24 de abril de 2014

Orden, limpieza y disciplina (primera parte)

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

-Entiéndelo, Sapote, eres tú o eres tú –respondió Miguelón a mis intentos de esquivar el bulto-. No manejamos otras alternativas, ¿cachai?

El escaso aire disponible -viciado por el humo de cigarros, capas de polvo, ventanas trancadas a perpetuidad y lejanas a lo que pasaba en el patio- comenzaba a ahogarme. Me lo callé para evitar cualquier burla al respecto. 

Me detuve en una hoja de oficio pegada con scotch en la pared, escrita a mano, con letra amanerada y apenas visible en la penumbra: “Esta oficina puede ser usada por los estudiantes previa autorización por escrito de la directiva del centro de alumnos, más la correspondiente supervisión de la rectoría o, en su defecto, de la dirección o la inspectoría general. Quienes realicen este trámite serán responsables del orden, limpieza y disciplina de este espacio durante el tiempo de vigencia de la autorización”. Orden, limpieza y disciplina, repetí mentalmente. 

La débil luz de la ampolleta parecía dirigirse directo sobre mí, mientras permanecía sentado con los codos sobre la mesa. Secaba con disimulo las palmas de mis manos en las mejillas. Sin embargo, la traspiración se renovaba a cada minuto producto de la inquietud. 

Miguelón, Chily y Jaimillo eran sólo sombras estáticas que se confundían con el perfil de cajas, papeles, sobres, esténciles y proyectores de diapositivas dados de baja, más toda la basura amontonada en los rincones. Era imposible definir el origen de esta última. Miguelón y Chily subían y bajaban sus cigarros entre cada chupada. Parecían pequeñas naves espaciales haciendo una coreografía en pleno avistamiento. Jaimillo mordisqueaba algo parecido a una manzana que frotaba, de vez en cuando, en la solapa de su vestón. Cada pedazo cercenado sonaba como la fractura de un hueso.

-Pero deberíamos discutir si hay acuerdo del Movimiento de participar en la elección –dije para tantear el terreno, mientras desabrochaba el primer botón de mi camisa-. Llamar a la asamblea para que vote, promover la participación y ganar más apoyos. Acuérdense que así lo están haciendo los partidos para sacar a Pinocho y lo están logrando.

Miguelón dio un salto desde la caja donde estaba sentado y avanzó hacia el centro, pero sin que la luz lo alcanzará a él ni al mechón rebelde de su frente. Dejó el cigarro equilibrándose entre los labios para hablar, como si en cualquier momento lo fuese a escupir:

-A ver, nosotros somos el comité central del Movimiento y ya decidimos -mientras hablaba, la luz del cigarro subía y bajaba unos centímetros, desconcentrándome con su coreografía de nave espacial, ahora única. La llama del cigarro de Chily se había alejado de mi campo visual-. Vamos a participar en la elección y también en esa paja de los ejercicios de educación cívica. Ya nos inscribimos y el designado para el debate eres tú en representación de la lista. Eso no significa que vayas a ser presidente, así que tranquilo. Eso lo decidiremos después. Lo que no quita las otras formas de lucha, pero ese es un tema para hablarlo en otra ocasión. 

-¿Y qué dice el resto de las organizaciones? –pregunté empuñando las manos y golpeando con ambas el borde de la mesa. Buscaba imitar al compañero delegado del Liceo José Victorino Lastarria que nos había impartido charlas de adoctrinamiento clandestinas las últimas semanas. A ver si con esta copia barata de actuación concitaba más apoyo de mis pares-. Nosotros no estamos solos en esta parada.

-Las otras organizaciones son puros demócratas cristianos amariconados, socioslistos acomodados, moscovitas duros de mollera y fachos encubiertos –contestó Miguelón, superándome en seguridad-. Nos importa un soberano pico lo que digan y piensen esos gallos. 

Levanté la cabeza buscando sumar fuerzas con los otros dos integrantes del comité central. Sin embargo, las sombras de Chily y Jaimillo permanecían en el mismo lugar. Sin el cigarro ni la manzana, el letargo los asemejaba a cadáveres recién baleados con las manos puestas sobre las heridas. 

El brillo intenso de un cuarto de ventana indicaba el calor que hacía afuera. Dentro de la oficina también, pero mucho más viciado. Éste había ido en aumento desde que yo hiciera ingreso allí, después de que fuese agarrado del cuello del vestón, mientras bajaba la escalera hacia la cancha. “Tenemos que hablar de tus deberes revolucionarios, Sapote”, me dijo Miguelón al oído y, en un dos por tres, provocó mi cambio de rumbo hacia la oficina del centro de alumnos. 

El murmullo persistente a lo lejos indicaba que aún era momento de recreo y que, de no haber sido sorprendido por el Movimiento, estaría con Gavilanes, Clery, Pelao y Ayala atisbando, a través de la reja, a las niñas del colegio de monjas vecino. 

-Oigan, pero cómo es eso que el comité ya decidió. Acá hay procedimientos que respetar –dije tratando de ser convincente. Algo ya me olía mal y buscaba ganar tiempo-. A ver, díganme, ¿quiénes integran el comité? 

-Pero si lo sabes, Sapote, para qué chuchas preguntas huevadas. El comité somos el Chili, Jaimillo, yo y tú –contestó Miguelón. A esas alturas, le veía la mitad de su rostro, mezcla de pescador chilote y de samurai-. Y ya votamos, así que todo está listo.

Miré hacia la pared y busqué a Chilly y Jaimillo. Sólo encontré un par de sombras moviendo la cabeza en señal de aprobación. Me di cuenta que estaba solo, que no tendría apoyo para esquivar el bulto. Aflojé tanto la corbata que quedó alrededor de mi cuello como una suerte de collar de tonos azules y grises. Comencé a rascarme de puro nervioso.

-¡Ja, ja, ja! –exclamó Chily desde su rincón-. Más que sapo pareces perro con pulgas. 

Inspirado de improviso por un nuevo argumento y con la intención de desarmar el contubernio nacido en mi ausencia, exclamé: 

-¡Yo no voté! ¡Nunca supe de esa votación! ¿Por qué no me avisaron? Tenía cosas importantes que decir.

-Y qué mierda importa eso, oh –replicó Miguelón con fastidio. El mechón de su frente se movía acompasadamente al ritmo de su negación con la cabeza, como si fuese un limpia parabrisas-. Es responsabilidad tuya enterarte de las acciones del Movimiento, en vez de andar perdiendo el tiempo haciéndose el lindo con las minas del colegio del lado. Si, Sapote, te tenemos cachado, no te hagas el huevón. Bueno, y como tú eras parte involucrada en lo que se iba a decidir, votamos los tres para evitar empates y saliste elegido. 

-Insisto –dije-. Yo no estuve presente.

-Si quieres hacemos la votación de nuevo contigo, pero te adelanto que es puro perder el tiempo y no tenemos mucho –cambiando a un tono más cómplice-. Ya, oh, preparémonos para la pelea, será mejor. Apenas termine el recreo tenemos que ir al gimnasio a esperar nuestro turno. El Oveja ya tiene que estar ahí instalado con su peinado de Soda Stereo –se quedó pensando en algo que le trajo una rabia repentina y agregó-: Ese culiao se jura lindo. 

Mientras me rascaba la cabeza, asumía que, en el fondo, Miguelón estaba en lo cierto. Se había procedido de manera un tanto matonesca, pero con un noble fin: la lucha socialista y libertaria. Llamar a una nueva votación sería un gesto inoficioso que me haría perder más terreno delante del comité y del Movimiento. No tenía mayor margen de acción. Mejor morir con honor, aunque sea con un poquito.

-¡Puta, pero díganme algo del asunto, poh! No me dejen solo, la manga de maricones –alegué resignado.

-Pero Sapote, eso es lo que te estoy tratando de decir todo este rato –dijo Miguelón, casi con alegría, con los brazos en el aire, como si me fuese a abrazar. Dada su contextura de ropero de tres cuerpos, no estaba seguro de salir ileso de una arremetida por el estilo, así que me hundí en la silla. Estirando la cabeza hacia atrás, agregó-. Pásamelo los documentos, por fa.

Jaimillo recogió un bulto del suelo. A medida que se acercaba a la mesa, adoptaba la forma de su mochila de género. Miguelón sacó del interior un cuaderno arrugado. Por la forma de éste, deduje que era propiedad de Jaimillo y, por ende, del Movimiento. Ahora que lo pensaba, nunca vi a Miguelón ni a Chily con cuadernos durante los años que los conocía. A lo más con unas fotocopias arrugadas. 


Miguelón comenzó a pasar las hojas con violencia, salivándose cada tanto el índice. “¿Dónde chucha anotaste esta cuestión, Jaimillo?”, preguntó. Se detuvo en unas hojas escritas en desorden y con múltiples rallones. Movió los labios como si rezara, agitando el cuaderno entre las manos.

-Ya, esto es –dijo al fin. Al levantar la vista, la luz de la ampolleta le iluminaba más la cara que antes. La sombra le cruzaba el rostro en diagonal, más samurái que pescador chilote, lo que jugaría en mi contra-. Sapote, tenís que plantearte muy seguro delante del estudiantado y dejar en claro que somos independientes, sin compromisos con partidos, movimientos, profesores ni curas. ¡Con nadie! Que arreglaremos el atado del pase escolar, el casino, las colaciones, la fotocopiadora, los horarios, la selección de profesores y los ramos electivos. Haremos que todos los cursos participen en asambleas permanentes para decidir lo que se hace y no se hace. 

-Te faltó decir que las tías del prebásico y del kínder andarán en traje de baño o en pelota directamente por los patios –comenté-. Con eso sacamos el cien por ciento de los votos, incluso de los curas… claro, salvo los del otro lado.

Jaimillo se atoró con una risotada. Restos de manzana saltaron de su boca como meteoritos. Respiró hondo, se golpeó el pecho y tosió. Chily se puso de pie y emitió potentes carcajadas. Apoyado en la pared, comenzó a golpearla con las palmas de las manos. 

-¡Hey! –dijo Miguelón-. Esto es una cuestión seria. Podís parar el hueveo. Ustedes, en vez de reírse, ayúdenme para que este huevón se ponga las pilas y deje de hacerse el pendejo. 

Jaimillo y Chily dejaron atrás las cajas y se acercaron a la mesa, muy solemnes, en señal de apoyo a Miguelón. La luz cayó sobre ellos por primera vez. Movieron los respaldos de las sillas vacías y tomaron asiento. Al fin vi sus caras de siempre, blancuchentas y llenas de acné. Al rato, Jaimillo comenzó a mordisquearse las manos y Chily a estirarse sobre la mesa como si recién estuviese despertando de una buena siesta.

-Sapote se pone así de puro urgido, yo lo conozco bien- dijo Jaimillo con entusiasmo-. Pero al final va a aperrar, como buen revolucionario que es. ¿No es cierto, compañero?... Ah, Miguelón, acuérdate de decirle lo que detectamos el otro día. El tema de la repetición.

-De veras –dijo Miguelón coincidiendo con el aporte de Jaimillo-. Sapote, trata… no, más bien evita meter a Pinochet en cada frase que armes. Cuando te picas lo sacas a cada rato y se vuelve muletilla.

-Chuta, gracias por la preocupación –dije-. Así que ahora se dedican a pelarme, la manga de maricones. 

-Relájate, el Movimiento está contigo –dijo Jaimillo-. Tienes todo un respaldo detrás.

-Mientras sea sólo eso lo que tengo detrás, todo bien –comenté. 

-Ja, ja, ja –dijo Chily-. Este Sapote sale con cada huevada –de pronto, como alumbrado por una idea genial-: Loco, piensa en la miss Arlette, en la Angelina o en la Carita de Paloma del preuniversitario pa’ inspirarte. Si te luces, vai a quedar re’ bien delante de ellas. Todas estas cosas se saben altiro en este barrio cuico. Por último nosotros nos encargaremos de difundirlo en los colegios de minas.

-Miss Arlette le importa un carajo todo esto –dije-. Es pinochetista, así que para ella esto es puro hueveo, porque cree que deberíamos dedicarnos a estudiar. Cero posibilidad. A la otra loca, ni me la menciones. Y con la tercera, lávate la boca al hablar de ella –al percatarme que toda esa palabrería nacía con la intención de engrupirme, reclamé-: Quién como ustedes que estarán bien tranquilitos, mirando. Total, como el que va a estar parado como huevón delante del resto soy yo. 

-Cada uno se para como puede, nomás –comentó Chily-. No, calmao, loco, calmao, es talla. Por último, si das la hora en el debate, será motivo de hueveo de todo el instituto, pero por unos días o meses, nada más. Las otras generaciones te recordarán como un chiste, pero ni sabrán de tu cara. No hay una galería con los peores candidatos al centro de alumnos de la historia…. Aunque no sería mala idea hacer una a partir de este año. Ja, ja, ja. 

-¡Puta, el culiao! –protestó Miguelón lanzando un puntapié a la pata de la mesa, molesto con las palabras de Chily-. Pásale un revólver ahora pa’ que se pegue un balazo, mejor. No seai desubicao, Chily. Ya, Sapote, has este sacrificio por nuestra causa. No todo puede ser libros, copete, porno y minas. Te necesitamos y no nos podís fallar. Ahora hagamos la ceremonia para reafirmar el compromiso revolucionario y estaríamos listos.

-Espera, espera –dije-. No tan rápido. ¿A quién tendré al frente? No puedo dar una pelea sin saber quién es el enemigo.

-Que le pone color, este Sapote –dijo Chily estirándose sobre la mesa y dejando medio cuerpo sobre ella-. Esa huevada la encuentro grosa, que le ponga color a todo. Por eso lo elegimos pal’ debate.

-Si, poh, Miguelón –dijo Jaimillo-. Démosle a Sapote toda la información que necesita para que se maneje mejor. Tiene ese derecho.

-Pero si ya te dije –protestó Miguelón-. En el debate te enfrentarás al Oveja. Es el único huevón que tiene patas para presentarse a nombre de los fachos. Los otros son un montón de giles que le sigue el amén, pero incapaces de decir dos palabras de corrido en público. 

-A propósito, Miguelón, ¿cómo se llama el grupo del Oveja? –pregunté.

-No sé, no tengo idea –contestó-. ¿Qué chucha importa esa huevada ahora?

-Es importante, ¿No se llama, acaso, Orden, limpieza y disciplina? –pregunté.

-Algo así es –dijo Chily-. Lo leímos cuando nos inscribimos como lista. Ellos ya habían hecho el trámite, como mijitos ricos que son. Nos cagamos de la risa, ¿no es cierto, Jaimillo?

Éste asintió con un sonido nasal, pero nada convencido. De seguro, lo había olvidado o no le había prestado atención. Tomé el lápiz de Miguelón y me puse de pie. Caminé hacia la hoja pegada en la pared y tracé un círculo alrededor de cada una de las tres palabras: orden, limpieza y disciplina. Luego desprendí el papel y se lo mostré a todo el comité. 

-Mira, el huevón, ni siquiera se arruga para andar copiando –comentó Miguelón-. Ya, suficiente. No voy a perder el tiempo con el Oveja. Vamos andando. Chily, pásale la botella de pisco al Sapote para que relaje con un trago al seco y una de tus pastillas de menta. Nosotros somos revolucionarios pero profesionales, así que comportémonos como tales –levantando el puño-. ¡Intransigencia e Intolerancia, compañeros!

-¡Intransigencia e Intolerancia! –respondimos a coro con el puño en alto.

(continuará)

3 comentarios:

  1. Sapote es un buen candidato.

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  2. La política más pura, con una excelente recreación de un complejo contexto histórico. Muy buena historia, estimado amigo.

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  3. No se olvide amigo Sapote, lo que decide el comité central es "incuestionable".

    Muy buen relato, que venga pronto la segunda parte.

    Saludos

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