El diablo advirtió

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Los acontecimientos de estos días en la lluviosa capital del país, durante los cuales los colombianos hemos ejercido hasta la saciedad el viejo, incontinente, oficio sin oficio, de hablar con énfasis de dogma de cuanta evidencia y cuanto misterio nos propone la vida, desde el sorpresivo embarazo de la hija de la vecina, hasta la causa de desaparición de una nave gigante del aire en un mar remoto, quizá permitan meditaciones apreciables.

Podrían sumarse a ese delirio hipócrita de extremar todo, pena de muerte para los violadores de cajas fuertes de la castidad; muerte política para los congresistas que hacen una recomendación; el calabozo de las Bóvedas para los funcionarios que interpreten distinto al interés lucrativo una norma; muerte al honor y a la vida de las madres que expulsen el feto malformado y de punible origen. Y una larguísima tira de huevos de iguana con penas, sanciones, impedimentos, amenazas, que nunca se pensó serían aplicables y que en las disparatadas competencias de reglas escritas nos conceden el premio mayor de la mentira y las ventajas.

Esas leyes absurdas, contra toda presunción civilizada, apenas sirven para que aquello denominado el poder se perpetúe en su arrolladora aplanadora de virtudes. Por eso, apenas, hay que cambiarlas y volver a la letra de entendimiento accesible al ciudadano, de prístina expresión y claridad que ciega al criminal e ilumina la mente al miembro del común.

Así se observa la empecinada tensión de quienes quieren gobernar sus municipios y deben enfrentarse con la corporación municipal que todavía se llama Concejo. Tensión que, por cierto, se reproduce con costos económicos, morales y políticos incalculables en los otro órdenes de la organización territorial.

Nadie vislumbró hasta dónde llegaría el fenómeno de corrupción que hace años Carlos LLeras Restrepo denunció con el mote de clientelismo. Este hombre creador del concepto constitucional de plan de desarrollo, nunca logró que los honorables le aprobaran uno. Se trataba de una ruta de gobierno donde los que saben diseñarán las líneas fundamentales que requería un desarrollo posible dentro del sistema que los colombianos escogimos para ser gobernados y vivir en convivencia. No para ser engañados y morir en injusticia. Dicho plan sólo consiguió aprobación cuando se motiló lo importante y se le dio un poquito a cada gestor de la voluntad popular. Una estatua en Turbaco. Un jardín en una Normal. Un carreteable. Media hora de agua insalubre.

Entonces qué ocurre? La gente votó por un Alcalde y su programa. Y resulta que los Concejos impiden la realización de esos programas. Sobretodo cuando se trata de líderes cívicos, sin partidos. Es difícil entender si esto es lo que llaman equilibrio democrático: uno propone con fundamento en lo que escogió el pueblo, y otros con ofertas electorales particulares se amangualan para negar y entorpecer. Le pasó a Mockus, a María Mulata, a Petro.

Por supuesto esto implica aceptar que la concepción de partidos políticos está extinta. Y que es hora de buscar formas políticas nuevas que recuperen la ilusión del ciudadano y nos permitan participar de una vida verdadera sin trampa y sin estafa.

Imagen: Bogotá

Publicar un comentario

2 Comentarios

  1. Asi pasa en todas partes, nosotros ponemos el voto de confianza aunque con cierta desconfianza pero ello hacen lo que les da la gana.

    ResponderEliminar
  2. Avanzamos necesariamente hacia una forma muy distinta de entendernos políticamente, porque la que usamos hasta ahora está haciendo agua por todos lados.
    Excelente artículo, estimado Roberto.

    ResponderEliminar