pues esa era la razón por la que mi trabajo a menudo resultaba insuficientemente iluminado; había fuerza, pero al ajustarme a los procedimientos de la forma en que trabajaba, no utilizaba todo lo que sabia acerca de la escritura: todo lo que había aprendido de guiones cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve, novela corta, novela. Un escritor debería tener todos sus colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente. Pero ¿cómo?

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  8. Volví a Answered Prayers. Elimine un capitulo y volví a escribir otros dos. Una mejora; sin duda, una mejora. Pero lo cierto era que debía volver al parvulario. ¡Ya andaba metido otra vez en uno de aquellos desagradables juegos! Pero me anime; sentí que un sol invisible se levantaba por encima de mi. No obstante, mis primeros experimentos fueron torpes. Me encontraba realmente como un niño con una caja de lápices de colores.
    Desde un punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue permanecer completamente al margen. Por lo común, el periodista tiene que emplearse a si mismo como personaje, como observador y testigo presencial, con el fin de mantener la credibilidad. Pero ere que, para el tono aparentemente distanciado de aquel libro, el autor debería estar ausente. Efectivamente, en todo el reportaje intente mantenerme tan encubierto como me fue posible.
    Ahora, sin embargo, me situé a mí mismo en el centro de la escena, y de un modo severo y mínimo, reconstruí conversaciones triviales con personas corrientes: el administrador de mi casa, un masajista del gimnasio, un antiguo amigo del colegio, mi dentista. Tras escribir centenares de páginas acerca de esa sencilla clase de temas, terminé por desarrollar un estilo: había encontrado una estructura dentro de la cual podía integrar todo lo que sabía acerca del escribir.
    Mas tarde, utilizando una versión modificada de ese procedimiento, escribí una novela real corta (Ataúdes tallados a mano) y una serie de relatos breves. El resultado es el presente volumen: Música para camaleones.
    ¿Y cómo afectó todo esto a mi otro trabajo en marcha, Answered Prayers? En forma muy considerable. Entretanto, aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio.

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  9. Gracias, Javier. Y Jorge por este fundamental aporte a la lectura de Capote. Boogie Nights es un filme sobre el que quiero escribir hace mucho. Abrazos.

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  10. Buenísima película. Una triste pérdida para el séptimo arte y como siempre buen articulo.
    Saludos

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