18 de marzo de 2014

Solo fue amor

ENCARNA MORÍN -.

Cuando una parte de ella renunció a la vida, no fue precisamente en el momento en que su corazón dejó de latir. Había ocurrido muchos años atrás, cuando tuvo que prescindir de su gran amor.

Pasado el tiempo, se dejó caer en una especie de demencia que diagnosticaron como Alzheimer. Era una manera como otra de no dar explicaciones a sus excentricidades. Terminaba a veces en mitad de la noche con los pies sumergidos en el mar, dejando que las olas los acariciaran suavemente, pensando en él de manera obsesiva, mirando retrospectivamente una vida que ya sería irrepetible. Recordando cada nota de “El breve espacio en que no estás”. Intentando que no se borraran de su memoria los detalles de sus escuetos momentos de intimidad verdadera.

Él adoraba a Katherine Hepburn y decía haber estado perdidamente enamorado de ella desde su juventud. Reconozco que a mí también me sorprendió el día que contó públicamente su adoración por Kate. Aunque hubo un tiempo en que llegué a ser su confidente, admito que no lo conocía tan bien como yo pensaba. Con el tiempo comprobé que no lo llegué a conocer en absoluto, aunque si fui testigo de alguna de sus reacciones imprevisibles.

Por su vida pasaron varias mujeres: interesantes, atrevidas, valientes, fuertes, hermosas, vulgares…cada una de ellas tenía algo de Katharine pero estaban al alcance de la mano, por tanto, carecían de misterio. El mito vivía consagrado en su corazón. Sus escenas favoritas estaban casi todas recogidas en “El estanque dorado” película que su adorada rodó siendo ya casi una anciana, aunque para él seguía siendo hermosa, espléndida y misteriosamente interesante.

Dispuesto a enamorarse cuantas veces Cupido tocara a su puerta, se entregaba en cuerpo y alma, con la salvedad de que por encima de cada amor más o menos fugaz, estaba su vida familiar consolidada y su señora esposa, a la que por nada del mundo renunciaría. Podía tener grandes diferencias con ella, pero le daba la seguridad y la paz que ninguna de sus eventuales amantes jamás pudo inspirarle.

En el devenir de la vida, nos alejamos y no volví a saber nada de él, hasta aquel día en el tanatorio, en el que por accidente escuché aquella conversación que relacioné con él.

-Mi pobre madre era muy alegre y divertida, todos la recuerdan así, aunque en su última etapa su enfermedad la envolvió en una nebulosa. Realmente no sé si fue feliz, supongo que sí. Últimamente hablaba mucho de su único amor, que obviamente no era mi padre. Estuvo locamente enamorada de otro hombre, que al parecer le correspondía. Era un amigo de la familia por lo que no dieron rienda suelta a su amor. Sintonizaban muy bien el uno con el otro, pasaban buenos ratos juntos, como dos almas gemelas, se entendían hasta en la distancia. Aunque ella se fue de este mundo sin haber podido disfrutarlo. A mí no me va a pasar lo mismo, eso es lo que he aprendido de la historia de mi madre. Si el amor toca a mi puerta, yo saldré a recibirlo con los brazos abiertos.

La ahora difunta, era ya una mujer madura con cuatro maravillosos hijos y un matrimonio más que estable, cuando se encandiló con él. Interesante, atractivo y casi quince años más joven, llegó a su vida como un vendaval. De pronto salir cada mañana al trabajo era más que interesante: suponía encontrar su mirada cómplice en aquellos pasillos. 

Todo empezó cuando en uno de esos cafés de sobremesa hablaron de Katharine, a la que los dos admiraban. Él por razones obvias, ella por considerarla una mujer valiente, fuerte, y fatalmente enamorada de Spencer Tracy, con el compartió años de su vida, pero con el que no se casaría jamás porque él era católico y nunca se divorció. El folletín de similitudes estaba servido.

No pensaba tener una aventurilla, pero la tuvo. Resultó casi imprevisto que aquella comida de trabajo terminara a altas horas de la noche, y que él hubiera ido sin coche. Se ofreció amablemente a llevarlo hasta su casa, como tantas otras veces había hecho en días laborables.

-Me coge de camino, vamos que te dejo en tu portal.

-¿De verdad que no se te hace tarde?

-No hombre, claro que no. Ya sabes que mañana no hay que madrugar.

-Bueno, si te digo la verdad, confiaba en que tú terminarías acompañándome. Siempre tan gentil y tan amable. Te lo agradezco.

Y en mitad del primer semáforo en rojo él toco su pierna derecha, deslizándose progresivamente su mano en sentido ascendente.

Comenzó a temblar como una hoja, había soñado tanto con él, que tenerle tan cerca ahora, le daba vértigo. En el primer lugar semi oscuro que encontró al borde de la carretera, aparcó su coche. Y un caluroso abrazo la acercó a aquel olor familiar y deseado. Sus labios se encontraron con pasión y las palabras no salieron de sus gargantas hasta varios minutos más tarde.

-Creo que me he enamorado de ti sin buscarlo. Tu alegría, la manera que tienes de contar historias divertidas, esos ojos azules inmensamente dulces… me han atrapado. Confieso que me sorprendo pensando en ti a todas horas, aun cuando reconozco que lo nuestro no es posible.

-No pienses… no es momento de pensar. Vivamos esta deliciosa locura mientras sea posible -respondió ella-

Pero no la vivieron mucho más allá. Decidieron de mutuo acuerdo ser discretos, respetar a sus familias estables que incluso eran amigas. Y se querían en secreto. Ella le amaba con locura, sufriendo un poquito cada vez que adivinaba que andaba metido en una nueva aventura. Aquella renuncia fue la experiencia más dolorosa de su vida.

Pasaron a engrosar mutuamente la lista de sus mitos, ocupando para siempre un lugar en la vida del otro. Le quiso de forma silenciosa y apasionada, le extrañaba constantemente, soñaba despierta mientras pensaba en él. Su vida, desde entonces, tendría un nuevo sentido a veces un tanto trágico. Cuando recordaba sus escasos momentos de encuentros furtivos cuerpo a cuerpo, se tranquilizaba a si misma diciendo: “No era sexo, solo fue amor”.

Cuando apareció su enfermedad se libró de tanta culpa, de tanto secreto y de tanto silencio. Por fin pudo darse el permiso para hablar y clamar al mundo su dolor. Para entonces, él había logrado recuperar su endeble estabilidad familiar. Después de ir y venir de un lado a otro, se hizo el firme propósito de ser un esposo ejemplar. Su lista de amantes eventuales se limitó a una única superviviente, además de la diosa del celuloide, por la que habría de suspirar eternamente.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

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