2 de marzo de 2014

El juego onírico del soñador más antiguo

MANUEL GAYOL MECÍAS -.

Es en el juego, en su revoltijo del orden y el desorden, que surge el sueño, y lo hace como el impulso creativo de la imaginación de Dios. El sueño es como la visión del No-tiempo, un ángulo que se va abriendo hasta hacerse círculo, total y abarcador, de Dios mismo; pero encaminado —en su principalísima misión— a romper la soledad, a llenarse plenamente con la creación de su propia imaginación. “Salirse de la soledad” es un acicate para toda creación, y Dios —hasta donde podamos comprender— lo resuelve a través de su juego onírico. Por eso hizo la luz en su Creación, y no solo para salirse de su propia soledad, sino además para llenar con su fluido de sueños (fotones de sueños, podríamos decir, y cada sueño es una historia) los vericuetos de la Nada. Cada cosa, cada movimiento, cada materia, cada mundo invisible, subjetivo, intangible, cada ser, cada criatura; totalmente cada una de las cosas, orgánicas e inorgánicas, pensadas, imaginadas, latentes que rodean a Dios son un sueño en sí mismas, que de muchas maneras han partido de Él.

Nos perdemos y encontramos en el sueño del dormir y en el sueño de la vigilia, también en el sueño crepuscular de la duermevela. Añoramos sentir la inminencia del abismo, adentrarnos en los peores recovecos de la sinrazón; bucear la irrealidad de la locura (o si pensáramos en Eckhart Tolle, habría que decir: en la realidad de las manifestaciones mentales de este mundo, perdido en nuestra incesante mentalidad, que es la verdadera locura) cuando presentimos que dentro de esa “irrealidad” de juego onírico vivimos en otras dimensiones. Pero en las circunstancias de lo corpóreo, a veces, no sabemos de qué dimensión venimos, desde cuál conjunto de coordenadas proceden nuestras ansias más remotas. Lo más verídico que nos sucede siempre es darnos cuenta de que sentimos, de que quizás en un muy lejano punto de los confines siderales nacimos como una predilección que tuvo Dios para consigo mismo, y que en un momento de su sueño eterno nos dio la vida, el movimiento, el calor del fuego, en su afán divino por desdoblarse (Dios) en ínfimos pedazos de libertad.

Dios se desmembró entonces en infinitas intuiciones, iniciativa diversa de la Creación. Le gustó el juego con los sueños, y lo valoró, entre el concepto y la praxis; se desplazó de la teoría de sí mismo a la aventura enriquecedora de lo que quiso imaginar a profundidad. Ensayó el albur de un futuro cósmico con la antigüedad de haber sido su propia Nada. Y es que en el indescriptible manto divino de los espacios (cualquiera de los universos, incluyendo el ciberespacio) no hay caída, o sea, de la misma manera que en Dios no hay Tiempo, no hay Historia, tampoco hay caída (en lo que atañe a la infinitud de todos los universos, repito), no hay caída ni subida, no hay ni arriba ni abajo, no hay de los costados; no hay horizontalidad ni verticalidad, solo un centro del presente donde no existen las distancias.

Pero el tiempo humano, dentro de nuestra propia evolución (de lo material a lo espiritual) se deshace en la medida en que, a través del dormir de cada noche —y que puede ser el presente que cada día vivimos sin tener control de él—, nos adentramos en el sueño cósmico, y llega el momento (que no se puede determinar porque perdemos la noción de lo medible) en que nos despojamos de nuestra carnalidad, de nuestra forma particular, para convertirnos en la formación —múltiple— de todo lo que queramos ser. Somos ahora energía y solo tenemos la disyuntiva divina de encontrar el punto Omega (ese que nos propuso el sacerdote Pierre Teilhard de Chardin).

El sueño así es representación de los laberintos, y es en él mismo (en su calidad de sueño de Dios) un laberinto divino, el más divino, el más impensable, el que aborda y desborda todo juego que se ha podido pensar, imaginar y aun aquello que no se ha imaginado. Por eso el juego entraña el sueño y viceversa. Y es en este juego onírico donde surgen las categorías de la narrativa y lo poético, cuando narramos nuestro propio sueño y cuando sentimos lo inefable de nuestra propia y lejana potencialidad poética.

Ahora bien, para que el juego y el sueño tengan razón divina de ser es imprescindible la más alta ley de Dios: la Ley del Libre Albedrío, que permite que uno y otro (el juego y el sueño) puedan darle paso a una creación verdaderamente compuesta de “lo armónico” y “lo antagónico”.

Imagen: Salvador Dalí

1 comentario:

  1. Aún para un descreído, un tremendo texto sobre la trascendencia. Aplausos.

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