22 de abril de 2014

Las vacaciones de "La Barra Poética" (con el robo de "El Trencito de la Alegría" incluido)

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Aquel verano de 1980 fue caluroso y aburrido en las tierras lanusenses. Los muchachos de La Barra Poética detestaban el calor y el aburrimiento por partes iguales. Fue así que, por iniciativa del tano Brazzutto, decidieron salir de vacaciones.

René Cesario, emblemático billarista del Bar ¨El Vómito¨, acercó la idea de viajar al balneario de Las Toninas en un micro que el Centro de Jubilados del barrio había rentado a precio vil.
Dada la escasez de recursos monetarios de nuestros amigos y el deseo de mojarse las patas en el mar de cualquier modo, aquella idea fue aceptada de manera unánime.

El poeta Edmundo Morales preparó su bolso con tanto esmero que no olvidó ninguno de sus llamativos corbatines; su hermano Marcial – el galán de la Barra Poética - tardó menos en armar su equipaje que en contemplarse en el espejo. El filósofo Heráclito D´Exceso apenas metió tres pilchas miserables en una bolsa de arpillera y el tano Brazzutto dejó por primera vez su revolver 38 en un cajón y se calzó la Bersa 22. 

-´Es por tu bien, cariño. La arena y el salitre pueden matarte¨- le murmuró a su amada compañera, mientras la guardaba amorosamente en el cajón de su mesita de luz. 

Completaban la lista de viajeros el afamado cantor mudo Pedro del Mar, el brujo Maciel, el ya mentado René Cesario y el meteorólogo Héctor Pascales.
Los siete subieron al ómnibus (un descascarado e incómodo micro escolar) a la hora pactada.
Marcial, algo desilusionado, murmuró:

-¨Pero, che! Son todas viejas las minas que viajan en este bondi!¨

- ¨Y si, boludo! Es un viaje del Centro de Jubilados. Dormite y no jodas!¨ – aconsejó Heráclito, quien odiaba los viajes largos y los comentarios estúpidos. 

Cuatro horas más tarde, el micro hizo escala en Atalaya, clásica parada de viajero donde los turistas compran normales medialunas y nuestros héroes se roban salamines y quesos de campo.

Al caer la tarde, llegaron a Las Toninas.

Pedro del Mar (más allá de su apellido) jamás había visto el océano. Su cara de estupefacción ante tremenda magnificencia nos habría tentado a decir que se quedó mudo ante el espectáculo, de no ser porque el mutismo ya era parte de su organización psico-física.

Heráclito se quitó los mocasines y encaró hacia el mar, previa expresión peronista de ¨Voy a meter las patas en la fuente¨.

En los días sucesivos nuestros amigos jamás pasaron desapercibidos. Claro está que no era usual en ningún balneario ver a un tipo como Edmundo Morales llegar a la playa con los pantalones arremangados, su sombrero bombín protegiéndole el marote y un corbatín celeste brillando en su cuello.

Heráclito, por su parte, lucía su ajustado pantaloncito de fútbol con el número 7, heredado del entrañable wing derecho Humberto Epifanio durante la vuelta olímpica del ascenso granate en el año´76, y una camisa floreada de mangas cortas. En su pecho, enmarañado entre su profusa vellosidad, brillaba bajo un sol dubitativo el dije latoso del escudo peronista.

Pedro del Mar hacía mudos ejercicios de vocalización mientras el Brujo Maciel despotricaba contra la notoria escasez de caracoles.

René Cesario, para entonces, descargaba el Lumilagro dentro de un mate calabaza y se disponía a la poética y consuetudinaria tarea de la contemplación de culos femeninos, gimnasia no tan productiva si uno está en las geriátricas playas de Las Toninas a comienzos del mes de Marzo.

Sin embargo al tercer día el poeta Edmundo ya andaba haciendo de las suyas en los solitarios médanos con una treintañera rubia, ávida de poesía y de hacer cornudo a su marido.

Contra todo pronóstico, el poeta se enamoró inmediatamente y le juró un efímero amor eterno a la blonda que, subiéndose el traje de baño, oteaba desde el médano hacia la sombrilla donde su cornamental esposo hacía crucigramas.

Heráclito, escondido tras una planta de ¨garra de tigre ¨, disparaba su Kodak Instamatic, mitad para que Edmundo conservara aquel recuerdo y mitad por espíritu voyeaur.

Pero los finales tristes suelen ser moneda corriente en los nativos lanusenes. La dama en cuestión anunció que aquella misma noche ella y su esposo se mudarían al más glamoroso balneario de Costa del Este.

Edmundo lloró por adelantado.

Tal vez otros amigos se habrían burlado de la situación y habrían esparcido regaños llenos de lugares comunes tales como ¨recién la conocés¨ o ¨es una mina casada¨ o el infinitamente peor ¨ya vendrá otra¨, pero los muchachos de la Barra Poética no andaban con negociaciones burguesas. Si un amigo sufría, había que arremangarse.

Fue entonces que decidieron ir tras los pasos de la rubia. Edmundo no se negó, pero expuso un inconveniente que no revestía discusión:

- ¨Pero, che! Andamos a pata! ¿Con qué los vamos a seguir?¨

Los cofrades se miraron y comprendieron que aquella dificultad era real. Llegaron corriendo a la casa de la rubia y verificaron, no sin desilusión, que aquel Ford Taunus GXL del matrimonio ya doblaba en la esquina con rumbo a Costa del Este.

Pero mientras todos bajaban la cabeza, un poco por decepción y otro poco por tener la lengua afuera, el tano Brazzuto cruzó la calle al grito de ¨Vamos!¨.

-¨ Qué hacés, tano? Te volviste loco? – preguntó René Cesario

- ¨Nunca fue normal y eso es lo que me gusta de él¨- grunó Heráclito

- ¨Vamos, vamos!¨- adhirió Edmundo.

Para entonces el brujo Maciel se desparramaba en el pavimento debido a tremenda dificultad que implica correr con ojotas.

Brazzuto no tuvo mejor idea que subirse al ¨Trencito de la alegría ¨y pedirlo prestado.

- ¨Esto es un asunto lanusense! Necesitamos su vehículo!¨- le dijo El Tano al chofer del trencito, que de no haberse negado hoy conservaría la dentadura completa.

El resto de los muchachos también subieron al trencito ya en movimiento, ahora conducido por el tano Brazzuto. El resto de la tripulación original resistió el decomiso, por eso los niños veían asombrados como Batman y El Hombre Araña eran cagados a trompadas por un hombre de camisa floreada, y que el mismísimo ratón Mickey era arrojado por una de las ventanillas del mentado vehículo. La pantera rosa, acaso por cuestiones de su dudoso género, era invitada a sentarse y no oponer resistencia.

- ¨¿ Esta mierda no anda más rápido? ¨ - gruñó el tano Brazzutto

- ¨Dale, tano! Metele pata! ¨ - rogó Edmundo 

- ¨No puedo, salame. Esto no anda más fuerte!¨

Y mientras el Taunus se alejaba más y más, la policía caminera – gente que no entiende de romanticismos y acaso advertida por el chofer del Trencito o por Batman – se cruzó en la trayectoria de nuestros héroes, provocando la brusca frenada del vehículo y que la pantera rosa saliera despedida a través del parabrisas.

Entendiendo que su portación podía complicarlo mucho más, el tano Brazzutto escondió su Bersa 22 debajo del asiento y descendió del trencito con menos afanes conciliatorios que pugilísticos.

- ¨ Señores! Las manos sobre la cabeza y…¨ - dijo el policía, quien no logró completar la frase debido a un certero cross de derecha del Tano Brazzutto. 

Heráclito las emprendió con un policía gordo y grandote con el que necesitó cinco trompadas y un patadón en la entrepierna para poder derribarlo, y René Cesario - muy a su pesar – le partía una botella de Hesperidina, que convenientemente guardaba en su bolsito, en la cabeza de un suboficial inspector.

Para esto, Edmundo escapaba gateando por entre las piernas de los luchadores, mitad por cobardía y mitad porque ya le había echado el ojo a una joven agente morocha que esperaba junto al auto patrullero.

Al rato llegaron refuerzos y todos nuestros amigos fueron llevados a la comisaría. 
Mientras esperaban esposados a ser llamados a declarar, el comisario – con los documentos de nuestros cofrades en su mano derecha - increíblemente se dirigió a ellos: 

- ¨ Caballeros! ¿Tendrían la amabilidad de pasar a mi despacho? ¨

Los muchachos se miraron con extrañeza, se incorporaron y se encaminaron hacia el despacho.

- ¨Quíteles las esposas¨ – ordenó el comisario a un cabito con la nariz rota, que miró a Heráclito con desprecio mientras cumplía su orden.

- ¨¿Qué mirás, puto? ¿ Querés otra piña, vigilante? – le ofreció Heráclito. 

Una vez dentro del despacho, los muchachos de la Barra Poética observaron una foto del comisario con quienes debían ser su esposa y sus hijos, y otra foto de la revista El Gráfico con la estampa del Nene Guidi, legendario centro Half del Club Atlético Lanús de la década del ´50. 

Los muchachos contaron la versión lanusense de los hechos. 

Luego de asentir varias veces, el comisario les hizo servir café, les ofreció cigarrillos y habló:

- Compañeros! No esperen que por estos lugares los entiendan demasiado. Como advertirán, al igual que ustedes, soy un hombre nacido en Lanús. Durante toda mi existencia he vivido en el celestial infierno del que ustedes provienen, hasta que el destino – el puto destino! – me trajo a estos lugares de insoportable pasividad.

- ¿ Qué le pasó, comisario? – preguntó Edmundo, mientras disimuladamente tomaba la mano de la joven agente morocha.

- Nada que se pueda contar sin orgullo! Ustedes saben mejor que yo las dificultades que pueden presentar los maridos celosos, sobre todo para mi carrera. Mucho más, si ese marido celoso es el Comisario mayor de la Unidad Regional de Lanús este…

Heráclito sonrió con cierta melancolía, Marcial se santiguó, René Cesario chupó sus dedos salpicados de póstuma Hesperidina y el poeta Edmundo le guiñó un ojo a la morocha, que le correspondió luego con una sonrisa pícara.

El comisario decidió:

- Bueno, señores! Queda todo aclarado. Aquí no ha pasado nada. Que se liberen de inmediato a estos nobles ciudadanos.

El chofer del Trencito de la Alegría, que estaba allí en carácter de denunciante y todavía con sus dientes en la mano, esbozó una queja, que fue rápidamente reprimida por el comisario.

- Y a usted! Debería darle vergüenza! Qué falta de solidaridad! Váyase de acá antes de que lo meta preso!

Antes de salir del despacho, el comisario necesitó dejarles un consejo a los muchachos lanusenses:

- ¨Sé muy bien que no deben ser de aceptar consejos. Pero tengo uno que los acompañará para siempre: Nunca salgan de Lanús! Puede que un día nunca encuentren el camino de regreso! ¨

Nuestros héroes decidieron regresar a sus paradisíacas tierras infernales. Sabiendo que no podrían costear el pasaje, El comisario le ordenó al chofer del trencito de la Alegría que los devolviera a las lejanas tierras lanusenses. El pobre hombre ni siquiera se tomó la molestia de quejarse.

Cuando casi todos estaban listos para partir, a uno se le ocurrió preguntar:

- ¨Che! ¿ Y Edmundo?

Y el poeta, luego de besar a la joven agente morocha y prometerle un efímero amor eterno, tomó el estribo del trencito, miró una vez más a la muchacha e hizo un gesto al chofer para que partieran.

Una vez acomodados en los asientos del trencito, Heráclito tomó del hombro a Edmundo, lo miró con masculino afecto y le susurró acongojado:

- ¨ Y bueno, Edmundo! Qué cagada lo de la rubia…¨

Edmundo, con un rostro entre sorprendido y evocativo, apenas respondió:

- ¨Perdón!...¿ Cuál rubia? ¨

3 comentarios:

  1. Cinematográfico. La Barra Poética le da cátedra al duro de matar de Bruce Willis. Original, divertido e ingenioso como siempre, querido amigo. Notable capítulo.

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    1. En un abuso de lo auto-referencial, confieso haber disfrutado mientras lo escribía...

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  2. lo he disfrutado como ninguna de tus aventuras escrituriales; el contraste entre nombres altisonantes y shakesperianos (Edgardo, Edmundo) y expresiones vulgares es brutalmente efectivo; genial, Molaro

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