22 de marzo de 2014

Heriberto Penosi, el coleccionista de fracasos de la calle Madariaga

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Sabido es que entre la fauna masculina de Lanús es muy común encontrar a personajes que hacen de sus conquistas amorosas un tema de conversación repetido. Algunos de ellos no sólo enumeran sus logros, sino que – además – no se sonrojan a la hora de contar los detalles más íntimos.

Tal vez por ello se fundó la asociación ¨Lengua ´e trapo¨, donde estos personajes se reunían a compilar sus atracos voluptuosos. Pero, por suerte o por desgracia, aquella entidad se agotó en sí misma. A los tres meses debieron cerrarla. Ninguno de los que allí concurrían estaban interesados en escuchar las historias ajenas, sino en contar las propias. Aquel lugar se había convertido en una especie de manicomio donde todos hablaban a la vez sin que ningún oído recibiera ajenos relatos.

En las antípodas de los infames contadores de amoríos provechosos estaba Heriberto Penosi, el coleccionista de fracasos de la calle Madariaga.

Y, contrariamente al caso de los miembros de ¨Lengua ´e trapo¨, cuando un hombre cuenta sus derrotas en las lides del romance nunca faltará un oído presto a escuchar una buena historia de desamor: Un mozo empecinado en emborrachar a su cliente, una vieja con ansias de nuevos chismes para compartir en la peluquería, un grupo de muchachones ganosos de mofarse de alguien o – muy cada tanto – algún amigo dispuesto a escuchar en respetuoso silencio.

Los muchachos de la Barra Poética estaban entre estos últimos. Heriberto se acercaba cada tanto a la casa del poeta Edmundo Morales a contarle cada nueva decepción amorosa. Luego, lo normal era que se arrimaran a la terapéutica reunión Heráclito D´Exceso y el Tano Brazzutto, hombre sensible pero excesivamente asertivo. Prueba de ello, el comentario poco alentador que le regaló a Heriberto un sábado a la tarde:

- Pero, Heriberto! Al final…vos no la ponés nunca, che!

Sin embargo Edmundo Morales era mucho más paciente para estas cuestiones y cada tanto aconsejaba a Heriberto, aunque sin muchos resultados.

Una tarde Penosi le pidió al poeta que lo ayudara a escribir un libro donde Heriberto relataba y enumeraba sus derrotas amorosas. El poeta, mitad por solidaridad y mitad porque no tenía un carajo que hacer, aceptó. Incluso – pa´despuntar el vicio - se permitió narrar algunos de los casos en verso. 
De aquel trabajo surgió el libro No me levanto ni a la mañana, del cual extractamos algunos fragmentos.

¨Teresita era la más bella de todas. Durante tres meses le escribí anónimas cartas de amor; durante otros cuatro le envié rosas a su casa.

Un día la vi salir de la casa de Cacho Artazzi, tomándole la mano, sonriendo y murmurándose reciprocas cosas al oído.

Algunos días después, me contaron en el Bar ´El vómito¨ que Teresita había creído que Cacho era el remitente de las cartas y las rosas, y que después de misa – no perdió el tiempo - y se lo garchó en la sacristía.

De ahora en más, firmaré las cartas que envío¨.

Pero de antología fue aquel fragmento donde Heriberto – a travès de la pluma del poeta Morales – relataba su desencuentro con Mariana:

La más bella entre las bellas,
diminuta flor del alma.
Me acerqué a ella con calma
bajo un cielo hecho de estrellas.

Le ofrecí mi amor transparente
Más respondió en tono duro:
¨Tomátelas, pelotudo!
Estoy esperando a un cliente¨

Cómo saber, Dios del cielo,
que aquella flor diminuta
me resultó flor de puta…
…y yo que ando sin dinero...

Lo extraño fue que aquel libro se vendió como pan caliente y – ¡ vaya paradoja! – el constante fracaso de Heriberto terminó siendo la clave de su éxito.

Porque así como el libro comenzó a venderse, las mujeres comenzaron a llegar a las puertas de la casa de Heriberto.

A un año de publicado aquel engendro quejumbroso, Heriberto Penosi ya coleccionaba más amoríos que fracasos amorosos.

Y así como un Marxista de débiles convicciones que gana la lotería y se convierte en un burgués, Heriberto se convirtió en otro de los tantos paparulos que andan por los bares contando sus conquistas.

Dicen que en lugar de esa honorable traza ruinosa que antes llevaba, hoy ostenta aquello que Rimbaud solía llamar ¨La horrible risa del idiota¨.

Ilustración: Pablo Gallo

6 comentarios:

  1. Debiera disculparme por reírme a carcajadas de las cuitas del señor Penosi. Excelente nuevo capítulo del Atlas Desmemoriado, amigo Edu.
    Un abrazo fuerte

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  2. Ría con ganas, amigo Jorge! Un abrazo agradecido pata usted.

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  3. LUIS3/4/14

    Que buena historia trajo, una vez mas,amigo Eduardo.

    saludos

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    1. Gracias, Luis. Por leerme y por la crítica generosa.

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  4. a ud. le temo, Molaro, porque es el hombre que me hace reír y bajar la guardia

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    1. Caramba, Pirugenia! Me sonroja usted!

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