16 de abril de 2014

Inclúyanme afuera

GONZALO LEÓN -.

En la última semana de marzo y la primera de abril se vivió una ola de linchamientos en Argentina. Desde finales del 2013 ya han pasado varias olas –de calor, con sensaciones térmicas en diciembre que se elevaron sobre los cuarenta grados, y de inestabilidad económica, que a finales de enero implicó una devaluación–, sin embargo la de la inseguridad ha sido la que más me chocó. Si mal no recuerdo, comenzó con el discurso de la Presidenta Cristina Fernández para inaugurar el año legislativo el 1 de marzo: ya ahí los medios opositores dijeron que la Presidenta no se había referido a dos temas muy importantes: inflación e inseguridad. En ese momento no entendí por qué estos medios pretendían, seriamente, que Cristina recogiera una agenda tan conservadora como la de la inseguridad; ningún Presidente en sus cabales habría recogido una agenda reaccionaria si su programa o modelo fuera progresista. Periodistas, presentadores de TV, columnistas de diarios, opinólogos, gente del espectáculo, imbéciles de toda calaña equiparaban las mentiras de las cifras de inflación con una minimización del problema de la delincuencia. Y como a partir de febrero las cifras de inflación habían vuelto a ser fiables después de siete años, ahora había que ir por otra cosa que empezara con “in”, y cayó la inseguridad.

Pero antes de la inseguridad cayó el narcotráfico, y a esto ayudó que estaban dando una serie sobre Pablo Escobar en Canal 9 y a un par de documentales en el cable. De pronto fue común hablar de los narcos colombianos que vivían en Argentina, historias increíbles que dejaban una sensación como de película; se mencionó desde luego que la familia de Pablo Escobar residía acá desde hace un tiempo. Y como a veces la vida es una coincidencia planificada sucedió que balearon a un colombiano en los bosques de Palermo: fueron sicarios, se dijo, motochorros, se precisó. Había que investigar el pasado de este colombiano, y se encontró que tenía antecedentes por narcotráfico en Colombia y que... claro, todo calzaba. Argentina se estaba convirtiendo en un paraíso narco: no se plantaba coca, pero sí se “cocinaba” el clorhidrato y se consumía mucho, muchísimo. Instalada la sensación de inseguridad vinculada a la droga, no hacía falta más que avanzar hacia los robos, para que la sociedad entrara en un delirante torbellino de linchamientos: doce en diecisiete días. En televisión había gente que los justificaba: son ellos o nosotros, era el mensaje que recordaba el eslogan de campaña del empresario y político peronista, Francisco de Narváez: “Ella o vos”, que aludía a la elección que debía hacer la ciudadanía entre la Presidenta y la ciudadanía en las pasadas parlamentarias. Lo paradójico es que De Narváez, accionista minoritario del canal América, es colombiano.

Pero las paradojas e incongruencias continuaban. El principal preocupado por la inseguridad pasó a ser el diputado y posible precandidato presidencial Sergio Massa, quien fue subsecretario en el primer mandato de Cristina Fernández, pero de eso ha pasado mucha agua bajo el río. No extrañó entonces que el canal de De Narváez apoyara la agenda de Massa. Tampoco extrañó que Massa se mostrara contrario a la reforma del código penal, ideado por juristas de todos los bandos, incluso del derechista PRO, que precisamente iba en la dirección de una justicia más expedita. El punto estaba en aprovechar la ocasión de hacer escuchar su voz, porque de eso se trata cuando tienes aspiraciones presidenciales y careces de tribuna. Porque en Argentina si eres diputado nacional, aunque hayas obtenido una excelente votación como él, eres uno más; es mucho mejor ser gobernador de alguna provincia, como Daniel Scioli o José Manuel de la Sotta, o jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, como Mauricio Macri, todos ellos posibles candidatos presidenciales en 2015. Sergio Massa quería disputar ese lugar, por eso gritaba, pataleaba, se hacía visible.

Todo este continuum estaba claro para mí, hasta unos días atrás, cuando fui a comer a una parrilla cerca de mi casa. Estaba terminando de almorzar, cuando una pareja, luego de pagar, se acercó al mozo para decirle que, al parecer, el chico que se había ido recién junto a dos señoras era un chorro, un delincuente. El mozo no dijo nada, pero el hombre precisó que había “manoteado la cartera” de su mujer, y que al darse cuenta ella se la había pasado a él. El mozo dijo esta vez: Bueno, ustedes saben cómo son las cosas ahora. Y el hombre agregó: Yo estuve a punto de hacer “algo”. En ese momento me di cuenta de que había estado a punto de ocurrir un linchamiento frente a mis ojos. El tipo que había estado comiendo a unos metros era, según esta pareja, sin lugar a dudas un chorro; para el mozo, ahora que lo pensaba mejor, también, y para mí, que recordé el extraño modo en que rodeó mi mesa para ir al baño, eso era evidente. Cuando me di cuenta de que la paranoia había invadido mi mente, respiré hondo y salí del lugar rápidamente; aunque a decir verdad me costó salir de la situación, de lo que había creído, aunque hubiera sido sólo por un segundo. Tomé entonces el libro que llevaba y leí el título, Inclúyanme afuera, que es una novela de la escritora argentina María Sonia Cristoff. Eso es, pensé ya más tranquilo, inclúyanme afuera, y continué la lectura al azar: “… la necesidad de tomar distancia frente a la redundancia del mundo”.

Publicado en revista Punto Final y en el blog del autor (16/04/2014)

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