29 de abril de 2014

Orden, limpieza y disciplina (segunda parte y final)

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Miguelón ordenó a Chily y a Jaimillo que, tras la medicina de rigor, me condujeran al camarín por el trayecto más largo, para que nadie nos viera y así no despertáramos sospechas.

-No quiero que se distraiga con otras leseras –dijo mientras se ponía de pie, tomaba la chaqueta del colgador y la vestía de un solo movimiento-. Voy a cachar qué onda en el gimnasio y si los espías que tenemos en el grupo del Oveja tienen novedades. Si no les digo nada, todo sigue tal cual como lo hemos planificado. Acuérdense que no se puede entrar sin vestón. Nos Belmont, entonces.

Dejamos pasar diez minutos según lo establecía el instructivo y salimos de la oficina. El pasillo estaba vacío, salvo por uno que otro papel en las orillas. El ruido ambiente había desaparecido y asumirlo me costó un dolor de estómago. Por si fuera poco, el calor no disminuía. En el pasillo sentí un leve mareo y se me doblaron las piernas. Me afirmé en la espalda de Chily.

-Éjale, Sapote –dijo Chily-. Derechito, derechito que te vamos guiando.

-La cuestión era un traguito, nomás –dijo Jaimillo, molesto-. Y éste se mandó el medio taco. Y voh, en vez de quitarle la botella, empezaste a aplaudir y zapatear. A la otra te ponís a bailar una cueca.  

-Ustedes piolita, nomás –dije-. El que tiene que dar la cara soy yo, así qué tanto color.

-Ah curao y envalentonao –dijo Chily-. Cómo lo hallai, Jaimillo.

-Ahora no eres sólo tú, sino que eres todos nosotros, Sapote –dijo Jaimillo-. Chucha, que me salió maricón eso que dije.

-No te preocupís –dijo Chily-. Me quedaré piola, al final es la vida de ustedes. Ja, ja, ja.

Bajamos la escalera hasta la salida de emergencia y cruzamos los estacionamientos bajo un sol implacable. Chily dijo algo del Lada del viejo de castellano y Jaimillo del escarabajo del gordito de artes pláticas. Bordeamos la cancha, en ese momento vacía. Nos metimos por la casa del cuidador, pasamos por la pequeña chacra, cruzamos la sombra del parrón (al fin algo de frescor) y el piso de tierra, el mismo que habíamos convertido en una posa de barro durante la última clase de educación física para bautizar al Oveja, al Pollo, al Coto y a otras víctimas ocasionales del Movimiento. Más allá, pasamos por el exterior de las salas de prebásica y kinder, en ese momento en clases, por lo que no vimos a las tías con su delantales verdes moviéndose como angelicales cotorritas en plena levitación.

Entramos al gimnasio por el portón del costado, una mole de cemento a medio construir llena de fierros levantados en el techo, que se me figuraba una mezcla entre dique portuario con nave espacial de utilería de cine japonés. El interior estaba abarrotado de estudiantes, profesores, curas y otros invitados con aire de suma importancia. Algunos estaban sentados, otros de pie. Tanta solemnidad se volvió una carga pesada y una sensación angustiosa me remeció de nuevo el estómago. Avanzamos los tres en fila india.

-Guarda, guarda, demócrata cristiano a la vista –dijo Chily mirando hacia atrás-. Callao el loro, nomás.

Nos disponíamos a entrar con sigilo a los camarines, cuando Ennio Ponce nos obstaculizó el paso. Mirándonos con desprecio, de arriba hacia abajo y con los brazos cruzados, preguntó:        

-¿En qué anda el grupito? Los profes estaban preguntando por ustedes y nadie tenía idea. Se los van a afilar a los huevones por capear clases.

-Esto no es asunto que te importe y estamos autorizados –dijo Chily y siguió avanzando entremedio de los asistentes. Jaimillo continuó detrás, con las manos en la espalda, en silencio oriental. Ponce no se atrevió ni siquiera a tocarlo. Cuando pasé junto a él, me detuvo con la mano en el pecho:

-Ustedes creen que pasan piola –dijo Ponce-, pero todo el mundo los cachas, revolucionarios de a peso.

-No pasa na’, Poncete –aseguré-. No te pases rollos. En todo caso, siempre lo he dicho, ¿tú deberías ser el candidato de la oposición unida?

-¿En serio tú creís eso? –dijo Ponce sorprendido-. Yo me siento capaz y me la puedo, pero tú sabís, tus amigotes no cachan nada. Hicieron todo para bajarme y por eso van a perder con el pelotudo del Oveja.

-No te preocupes –comenté-. Los grandes líderes siempre tienen su etapa de incomprensión. Ya tendrás tu tiempo, Poncete. Ahora permiso, que me están llamando de pastoral para decir el rosario.

Aproveché este soplo de aire al ego de Ponce para dejarlo en las nubes y así unirme al resto del comité y continuar con el plan. Sin embargo, Jaimillo y Chily me esperaban, con mirada reprobatoria, en la puerta del camarín.

-Sapote, te hemos dicho que cuides tus juntas –dijo Chily-. Al Miguelón no le va a gustar la complicidad con que te habla Ponce. Ese huevón no es de fiar, como no cachai.

Quise defenderme, pero la flojera de mi lengua determinó otra cosa. Sin levantar la vista, pero oyendo el ruido ambiente que crecía a cada minuto, ingresamos al camarín tan sigilosos como ratas de alcantarilla. Al otro lado de la puerta, el olor a cloro fue una suerte de cachetazo a la cara. Hasta me hizo lagrimear de un ojo.

Sentado de lado sobre una banqueta, con su cara avinagrada de costumbre y unos lentes que le daban aspecto de televisor, encontramos al profesor Lahoz auscultándolos con los brazos cruzados.

-¿Ustedes, jóvenes, son de la lista B? –dijo al vernos entrar-. ¿Dónde andaban? ¿No saben que hay que llegar a la hora a las actividades oficiales del instituto”.

-Disculpe, señor –contestó Chily-. Pero usted sabe, el taco a esta hora es terrible. Y estas señoritas se demoran tanto en maquillarse.

-Así que chistositos, los caballeros –dijo Lahoz-. ¡Carajos! ¡Se sientan y se quedan tranquilos hasta que los llamen!

Sin esperar nuestra reacción, Lahoz sacó una revista de puzles doblada en el bolsillo de su chaqueta, la cual procedió a marcar con un lápiz. De vez en cuando, levantaba la vista para auscultarnos sobre sus anteojos, negar con la cabeza y luego seguir con lo suyo.

De pronto, sentí como si las baldosas blancas del camarín comenzaran a moverse en distintas direcciones. Horizontal, vertical, en círculos y rombos. Intenté detenerlas enfocándolas más con los ojos, pero el vértigo continuó. Sumado al dolor de estómago y al olor a cloro, el resultado estuvo lejos de ser el óptimo. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la pared para evitar marearme más de lo que ya estaba.

-¿Cómo estai, Sapote? –me preguntó Jaimillo-. ¿Te pasa algo?

-¿Por qué le preguntai eso? –dijo Chily-. No veís que se pone más nervioso. Déjalo piolita y todo le va fluir solo.

-No sé, lo noto raro, como ido –comentó Jaimillo-. Mira, no contesta ni dice nada, cuando tiene que estar a full para el debate. Chily, dale una última entrenada, a ver si contigo reacciona.

Chily puso su banqueta de lado y frente a mí. Tomó asiento con las piernas muy abiertas, como si estuviera montando un elefante. Con su clásica mirada lánguida y maliciosa, empuñó la mano como si fuese un micrófono y la acercó a mi cara:

-Señor, candidato, ¿qué opina usted sobre la masturbación?  

-Oye, no hueí, poh –dijo Jaimillo, urgido ante la mirada de odio lanzada por Lahoz. Dirigió un codazo a Chily que éste esquivó y, de rebote, me llegó a mí. Parecí despertar.

-Déjame, no veís que lo estoy entrevistando sobre temas de candente actualidad –se excusaba Chily.

En medio de la discusión, el rostro de samurái de nuestro líder se asomó en la puerta del camarín para dar luz verde a la parte final del plan:

-¡Listo! –dijo Miguelón. Miró a Lahoz y le hizo un desprecio. Él, por su parte, respondió de la misma manera-. Sapote, si hablas como escribes estamos al otro lado. Haz pebre al Oveja, ¡te lo ordeno!

Ante la inminencia de los acontecimientos, me puse de pie como movido por un resorte. Jaimillo procedió a ordenarme la solapa del vestón y a corregir el nudo de la corbata. Chily a sacar pelusas de todos lados. Parecía como si fueran sastres tomando medidas.

-¿Adónde va, usted, joven? –me interrogó Lahoz.

-Al debate, señor –contesté.

-De aquí no sale hasta que lo venga a buscar una autoridad del instituto –replicó.

-¡A mí me dijeron que los viniera a buscar! –intervino Miguelón, molesto!-. Y tiene salir ahora sí o sí.

-No, señor –contraatacó Lahoz-. Usted no es autoridad y Rodríguez aquí se queda.

-No sea porfiado, oiga –dijo Miguelón a punto de perder la paciencia-. Con sus leseras está retrasando el programa, no se da cuenta.

No alcancé a ver la reacción de Lahoz ante el tono desafiante de Miguelón, pues unas manazas forzudas me lanzaron fuera del camarín y, de paso, lejos de las baldosas voladoras y del olor a cloro. Aparecí en el costado del gimnasio. Sólo debía seguir el camino hacia el escenario, unos quince pasos y listo, me animaba. Avancé lento y lo más seguro que pude hasta la base del podio. Subí sus tres escalones haciendo esfuerzo para no resbalarme. Sentí a la masa humana imponente, respirando sobre mi cara y pendiente de mis movimientos. Quedé frente a un micrófono, unas hojas de oficio y un lápiz sin tapa. Saqué del bolsillo de mi vestón una hoja y la puse sobre las restantes. Me apoyé con los codos en el podio para sentirme más cómodo.

-No la caguí, poh Sapote –gritó Miguelón al segundo, desde un rincón ocultó del escenario-. No te podís echar encima, si la huevá no es mesón de cantina.

Levanté la cabeza y los hombros para darle en el gusto. Mientras se interpretaban el himno nacional y del instituto, y para mi sorpresa, ya no temblaba, no me dolía la cabeza ni tenía dolor de estómago.

-¡Mueve la boca, Sapote, pero no cantes! –gritó Miguelón-. ¡El micrófono está prendido y tu voz es como el hoyo!

Superado este incidente, escuché con atención la pomposa presentación del profesor Poblete a los ejercicios de educación cívica de 1989, las palabras del cura rector y del director. Luego vinieron los aplausos entusiastas de la manga de chupamedias congregados allí como sardinas.

De pronto, una delegación de alumnas de las Monjas Argentinas en primera fila, me distrajo. Se veían ordenaditas -de seguro bien perfumadas-, con su chasquilla de codorniz fijada con gel, camisita blanca con corbatín, piernas blanquitas cruzadas bajo una faldita plisada y con sus medias plomas hasta la rodilla. El cura rector oficiaba, en el extremo de la fila, como una suerte de perro guardián. Traté de acomodarme el pelo con las manos casi como reflejo condicionado.

-¡Déjate de mirar a las minas, huevón! –gritó Miguelón-. ¡El el Humaña está que te muerde! ¡Son puras cuicas, como no cachai que nos son pa’ voh!

La cara del cura rector era la de un buldog echando ráfagas de aire por la nariz. Giré la vista hacia el costado y vi, con su pelo crespo y su mechón de cascada -estilo que tanto sulfuraba a Miguelón- a mi contendor. Contemplaba con suficiencia el entorno, salvo a mí, como si yo no existiera.

-Hace como que te ignora –dijo Miguelón-, porque es su estrategia, quiere desorientarte. No caigas en el juego.

Poblete le cedió la palabra con gran pompa, notándose una clara intención de su parte de beneficiarlo. El Oveja dijo que la mitad de la intervención la dedicaría a explicar sus propuestas –insistiendo en la monserga de la unidad- y la otra mitad, a un emplazamiento a la lista contraria. Sólo le puse atención a esto último. Nos dio con todo: comunistas, marxistas, totalitarios, anarcos, underground, viciosos, turbios, tabaco - adictos, violentistas, bebedores, marihuaneros, herejes y ateos. “Si tantas es su aversión hacia nuestro instituto y sus valores, ¿por qué no toman sus cosas y se van? Nosotros no los queremos ni los necesitamos”, concluyó su intervención.

Yo, con una paz infinita, esperaba mi turno. Por muy arteros que fuesen los ataques del Oveja, no conseguían alterarme. Me sentía como si de pronto fuese a levitar junto a las tías del kínder, de la prébasica y las niñas de las Monjas Argentina.

-Tranquilo, Sapote, tranquilo –dijo Miguelón desde el costado del escenario, sin saber lo innecesario de sus palabras-. Habla de nuestra propuesta. Tómate entre ocho y diez minutos para eso. Mientras, nosotros preparamos la respuesta al emplazamiento del Oveja y te la pasamos por debajo. Le pegas una leída de refilón y hablas, pero no te quedes pegado en el papel, porque se vería muy mal, como una muestra de inseguridad, ¿cachai?

Sin embargo, el néctar del Elqui gentileza de Chili, me sirvió de inspiración para esa hora tan decisiva. Si el Movimiento, el comité central, la asamblea, simpatizantes y aliados me habían puesto en ese trance histórico, entonces, deberían confiar en mí. Por lo tanto, las cosas serían a mi manera. Seré Frank Sinatra, me dije para darme ánimo.

-Nuestra propuesta ya es conocida –comencé mi intervención, apenas Poblete me diera la palabra y apoyándome en el mesón como lo hiciera al principio-. Y aquellos que no la conozcan, tenemos folletos para que la lean. Quiero ocupar este tiempo para hacer algo que creo necesario y que es desenmascarar a los impostores. Es decir, a la lista adversaria. 

Detrás, oía con claridad la voz de Miguelón, aunque sin desconcentrarme: “¡Pero qué está haciendo este huevón!”.

Jaimillo: “Se le vino el pisco a la cabeza”.

Miguelón: “¿Cuánto se tomó?”.

Jaimillo: “Más que la cresta, como media botella”.

Miguelón: “Puta, ¿por qué no le quitaste la botella, Chily?”.

Chily: “Pero si se la quité, poh”.

Jaimillo: “No, este maricón le aplaudía mientras Sapote chupaba que chupaba”.

Miguelón: “Puta que la cagan, realmente la cagan. No se puede confiar en ustedes y menos en este otro saco de huevas que ahora se cree Allende. Mírenlo en la parada que está”.

-Estimados compañeros –dije poniendo mi mejor voz-: ¿votarían ustedes por una lista que no tiene chispa ni atisbos de originalidad –tras hacer una pausa, proseguí con la lectura del papel que tenía encima de la tarima. Cuando concluí, retomé la improvisación.-: Repito, orden, limpieza y disciplina. ¿Les suena conocido? –recorrí con la mirada de un extremo a otro del gimnasio-. Es el nombre de la lista contraria. ¿Qué originalidad hay allí? ¿Qué posibilidad de representarlos tiene una lista que ni siquiera es capaz de tener un nombre propio y que sólo es un reproductor de las palabras de las autoridades? ¿Harán realmente un cambio en las actuales estructuras? No, claro que no. Y como si fuera poco, nos conminan a irnos a nosotros, los promotores del cambio, para que todo quede tal cual como está. Negocio redondo para estos agentes del pinochetismo, estimados compañeros. Porque eso es lo que son, agentes del pinochetismo y su régimen del terror.

Lo que pareció en un momento un aplauso cerrado departe de buena parte del estudiantado, fue derivando en un griterío y silbatina primero tímidos, luego evidentes y, más tarde, ensordecedores. Eran animados –y provocados a la fuerza- por integrantes de las brigadas secundarias de Patria y Libertad y la Pandilla del Panorámico, grupos de choque afines a la lista del Oveja, quienes aparecieron, como enjambres, por las puertas laterales. Hice un repaso fotográfico a la cara de bulldog del cura rector, el espanto de la delegación de las Monjas Argentinas, el rencor de Poblete y la mofa de Ponce parado como espectador gozoso al lado de la puerta. Los gritos de ira que emitía Miguelón en la trastienda me inhibieron de buscarlo con intención de pedirle apoyo físico y moral.

Una silla voló hacia el centro del escenario. Después otra, y otra más, hasta que ya no me fue posible contabilizarlas al ser derribado por una de ellas. Hasta mi nariz sangrante, a centímetros del suelo, llegaban papeles, carpetas, bolsos, mochilas, frutas, cáscaras de maní y botellas. Miré al frente buscando a mi oponente y había desaparecido de su tarima. Un grupo de mocetones del Panorámico lo sacaba por una puerta lateral y él se dejaba llevar cual mascotita. “Esto te va salir caro, comunista de mierda”, me gritó uno de los mocetones. Me puse a avanzar gateando hacia donde el instinto de sobrevivencia -algo magullado- me indicara. Un par de mocasines plomos por el polvo se aparecieron en medio del camino. Pertenecían a Jaimillo, quien contenía a una turba con golpes de karate y con la otra me abría la puerta.

-Párate, Sapote –ordenó-. La media casa de putas que armaste. Sécate la sangre con el confort que tengo en el bolsillo de la chaqueta mientras rajamos de aquí.
Este va para los Miguelones, Chilys y Ovejas que llevamos dentro.

2 comentarios:

  1. Cinematográfico final para una gran historia, estimado amigo.

    Saludos cordiales

    ResponderEliminar
  2. Por supuesto que con el rival que tenías al frente ,Sapote, y con la manga de brigadistas que lo acompañaban, el ejercicio de educación cívica no podía terminar de otra manera, sino al mas puro estilo Lanusense (como habría acotado nuestro amigo Molaro)

    Muy entretenido relato.


    Saludos

    ResponderEliminar

*