7 de febrero de 2014

Gratificaciones de viaje

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

A medida que transcurren los años se hace menos interesante y de disminuida atracción, la posible aventura de viajar. Y el único lugar al cual me gustaría arribar con frecuencia de enamorado puntual es Cartagena de Indias. Como si en su luz, el silencio que cada vez le permiten menos, el olor de piedra viva, se hubiera quedado aquello que me complementa. En ese lugar enfrento la fatalidad de no poder quedarme mucho porque entonces ya no saldría y me quedaría por siempre.

Pero desde antes una especie de pereza o desdén nuevos anudaba mis pasos cuando de viajar se trataba. Buscaba pretextos para evitar moverme y en el mejor de los casos aceptaba viajar con la esperanza firme de que un imprevisto impediría iniciar el camino.


Una vez de conversaciones sin orden del día, mi profesor Pedro Lafont Pianeta, al tratar esta disposición a olvidarse de las valijas, me confió que a los cartageneros no nos gusta incomodarnos. Esa lección de aparente sencillez y sabia de vida me permitió encontrar que no en balde nuestro animal preferido es el cangrejo. El hoyo como refugio, sus peregrinaciones cuando la luna juega con el mar arrugado, y ¿para qué más?

Sin embargo esta condición de parientes marinos fue doblegada en ocasiones. Un encuentro de amor furtivo. Una expedición con los hijos a las neblinas nocturnas del páramo para hallar los cielos rotos por las estrellas errantes. Una promesa a un familiar lejano. Acompañar el dolor de un amigo.

A la vida hay que reconocerle las gratitudes. Aún en estos tiempos en que uno cree que no navegará entre los grandes hielos, ni descubrirá ciudades en los desiertos, ni soportará viajar a la luna para no hacer las necesidades en la ropa hermética.

En cada viaje una casualidad burlona pone guiños en la bolsa del peregrino forzado. Una sonrisa que se instala en los sueños. Un libro. Una esquela. Unas palabras. El canto de vaquería que sentada y con la falda entrepiernada como las mujeres de taburete de cuero, soltó María Mulata en Riohacha.

De allá traje el conjunto de canciones de Ceferina Banquez. Salió de un proceso de investigación de David Lara quien obtuvo un reconocimiento de los entes estatales de la cultura. El mundo de los cantos en Colombia, con el marcado interés de investigadores y músicos jóvenes, ha abierto un espacio rico y fecundo para la comprensión de los seres y de la vida, por lo regular esforzada, muchas veces amenazada y otras malograda.

Ceferina nació en Guamanga, un caserío de El Carmen de Bolívar a donde llega el aroma viejo de las antiguas plantaciones de tabaco y hoy la sombra de la sangre y el dolor de tantas desapariciones.

Después de peregrinajes impuestos ha vuelto a su solar. Son cantos que acompañan el laboreo, dan ritmo a los gestos de la siembra y la recogida de cosechas. Apuntan a la esperanza. Su rostro, como el de Alejo Durán, entre esfinge y talla de incontables años, apenas si muestra la poderosa intimidad que viene de su voz y de su alma.


2 comentarios:

  1. Que en historias de viajes no es habitual tanta fineza narrativa. Claridad, poesía y sentimiento.

    Valioso texto.

    Saludos cordiales

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  2. Yo que viajo tanto, sé a lo que se refiere. Ojalá pudiese expresarlo como ud. Buen relato, saludos!

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