7 de junio de 2015

Rescatar la memoria

CONCHA PELAYO -.

Érase una vez una niña que creció junto a sus hermanos entre el complejo de inferioridad y la timidez. El complejo, porque para sus padres era una niña tonta, despistada y poco inteligente. La timidez porque esta niña se creía inferior a sus hermanos y por tal motivo no decía nunca nada por temor a hacer el ridículo. Así es que se pasaba la vida cohibida y silenciosa, sumida en sus propias reflexiones. Nada de cuanto hacía era aprobado por los demás. Todo causaba risa y nunca la tomaban en serio. Así es que siempre estaba triste y pensando en lo desgraciada que era. Para colmo, cuando llegó a la adolescencia se había convertido en una niña gorda, gordísima, y cuando pasaba por delante de otros chicos de su edad la insultaban y le decían: gorda, foca, vaca….. No se imaginaban aquellos chicos cuanto la hacían sufrir aquellos comentarios. A veces daba grandes rodeos para no topárselos. Así al complejo de inferioridad que ella tenía se vino a unir el de gorda y no sabía qué hacer para adelgazar. Se quedaba con hambre en las comidas, bebía agua caliente en ayunas, bebía vinagre, hacía gimnasia. Todo le parecía poco para tener otro aspecto pero no lo conseguía. En sus estudios tampoco era brillante pues debido a tantas tribulaciones como tenía no era capaz de concentrarse cuando estudiaba y por consiguiente no asimilaba nada de lo que leía. Cuando aprendía alguna de sus lecciones, como era tan tímida e insegura, cuando la llamaba el profesor para recitar su lección, comenzaba a tartamudear y era incapaz de decir nada coherente. Como consecuencia el profesor la mandaba sentarse con el consiguiente cero.

Para compensar estos fracasos estudiantiles, la niña se hizo aficionada a la lectura y leía cuantos libros encontraba en las estanterías. Así, cuando se refugiaba para estudiar, se llevaba camuflado entre sus apuntes, alguna de aquellas lecturas y así se entretenía y disfrutaba de otras historias ya que no podía hacerlo con la suya propia. En la casa donde vivía, tenía como vecinos a una familia que, casualmente, tenían los mismos hijos, cuatro chicas y un chico, todos de la misma edad que sus hermanos. Se habían hecho muy amigos y solían pasar de una casa a la otra con gran familiaridad. La niña observaba a aquella familia y le parecía que todos eran felices y vivían alegres. El padre era un señor jovial y simpático. Tocaba la guitarra maravillosamente y siempre estaba contento. Además pintaba cuadros hermosos. Sus hijas parecía que tenían una gran confianza con él. Se le subían a las piernas, lo besaban, le tiraban del cabello. Y a él no parecía importarle nada de aquello. Se veía que disfrutaba y seguía los juegos de sus hijas. Cuando se cansaba, les daba un cariñoso cachete en el trasero y las hacía bajar de sus rodillas. A la niña le daba mucha envidia toda aquella familiaridad del padre para con sus hijas. A ella también le hubiera gustado subirse a las piernas de su padre y revolverle el cabello, incluso no le hubiera importado recibir alguno de aquellos cachetes cariñosos. En cambio, su padre siempre estaba enfadado, muy serio y callado, como malhumorado sin saber por qué. Así es que, cuando por motivos de trabajo, se ausentaba unos días, ella se encontraba relajada y tranquila pues nadie iba a recriminarle nada, aunque este sentimiento la atormentaba pues sentía remordimiento de conciencia por alegrarse de la ausencia de su padre. Comprendía que esa sensación de alivio no podía ser normal y se sentía un poco culpable. Tampoco su madre parecía ser feliz pues las rarezas de su padre también la alcanzaban a ella. Podría decirse que la felicidad en aquella familia brillaba por su ausencia. Así iba creciendo la niña. Se daba cuenta de que en la calle, con sus amigas y con personas ajenas a su propia familia, se desenvolvía con mayor soltura, incluso tartamudeaba menos. Por tanto su personalidad se desarrollaba de dos maneras distintas. En su casa era callada y tímida y ya no se molestaba en tomar otra actitud. Fuera de su casa, en cambio, comenzó a ser dicharachera, espontánea y juerguista. Parecía como si quisiera compensar todas las carencias de las cuales adolecía en familia. No obstante, a medida que fueron pasando los años, fue adquiriendo algo de confianza con su madre y con sus hermanos, pero no con su padre. Nunca tuvo la oportunidad de mantener una conversación. La falta de confianza entre ambos, era absoluta. Naturalmente, todo esto le causaba una gran inquietud y pensaba sí tendría ella la culpa. Intuía que esas relaciones entre padres e hijos no podían ser normales y se atormentaba a sí misma pensando en qué habría fallado ella y qué podría hacer para mejorar la situación. Pese a todo, en el fondo de su corazón, empezaba a compadecer a su padre pues lo veía siempre muy solo y en silencio. Cuando regresaba del trabajo cogía su periódico y se ensimismaba en la lectura. No hablaba nunca ni con su mujer ni con sus hijos. Cuando se sentaban a la mesa para el almuerzo, si alguien quería comentar algo lo mandaba callar inmediatamente. Parecía molestarle mucho los murmullos de las conversaciones. Tan sólo se oían el tintineo de los cubiertos sobre los platos. En cambio, todos sabían que con sus amigos era muy distinto, simpático, alegre y muy ocurrente. Fueron pasando los años y todos los hermanos crecieron y se hicieron mayores hasta formar sus propias familias. Aquellos problemas e inquietudes de la niña, con el tiempo, fueron desapareciendo aunque, inevitablemente, marcaron su personalidad y carácter. Ahora, ella también tiene su propia familia, marido e hija a la que trata de educar en confianza y libertad para que su personalidad se desarrolle normalmente y no llegue a tener los complejos que ella tuvo. Querido padre: No sé si esta historia que relato serás capaz de relacionarla con algo. Ahora estoy escribiendo con el corazón desgarrado por el dolor. Casi podría decirte que estoy llorando tu muerte, padre. Querría decirte tantas cosas…explicarte el porqué de mis tristezas…Esto es un anticipo –lo sé- del dolor que sentiré cuando te hayas ido para siempre. Dolor, no por la separación definitiva, ya que, prácticamente, ahora es como si estuvieras separado de todo y de todos, muerto ya; sino un dolor hueco, vacío, al comprobar que hemos pasado tantos años juntos y no he sabido hacerte llegar ninguno de mis sentimientos. Creo que cuando un ser querido se va para siempre, se sufre su ausencia, pero si esta ausencia está compensada por el convencimiento de haber sabido darse del todo a esa persona en vida, el dolor no será tanto ni tan intenso. En cambio, si a la ausencia física añadimos la certidumbre de haberle privado de todo aquello que pudimos dar y no dimos, el dolor es mucho más completo ya que no queda la esperanza de la rectificación. Mi querido padre, a estas alturas, todos nosotros hemos llegado demasiado tarde. Tu mente ha puesto infranqueables barreras entre tu persona y nosotros, tu mujer y tus hijos. Esta enfermedad que te está minando poco a poco, sé que te produce una inacción total de cuerpo y de alma y que, me consta, tu sensibilidad se ha agudizado de tal forma, que sólo experimentas sufrimiento. Un sufrimiento angustioso que te está transformando el semblante. Tu soledad, intuyo, es demasiada para soportarla tú solo. Y nosotros no podemos ni sabemos cómo mitigarla. No hemos sabido hacerte feliz. Ahora, cómo me gustaría llevarte un poco de felicidad –si tú me lo permitieras- en los años que te resten de vida. Me gustaría tener la suficiente confianza contigo para acariciarte la cabeza, para darte un abrazo espontáneo. Padre, esto lo he deseado siempre, pero la falta de comunicación que hemos tenido me lo ha impedido. Ahora te has aislado de todos los lazos amables que antes tenías y sufres la más terrible de las soledades. Padre, ahora, por fin, tengo la confianza y seguridad necesarias para abrazarte, para tomarte del brazo y para pasear juntos, para acariciarte los cabellos y besarte en la frente, para rodear tu cuerpo con mis brazos. Ahora puedo mirarte a los ojos fijamente sin asustarme, ahora solo me asusta tu mirada perdida. Ya no me escuchas, aunque te hablo y te digo que te quiero. Tú ya no me haces caso, no te inmutas. A veces sonríes, pero de una manera mecánica y dices cosas completamente incoherentes e incomprensibles. Ya no sé si sientes algo. A hora también puedo darte de comer y compruebo que no puedes controlar tus apetencias. Cuando terminas, te llevas los dedos a la boca en una actitud de seguir comiendo. Ya ves padre qué triste es ahora nuestra relación. Tengo los ojos cerrados, padre, y estoy mirando tu cara y esos ojos tan enérgicos que al mirarlos, cuando niña, me asustaban. Tengo los ojos cerrados, padre, y veo tus manos que se agitan, que solicitan, lánguidamente, caricias. Han huido, padre, de ti, aquella energía, aquella personalidad, aquella hidalguía, aquella simpatía que tenías para con tus amigos, aquél carisma sin igual… Tengo los ojos cerrados, padre, y te quiero, aunque nunca haya sabido demostrarte, ni tan siquiera decirte, que te quiero. 

A LOS AMIGOS DE PLUMAS Esta historia que escribí hace más de treinta años refleja algunos datos de mi infancia y la enfermedad de mi padre que murió de Alzheimer. Si bien esta enfermedad aparece y es visible en un momento dado de la vida, es muy probable que sus síntomas comiencen mucho antes de ser diagnosticada.


Pintura: Fanny Brate

3 comentarios:

  1. Se puede ver claramente que estás escribiendo con el corazón en la mano, hay pena y mucha angustia en el relato. Pero también mucho amor. Gracias por compartirte Concha.

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  2. El rebote del cariño expresado a deshora, cuando una enorme pared desmemoriada se ha interpuesto ante ese grito de amor. Al final quedan las palabras reconstructoras del tiempo perdido, intentando explicar el conjunto, clarificando razones, resarciendo injusticias, dándole voz a los silencios.
    Bello y triste escrito, querida Concha. Gracias por compartir algo tan íntimo con nosotros.

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  3. Dura historia, conmovedora. Saludos.

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