14 de febrero de 2014

La afiebrada noche de Juan Agustín

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


1905. Calama, mediodía y un sol prepotente. La palabra ley, una completa desconocida para esos oídos. Cambio de turno en las faenas. Hombres rudos, barbados, de pocas palabras, ansiosos por un lugar donde saciar el hambre y la sed, protegerse de las tormentas de arena y echar sus huesos. Otros iniciaban la caminata hacia el mineral con sus herramientas al hombro y la espalda curvada. La mayoría desganados.

Las pocas mujeres del pueblo, encerradas en sus casas bajo siete llaves, sólo deseaban proteger su honra. Recurrían a cinturones de castidad, candados y puertas trancadas. Las taberneras, la madame y sus niñas, en cambio, se ocupaban de contar con lo necesario para que los muchachos no pensaran en el descanso, sino en divertirse, en gastar los fajos de billetes que traían consigo desde el mineral. Aún no eran tiempos de fichas, pulpería, pero sí de mucho abuso.

Con su sombrero de ala ancha, pañuelo al cuello, chaqueta sin mangas, camisa y pantalones gastados, botas terrosas y un arma al cinto, Juan Agustín vagabundeaba entre caballos, diligencias, más una que otra burrita motorizada, con las manos en los bolsillos. Silbaba la melodía preferida de la madame, algo semejante a un foxtrot, que se le había grabado en la memoria de tanto oírlo con la cabeza posada en su regazo. Sólo quería que el tiempo pasara rápido y al fin refrescara. Un poco de horas de sueño, después de tanta juerga, no le haría mal. Mañana pensaría en el regreso. Tan pobre como vino, eso sí.

Un destello frente a sus ojos lo dejó pasmado. Su mente hirvió más que el sol prepotente. Avanzó lento hacia una carretela estacionada afuera de la cantina, detrás de un caballo raquítico. Una roca voluminosa y brillante puesta en el remolque le hablaba, sin parar, de un futuro esplendoroso. Midió los riesgos: recién a miles de kilómetros se encontraba el primer poblado con jueces y policías. Aquí sólo imperaba la justicia autogestionada. Y qué más justo que tomar lo que necesitaba y defenderse si alguien se lo impedía. Decidió no perder la oportunidad. Levantó con sus manos la roca hasta ponerla frente a sus ojos. En cuestión de segundos, metió su tesoro dentro de un bolso desastrado y lo aseguró con un par de amarras en el aire.

“¡Quieto, malandra! -le gritó un viejo de mostachos rubios que lo apuntaba con su rifle, en la puerta de la cantina-. Te mueves y te ganas un nicho”.

Recurriendo a sus reflejos de moscardón, Juan Agustín se agachó justo cuando un disparo le rozó el aura. Rodó por la tierra, desenfundó su arma y liquidó a su atacante antes que éste alcanzara a realizar el segundo disparo. El ruido del viento lo ayudó a encubrir su acto de defensa y se puso de pie como movido por resorte, sin siquiera botar el sombrero.

Retomó el silbido preferido de la madame y avanzó hacia las afueras del pueblo, evitando mirar hacia atrás. La tormenta de arena no hizo mella en él. Sabía que dentro de unas horas abriría la puerta del rancho con una sonrisa en la cara y diría, lleno de orgullo: “Deja todo, muñeca. Somos ricos”.

-Tincito, despierte, despierte… -insiste Pequita remeciéndolo del hombro-. Está todo mojado y ardiendo de fiebre.    

Juan Agustín abre los ojos. El lado de su cama tiene una poza de sudor. Tantea con la mano sobre el pantalón del pijama y respira aliviado; no es lo que teme. La temperatura le nubla la vista. Le ruega a Pequita que apague la luz del velador. Siente las manos de ella ayudándolo a sentarse y preguntándole por el termómetro que había comprado en la farmacia.

-Ya no hay termómetro, mi amor –responde con resignación-. Lo abrí y le saqué el mercurio para ocuparlo en separar el oro de la piedra que me encontré en Calama. ¿Se acuerda?

-¿Y de dónde se le ocurre a usted tanta lesera? –pregunta Pequita-. Mire que instalar un laboratorio en la casa.

-Lo leí en Internet, ahí salía todo cómo aislar los componentes, pero no me pida detalles, por favor… –responde Juan Agustín, tomándose la cabeza con las manos. Su recuerdo se vuelve una sucesión de imágenes, un esfuerzo de horas por extraer de la roca el mineral codiciado. De ingeniero mecánico de la Universidad Santa María a empresario minero de origen viñamarino. Más tarde vino  el desaliento por el tiempo pedido-: Pero lamentablemente no hay tal oro, Pequita, y no somos ricos. Lo siento, no somos ricos.

-Se lo dije, pues. Si usted es tan porfiadito. En Calama hay cobre, no oro… -responde Pequita con paciencia y ventilando la cama-. Pero usted dale con ponerse a hacer experimentos en el living del departamento y, más encima, resfriado. Me dejó un desorden para la historia y, por si fuera poco, se me enfermó con el frío que se tomó de puro gusto.

Juan Agustín siente que su cabeza está a punto de desprenderse del cuello. “Por favor, no me hable más que me duele todo y, mientras más la oigo, más me duele”, le ruega. Con gran esfuerzo, entre espasmos de escalofrío, se lanza hacia atrás y se deja caer entre las almohadas. Aún están empapadas de su reciente delirio, pero esto no le impide darse cuenta de un detalle: el excelente servicio ofrecido por Ferrocarriles del Estado a los pasajeros de primera clase, en marzo de 1939. Felicitaría a su amigo personal, el Presidente de la República Pedro Aguirre Cerda.

“No me diga que usted es el famoso Juan Agustín, el arquitecto de la Patagonia”, interrumpe sus pensamientos un hombre de gafas, pelo engominado y terno gris, sentado a su lado. Como persona educada que era, Juan Agustín dejó de contemplar el paisaje por la ventana y giró la vista hacia su interlocutor. El hombre no podía controlar el asombro de haber coincidido, en el mismo vagón y asiento del “Rápido de la Frontera”, con el personaje que tenía la misión de colonizar y convertir en metrópolis las aisladas provincias de Aysén y Tierra del Fuego.

Juan Agustín se mostró afable y cercano. Desde que su nombre se hizo conocido en diarios, radios, revistas y noticieros cinematográficos, hubo de lidiar con la fama y trataba de hacerlo del mejor modo (aún no eran los tiempos de los íconos pop, los guardaespaldas, las drogas, las calcetineras y los paparazis). A veces, sin embargo, se sentía cansado y ansiaba un poco de paz para meditar sobre su futuro. Por ejemplo ahora, ¿cómo haría para avanzar hacia el sur, si el tren sólo llegaba hasta Puerto Montt? El resto del viaje debía hacerlo arriba de su caballo y para abrirse paso por las tierras vírgenes, sólo contaba con una escopeta, municiones y un corbo. Todo lo demás era incertidumbre. ¡Vaya cómo sentía el peso de las ilusiones de todo un país sobre su espalda!

Dejó que el vecino de asiento lo palmoteara y repitiera, una y otra vez, “no estoy soñando, es usted”. Luego de escucharlo, Juan Agustín se disculpó y le pidió permiso para ir al coche comedor. El hombre lo detuvo con las manos. “Lo mínimo que se merece es una invitación a almorzar –dijo con los ojos luminosos-. Así que espere, usted, que le traeré todo hasta acá mismo. Ni se moleste en moverse”. Juan Agustín agradeció el gesto, pero dijo que no era necesario. Él sólo era un funcionario público, como tantos otros, que sólo deseaba servir al país y no ser servido por sus conciudadanos. “Pero no cualquier funcionario público –replicó el hombre-, sino uno que nos permitirá hacer soberanía y engrandecer a Chile”. Entonces, sin la menor intención de claudicar, insistió en su propósito. Para evitar problemas y no aparecer como un engreído, Juan Agustín aceptó su hospitalidad, ante lo cual el hombre se puso de pie y avanzó por el pasillo. Cada cierto trecho, giraba hacia Juan Agustín haciéndole un gesto donde le aseguraba que volvería de inmediato.

Cinco minutos. Quince minutos. Media hora. El tren detenido a la altura de Requinoa y su compañero de asiento no regresaba.  Juan Agustín decidió seguir sus pasos. En uno de los fuelles, se encontró con pasajeros y personal del tren, todos con rostros apesadumbrados y mirando hacia el exterior. Preguntó el motivo de la detención. “Señor –le dijo el conductor-, hemos tenido un grave accidente. Un pasajero cayó desde aquí a las líneas del tren. Falleció en el acto”. Sólo le bastó ver la cabeza engominada, los lentes quebrados y el pantalón gris –el resto del cuerpo estaba cubierto por una manta- para reconocer a su amable anfitrión. Juan Agustín se tomó la cara con las manos en señal de pesadumbre. “¿Lo conoce, señor. ¿Venía con usted?”, pregunta el conductor. “Claro que sí, claro que lo conozco -respondió él, levantando la mirada hacia el infinito-. Ese hombre está allí porque decidió ocupar mi lugar. Yo debería ahora estar cubierto por esas mantas”. En ese momento, Juan Agustín supo que su misión en el extremo sur no podía fallar y que se la dedicaría a su compañero de viaje. Pero no sabía cómo se llamaba…  

-Tincito, ¿por qué salta tanto? –pregunta Pequita, alarmada-. ¿Le duele algo? La fiebre no le ha bajado nada…. Ya pues, dígame qué le pasa…

-¡Ay! –dice Juan Agustín-. ¡Casi me bota del caballo que me llevaba hacia tierras vírgenes!

-¡Pero qué está diciendo! -dice Pequita-. Más encima no tengo cómo tomarle la temperatura. Ya, siéntese y tómese esto a ver si se mejora.

Juan Agustín, con tercianas, recibe el vaso y la tableta. Obedece con tal de recuperar sus fuerzas. Quería salir nuevamente a la caza del mundo. “Quiero mi vida... porque he hecho de ella lo que he querido... porque me he servido los tragos que he recibido... porque he saboreado sus sabores... y porque he sufrido sus resquemores.......así es la vida... y yo la he disfrutado......sin asco... ¡Salud!”.


-Mírenlo, ahora se me puso poeta –dice Pequita-. Tanto que se agita, nunca se le va a bajar la fiebre.



Podría ser el comienzo de su propio “Canto General”. ¡Qué “Canto General” ni que nada! Algo mucho más universal. Su propio “Aullido” sobre la Cordillera o su “On the road” por la carretera Panamericana. “Que bonitas palabras, tío –una voz melosa, de acento castizo de la Madre Patria, lo abordó mientras la brisa marina le daba de lleno en su cara barbuda y de mechas largas-. ¿Son de vosotros?”. 


El beatnik chileno Juan Agustín, la revelación literaria chilena del colorido 1968, giró hacia el costado y se encontró junto a una muchacha rubia, bien nutrida, de carnes firmes, rasgos ovalados, mejillas gruesas y sonrisas de margaritas. Llevaba un cintillo en el pelo, una polera de hilo y jeans ajustados. Antes de responderle, Juan Agustín se la quedó mirando un tanto boquiabierto. Cosquillas en el estómago, nervios de adolescencia. “¿Qué os ocurre, chaval, ¿te habéis quedao mudo?”. Él le pidió disculpas y le respondió que no. Era tan sólo la impresión de ver recortada en el horizonte marino a blonda tan agraciada… Sí, agregó, esas palabras eran suyas, dentro de la posibilidad de poseer las palabras. Improvisadas, eso sí, desde lo más profundo de su alma. Un nuevo silencio permitió oír a plenitud el rumor del oleaje. Si tanto te gustaron mis palabras, dijo al fin, te las regalo. Sólo esas, ahora pensando, porque las de su cuaderno nadie las tocaba. “¿Sois escritor, tío?”, preguntó ella. ¿Escritor?, se preguntó él. Era mucho decir para Juan Agustín. O más bien poco decir. Un cronista del alma, le gustaba más. No quería hacer carrera como un escritor burgués cualquiera, proclamaba, de esos hay muchos. Quería ser libre. Ella le tomó del brazo con sus manos blancas, de uñas largas, con arenilla dentro de éstas, heladas por la brisa, sólo cuidadas por el paso del tiempo. “Y si yo os agarrara ahorita mismo, hasta ahí llega vuestra libertad, chaval.”, le dijo. Juan Agustín se sorprendió. Ella insistió en que le mostrara su cuaderno. Pero él no cedía. Al fin y al cabo era su obra, su creación personal. Pero ella no claudicó. Finalmente, ambos se sentaron sobre la arena de la playa de Horcón, a esas horas en pleno atardecer, acompañados sólo por el esqueleto de una ballena fosilizándose.

Ella comenzó a leer en voz alta. Cuando no comprendía alguna letra o palabra, se volteaba, con su rubio esplendoroso tapándole la cara, hacia el lado de Juan Agustín. Le mostraba con el dedo dónde intentaba leer y no podía, y él le aclaraba. Ella seguía leyendo mientras compartían la humareda volátil que Juan Agustín había rescatado de un rincón vegetal del Aconcagua. “Me gusta este que dice que os sentís cercenado y perdido en el mundo, como la Oreja de Van Gogh”. En su voz, sus textos se volvieron sublimes y melódicos. “Bueno, basta de lecturas”, dijo ella y se levantó de la arena. Se quitó la polera de hilo y los pantalones gastados. No llevaba ropa interior. Despejó con el pie un poco la arena como jugueteando, se levantó el cabella desde la cintura para mostrarse impúdica y respiró profundo. Caminó hacia la playa repitiendo de memoria una de los textos de Juan Agustín, dándole un tono de canción. “Te voy a escribir el poema más lindo del mundooooo…”. Se metió dentro de las aguas. Coreó mientras se dejaba acariciar en cueros por las olas, la marea, la sal marina y las algas de Horcón. Juan Agustín se puso de pie y la contempló hasta perderla de vista. No así el ritmo de sus palabras, que le sonaba una y otra vez, más que un poema, una canción, ojalá cantada en viña un día…

-Ahora está cantando, Tincito –dice Pequita-. Por Dios, que la ha revuelto. Me ha tenido toda la noche en vela. ¿Quiere que le haga coro, acaso? 

-Te voy a escribir la canción más bonita del mundooooo… -repite Juan Agustín negándose a abandonar la antesala del sueño, disfrutando de la fiebre por primera vez en toda la noche.


Para mis amigos Tin y Pequita esta historia distorsionada por la conversa etílica y la lectura de  James Thurber

5 comentarios:

  1. Alucinaciones de la fiebre, con selectos fantasmas invitados, y una arriesgada narración con óptimos resultados que le habría encantado filmar a Raoul Ruiz.

    Muy bueno, estimado amigo.

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  2. Buena la historia! Leída de un tirón, alegre y creativa, ideal para arrancar la mañana. Me gusta el tono general de la historia y los personajes pintorescos. Me encantó :)

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  3. Que buena historia, "alucinante". A ratos me recordaba a Carlos Droguett, con esa proyección hacia la conciencia del protagonista,( si considero su estado febril como su conciencia).
    Me gustó.

    Saludos

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  4. Buena historia! Entretenida y bien lograda!

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  5. mi escritor favorito de Plumas

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