21 de febrero de 2014

La nota azul

PABLO MENDIETA PAZ -.

Músico

"Escuchemos la ‘nota azul’. Cada cual tiene las herramientas para hacerlo en un simple ejercicio: afinar el oído y tratar de tomarla y retenerla mediante las vibraciones y energía que la soportan”.

En música, el término blue viene de la abreviación inglesa Blue devils (literalmente "diablos azules”, que significa "ideas negras”). 

Esta expresión fue nominada por los europeos cuando descubrieron que el mágico origen de la "nota azul” se hallaba en el sistema musical africano de cinco notas; el mismo que luego se expandiría a grupos étnicos de Asia, a la música folklórica celta, y a las etnias de la América situada históricamente en épocas anteriores a la Colonia.

Asegura un estudio que el nombre de "nota azul” o "note bleue” fue el título de una pintura del artista francés Eugène Delacroix, creada mientras escuchaba tocar a Chopin. 

En sutil rectificación de este comentario, cuenta la historia que Chopin, junto a George Sand, solían reunir a amigos en su casa, especialmente a compatriotas polacos bruscamente sometidos al yugo de la Rusia zarista, primero, y luego expatriados a Europa ante la decisiva derrota polaca. 

Entre ellos se destacaba el poeta y patriota Adam Mickiewics que recitaba con encendido ánimo poemas sobre la patria perdida. En esos momentos era cuando Chopin, efectivamente, se acercaba al piano y "tocaba” la soñadora "nota azul”.

Según revela una intensa investigación del psicoanalista francés Alain Didier-Weill, discípulo de Jacques Lacan, la "nota azul” no es una tecla del piano, ni la cuerda de un instrumento, ni las cuerdas vocales, sino un punto que por el tempo, o por la vulneración a las reglas de la armonía, hace escuchar algo nunca oído: lo inaudito (lo nunca oído) ...

Esto es que ese algo, eso inaudito, ciertamente sublime, carcome la densidad del aire, dando evidencia de un sonido especial, de un sonido que atrapa algo tan intangible como la ausencia, análoga quizás –agregamos a guisa nuestra- a la idea de ausencia de Mallarmé, aquella que nos procura lo más íntimo, lo más genuino de todo cuanto hay a nuestro alrededor, la sustancia más límpida de cuanto fue y de cuanto es haciendo oír algo indescifrable; y abriendo, en consecuencia, un espacio más allá del sentido: un auténtico asombro estético que nos desconecta de la lógica.

Continúa el psicoanalista señalando que cuando la música estimula tal agitación (el frenesí de la "nota azul”), se experimentan dos estados de ánimo simultáneos: "una sensación de bienestar y un estado de nostalgia” (tal como aquellas impresiones de felicidad y melancolía coexistentes en el primigenio sistema musical africano).

Y añade que no se puede medir ni comprender la naturaleza de ese "goce nostálgico” (jouissance), abismado en una nada poblada de música que exterioriza un perpetuo éxtasis, una eterna sublimación.

Para el psicoanálisis, ese vacío "pleno”, esa carencia atiborrada de "efectos” es un hallazgo en la estructura de nuestro ser que posiblemente en cierto momento perdió la noción de lo "real” para incorporar aquellas sensaciones de bienestar o de nostalgia. Ciertamente, cuando ya establecida nuestra condición de músicos -creadores o intérpretes-, y abocados en oficio "real” al universo melódico, armónico y rítmico, de pronto nace en nosotros la potente ilusión de alcanzar ese algo que dilucide y le confiera sentido a la frase que creamos o ejecutamos.

¿Y esto qué es? Es la esperanza en la llegada de aquello enigmático, dionisíaco, y aún más, musicalmente orgiástico: la "nota azul”. 

La "nota azul”, entendida como algo de naturaleza extraña e inasible, perfectamente ubicada en algún sitio de nuestro yo interno o de lo que inmediatamente nos rodea, si uno no la siente, o no se respira su insinuación, la mente, abstrayéndose con esfuerzo de todo el torrente de sonidos que la acompaña para poder dar con el mágico punto, suele, extrañamente, permanecer por breve tiempo in albis, un fenómeno recurrentemente comprobado por continuas investigaciones. 

Acerca de este peculiar hecho, es perfectamente comprensible que la ciencia actual cobre aún mayor interés del que le ha conferido hasta ahora a "la nota azul”, y afanosamente busque respuestas certeras que despejen el enigma. 

Tal vez lo logre, pero mientras mayores y más sofisticados fueren los experimentos, la "nota azul” permanecerá perennemente, provista de su magia, de su encanto primitivo, de su cualidad arcana: su invisibilidad es perceptible.

Así, cuando el grueso de los oyentes estamos a la escucha de un vibrante blues, de una improvisación de jazz auténticamente inspirada, de una excelsa obra clásica, o de la primaria música de cinco notas, siempre nos sentiremos tocados por el hecho de que el encadenamiento de las notas por las que nos dejamos llevar nos conduce, sin duda posible, hacia un punto fijo, excitable, donde no es exagerado decir que es como el punto de explosión de los sentimientos, como un efecto de golpe adelantado al propio discurso musical que se está escuchando. 

Esto, a juicio nuestro, no varía en nada a lo que hizo Chopin en la mencionada anécdota, o a lo que -quién sabe- hicieron, o hacen, otros compositores y también ejecutantes. En nuestro tiempo la "nota azul” hace soñar como siempre (jamás dejo de escuchar en mi estudio Blue Train, del saxofonista John Coltrane, un disco del septuagenario sello… Blue Note, en cuyos sonidos capté "la nota azul”). 

Tenemos el placer de sentirla y acariciarla. Mítica, tocada –o cantada-, sin duda que ella ha dado al blues y al jazz en especial, así como a todo otro género, el divino color a los perfumes de la nostalgia. La fascinación de la "nota azul” tiene el poder de transportarnos de un lugar a otro, o de sentir un misterio, cuyo hallazgo nos colma de un placer indescriptible, arropado en dulces sensaciones que nos invaden, y que, en fin, suscitan -como ya se ha dicho- dos movimientos, dos estados "del alma” (una sensación de bienestar y un estado de nostalgia) perfectamente armonizados psíquicamente.

Escuchemos la "nota azul”. Cada cual tiene las herramientas para hacerlo en un simple ejercicio: afinar el oído y tratar de tomarla y retenerla mediante las vibraciones y energía que la soportan, sin descuidarla en ningún momento (concentración), pues es sensible de escapar con prontitud. 

Una vez logrado esto, es cuando acertamos en el sublime punto. Es sorprendente, sin duda, que por el impacto de la "nota azul” el mundo se comunique con todos, las cosas tengan su sentido; los significados de la cadena inconsciente (de lo aquello inconsciente), de mudas que estaban, despierten y evoquen, y lleguemos definitivamente a esas dos maravillosas sensaciones: las de bienestar y de nostalgia.

Imagen: John Coltrane


2 comentarios:

  1. Oír lo inaudito, me gustó mucho eso. Enriquecedora narración, estimado Pablo.
    Un abrazo afectuoso.

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