13 de mayo de 2014

Mañas sin remedio

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Es interesante pensar por qué las conductas virtuosas, esos actos de consideración humana y que generan relaciones fraternas y comprensivas, aún en el conflicto, quedan en desuso de tanto desconocerse. La palabra empeñada. Honrar las obligaciones. No aprovecharse de la confianza del otro. Callarse ante lo inadvertido si me trae ganancia.

Y los hábitos de mala procedencia y defectuosa moral atraviesan los años y se instalan en los tiempos con una pasmosa permanencia.

La sentencia de presumida astucia con la cual los rufianes que representaban al rey por este Nuevo Mundo burlaban la observancia de las disposiciones de la corona, inauguró la desobediencia al poder absoluto. Con expresión de loros sabios, oponiendo a la ley un mejor conocimiento de la realidad, y con el pretexto de que la lejanía era un impedimento para reinar e impartir ordenanzas apropiadas, repetían: se obedece pero no se cumple.

La idiota locura de una proposición así causó estragos, permitió a los avivatos y defraudadores privilegios fáciles y frustró la bondad.

¿Cuántos siglos han transcurrido?

Hoy, con un ropaje de escaso disimulo, la frasecita vuelve como argumento. Su espíritu burlón asoma en aquello de se respeta la sentencia, pero es inaplicable. Se refiere al litigio con Nicaragua.

Es evidente que las palabras tienen poder, fuerza transformadora, son parte de la existencia de aquello que se nombra. Esto supone, además de su buen uso, que no se repitan palabras gastadas por el mal uso. Desobedecer a la autoridad con un engaño es inadmisible.

Una lamentable tradición nacional ha considerado a fuerza de malos discursos y penosos versos, que las palabras sueltas de la realidad, hueca retórica, sirven de algo. Cacareo de gallinas con zorro en el corral.

Para el más desapercibido de los colombianos no puede resultarle claro que embarcado el Estado en un pleito al cual le ha gastado sumas importantes del presupuesto y que ha demorado años en alegatos, recursos, pruebas, al resultarle adversa la sentencia, responda con el cuentecito de velorio de su inaplicabilidad.

Y para cualquiera es sorprendente, que con el criterio claro de que a las decisiones de órganos internacionales con jurisdicción no se les opone la legislación nacional, le salga la Corte de los constitucionalistas con un fallo tardío que dispone se haga ahora lo que de haberse hecho en su oportunidad, al principio, habría ahorrado recursos y el oso que una vez más hacemos, sin pudor ni pandereta.

Un analista de las políticas nacionales asevera que Colombia no es un país serio. A veces no se sabe qué es peor. ¿Qué hace Colombia con la rimbombancia de una seriedad que confunde con solemnidades de opereta?

Esperemos que la inconsecuencia no esté incubando una guerrita en el Caribe.

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