1 de marzo de 2014

Puntadas

ENCARNA MORÍN -.

Me desplazo de un extremo a otro de la ciudad cada mañana en el transporte público. Lejos de 0bservar lo que ocurre a mi alrededor, me abstraigo, con cualquier cosa que centre mi atención, más allá de esta rutina previsible. Cada día suben casi las mismas personas para hacer idéntico trayecto. No nos saludamos, pero es como si fuéramos viejos conocidos. A las 9.30 de la mañana subo en el bus de vuelta a casa, tras una noche convulsa que no me permite dormir. El señor Lucas duerme poco y mal. Hay que cambiarle pañales a las tres de la madrugada, darle su infusión a las seis y acercarle sus pastillas. El día en que por fin descanse me voy a quedar sin trabajo, pero se habrá terminado su agonía sin sentido.

En la parada del mercado sube una hermosa mujer joven con cara de cansada. Se dirige a su trabajo, que ella delicadamente llama de “señorita de compañía”. Antes ha dejado a sus dos hijos en la puerta del colegio. Es curioso, yo siempre relacioné este tipo de actividades con la noche, pero ella trabaja de día. Escuché sin querer alguna de sus conversaciones telefónicas mientras estaba sentada a mi lado. Yo fingía leer y ella hablaba con su ex marido en un tono de enfado iracundo. Peleaban por asuntos domésticos propios de una pareja que está con la herida de la separación reciente a flor de piel. Es lo que pasa, me veo obligada a escuchar historias tristes, aburridas y conversaciones absurdas. Los viajeros hablan alto, o bien conversan por su teléfono móvil como si la persona que está al otro lado de la línea fuera sorda. 

Mientras doy puntadas a mi cartera rota, hago recuento mental de lo me espera el resto del día para terminar de hacer los tramos de esta maratón que es mi propia vida. Tengo que pasar a comprar el pan. Mi momento tranquilo es el café de las diez con dos rebanadas de pan con manteca y mermelada. Luego he de ordenar el cuarto, poner la lavadora y organizar el escueto espacio en el que vivo con mi hija y mi nieto. Una pieza grande con el baño al fondo del pasillo y la cocina compartida con los otros inquilinos. He logrado sentir que este es mi hogar, aunque no se parezca ni remotamente a mi casa de Valparaíso. 

Di tantas puntadas sin aguja, hice tantos planes que salieron volando por la borda el día en que a Carlos le dio el infarto, que ya solo pienso en el presente y poco más. A veces siento que tras su muerte, sobrevivo únicamente por la sensación de que no puedo dejar a mis hijos, aunque sean mayores, aunque vivan independientes. Creo que aún me necesitan y por eso tiro hacia adelante.

No me explico de dónde sale mi coraje. Nadie lo diría, pero mi cuerpo no responde demasiado. Mis piernas se tambalean y a veces pierdo el equilibrio. Por suerte no llego a caer al piso, aunque me siento frágil. Intento que nadie se percate de ello, o me quedaría sin trabajo. Mi pensión no contributiva tardará varios meses en llegar. Por culpa de mi honestidad y mi desconocimiento de las leyes, la perdí y ahora trato de recuperarla. 

“La vida es como una moneda, que con la misma se da la vuelta en cualquier momento” decía sabiamente mi marido. Nos tocó vivir épocas convulsas en nuestro país. Si él no hubiera fallecido de manera repentina aquella mañana de domingo, habríamos realizado el viaje de nuestros sueños con los chicos. Una furgoneta grande recién comprada esperaba en el garaje. Hacíamos preparativos para recorrer varios países y disfrutar de nuestras merecidas vacaciones. 

Después de aquel trágico día caí sumida en una profunda depresión de la que aún no he logrado salir del todo. Me salvan las ganas de vivir. Por los chicos yo voy donde haga falta. Llegué a esta ciudad y me enamoré del clima, así que eché anclas y decidí quedarme por un tiempo que ya va para diez años.

La señora mayor que casi se tambalea sujetando la barra, rehúsa el asiento que amablemente le ofrece un joven africano. Debe pensar que tampoco es tan mayor. Eso mismo pensaba yo de mi misma, hasta que he caído en la cuenta de que en todos lados me llaman “señora”.

Una joven ocupa el asiento de su izquierda con el bolso, y nadie se atreve a decirle que lo retire. Debe ser que le molesta sentir tan cerca el contacto de un ser humano desconocido. 

Dos vecinas despotrican de los políticos. Es un tema muy recurrente. Nadie admite entender de política, incluso todos parecen querer participar del juego, pero existe un descontento general. La conversación se zanja cuando una de ellas dice la también socorrida frase de “Si no vas a votar no tienes derecho a quejarte”. Este tipo de conversaciones me enerva. Me siento reviviendo viejas historias de mi país y pareciera que por un karma de la humanidad, una y otra vez nos toca ser actores de la película fatalista de una realidad distorsionada.

Mucha gente lleva su móvil en la mano y teclea conversaciones. Mi teléfono es de esos antiguos, sin conexión a internet. En uno de esos frenazos imprevistos, a la joven que alquila su cuerpo, se le cayó el suyo en mi regazo, motivo por el cual entablamos una fugaz conversación. Tiene unos ojos de un verde tan intenso, que hasta deslumbra. Sin embargo, su mirada traspasa la frontera del cansancio. Tira de una prole de hermanos y hasta de su propia madre, que finge no saber de dónde llega el dinero que gasta a mansalva. Tiene pareja formal y ha perdido la custodia de sus hijos, aunque pasa con ellos algunos días a la semana. Está anestesiada contra el dolor y dice dejar su alma en la puerta cuando entra en lo que ella denomina su lugar de trabajo. 

Desde ese día nos saludamos con la mano, aunque jamás ha vuelto a conversar conmigo. Siempre va impecable, maquillada y vestida como si fuera a una fiesta aunque hace unos día tenía una curita en el cuello. La miro discretamente y no dejo de pensar en mi propia hija. Debe tener la misma edad que ella.

Hoy ha entrado en la guagua un grupo jóvenes que hablan en inglés y tienen aspecto de venir de un lugar frío. Son rubiecitos y de piel muy blanca. Por acá les llaman los Erasmus. Como casi todos los extranjeros buscan el sol y la playa, mientras terminan su último año de universidad. 

Mi parada está ya próxima, casi he terminado de dar las últimas puntadas a mi cartera. Le tengo cariño por todo el tiempo que lleva conmigo. El trayecto hoy se me ha hecho un poco corto… 

Lo inmediato ahora es llegar a fin de mes con lo que esta gente me paga. No es mucho, pero menos da una piedra. No puedo permitirme casi ningún extra, pero tampoco eso es para mí una prioridad. De alguna manera todo se termina por resolver. Debe ser que alguien nos cuida desde ese lugar del cielo en el que habitan las almas buenas. Veré crecer a mis nietos y despediré en algún momento a don Lucas. Sigo soñando con retornar a mi país algún día… ya ni siquiera me importa el clima.


Fotografía: Kristhóval Tacoronte

8 comentarios:

  1. "El día en que por fin descanse me voy a quedar
    sin trabajo, pero se habrá terminado su agonía
    sin sentido." (!!)

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  2. Me gustó mucho el relato, claro y sencillo sin palabras de más ni de menos; no se si es verídico pero lo parece. Un saludo.

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  3. Como la mayoría de las historias de ficción, atrapa retazos de realidad. Pero se se consigue que parezca verídico... es un honor para quien lo escribe. Saludos.

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  4. Anónimo2/3/14

    Tristeza y desolación, realidad cotidiana de mucha gente de la gran ciudad, relatada con ilustraciones de pinceladas grises y trazos mínimos. ¿Verídico o ficción?... importa... creo que a todos nos resulta conocido.
    A veces mejor olvidar.
    Williermo

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  5. "Anestesiados contra el dolor..." Realista e impecable narración. Los días duros, los días aciagos, se vive igual, se vive por algo, y a pesar de tantas cosas.
    Un abrazo afectuoso, querida Encarna.

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  6. Anónimo3/3/14

    Me ha encantdo tu relato Encarna. Medio real medio ficción, como tú dices, ha logrado desplazarse en el lugar y en el tiempo como si yo misma estuviera presente. Relatos cortos, claros y de gran contenido, eso es lo que me cautiva.
    Saludos

    Juani G.

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  7. Soli Cillero3/3/14

    Como cuando era niña, muy niña, y mi madre encendía un viejo transistor...de él salían historias que llenaban
    la noche. Historias de personas, pensamientos en voz alta... Tu historia me es muy familiar, como aquellas conversaciones que yo escuchaba y los adultos no me permitían...palabras sueltas: pena...tristeza...pobreza...esperanza. Gracias Encarna, me encanta porque parece que no está terminada sino cuando alguien la lea!!!

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  8. Gracias amiga por abrirnos los ojos y la mente un besote

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