3 de abril de 2014

Un húngaro en la guerra civil rusa


CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Tengo en las manos la emisión postal completa del año 1922 de la recién formada República Socialista de Armenia, parte de la también joven, y triunfante, Unión Soviética. Algunas de las estampillas muestran escenas típicas del ideario socialista: herreros, sembradores, labradores, barqueros; bucólicos paisajes que hablan de una tierra a la que ha llegado la paz revolucionaria. En otros sellos, en acto que pronto sería inadecuado para la nueva situación, los armenios presentan extraños seres nacidos de la esplendorosa y anciana mitología del país, acompañados de la refulgente estrella socialista. ¿Por qué hablar de ello? Porque 1921 indica -oficialmente- el fin de la guerra civil y la consolidación del gobierno bolchevique en Rusia y las repúblicas asociadas al imperio. Ya para 1922 se había derrotado a los enemigos reaccionarios, la insurrección anarquista campesina en la planicie ucraniana que Babel definiera como una "república de tachankas" (tachanka es un carro cualquiera que lleva sobre sí una ametralladora y que el caudillo Majnó utilizó de forma letal tanto contra Denikin como contra Trotsky en su admirable campaña guerrillera), el peligro de intervención extranjera, los movimientos nacionalistas, los remanentes del ejército checo...

La guerra civil que sucedió al armisticio ruso-germano, la revolución burguesa y la instauración de los soviets el año 17, se encuadra cronológicamente entre1918 y 1921. En el cincuentenario de la revolución, 1967, el director Miklós Jancsó, en una co-producción húngaro-soviética, realizó el filme "Rojos y blancos" que trata de los inicios de aquella guerra civil. Jancsó es original dentro de la cinematografía con sus largas exposiciones horizontales, su casi falta de diálogo, la utilización de la música y las canciones como parte explicativa del argumento. En "Rojos y blancos" usa una magistral coreografía de sus personajes. Las múltiples tomas de la caballería en movimiento, ya sea en primeros planos o en extendidas composiciones, adecuadas al hecho histórico, dan al filme por momentos la sensación de vértigo. El espacio es algún lugar de la Rusia central, un monasterio abandonado, que pasa de las manos de los "blancos" a la de los "rojos", y viceversa. Entre las tropas comunistas hay muchos extranjeros que forman una brigada internacional; varios húngaros que son el contexto y la intención de mostrar cuán antigua es (era) la solidaridad húngara con sus hermanos soviéticos. Sin embargo, a pesar de este mensaje solidario que Jancsó quiere explicitar, el filme muestra una galería de personajes, en ambos bandos, que no se diferencian mucho el uno del otro.

Los dos ejecutan a sus prisioneros, tienen rasgos de nobleza pero también abyección. Por supuesto, siendo la obra un festejo de la revolución rusa, los tintes de bondad se inclinan más hacia el sector "rojo", aunque me parece que hay en Jancsó una sutilísima crítica del autoritarismo. Se presume que aquellos sobrevivientes magiares del conflicto engrosarán la experiencia revolucionaria en Hungría, 1919, efímero proyecto de cuatro meses, cuyo cabecilla, Béla Kun, fundador del partido comunista húngaro, refugiado en la Unión Soviética, sería purgado por el estalinismo veinte años después.


30/03/04
Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), marzo, 2004
Imagen: Memorial a Béla Kun, Terezvaros, Budapest.

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