10 de junio de 2014

Nevermore

GUILLERMO RUÍZ PLAZA -.

Once upon a midnight dreary… 

Un buen día, sin previo aviso, se presentó en casa una muchacha con una panza enorme bajo la mantilla. Nadie sabía quién era ni qué quería. El abuelo la vio primero. Terminada su jornada, al bajar la calle empedrada que lleva a casa, la divisó a lo lejos, de pie entre las sombras del ocaso, custodiando la puerta. Jubilado hace años, el abuelo no sabía estarse quieto. Eso es, al menos, lo que repetía hasta el cansancio tía Berta. Abuela Amparo, en cambio, ya solo se reía, tal vez amargamente, al verlo salir por las mañanas, sábados incluidos, para hacer los laboriosos trámites que llenaban sus días. 

–Ni siquiera son cosas suyas –decía la abuela–, y la gente que lo contrata le paga una miseria. 

–Dejalo, mamá, por lo menos se entretiene –contestaba la mía. 

Cuando la obligación nos arrastraba a un banco, al registro civil –en suma, a cualquiera de esos infiernos burocráticos–, no era raro distinguir, en una de las interminables filas, el eterno traje azul y la corbata roja, los eternos lentes de sol –tipo mosca, como se usaba en los setenta–, las canas peinadas eternamente hacia atrás como un gánster… es decir, a mi abuelo Jorge, serio y a la vez, estoy seguro, gozando en secreto del ruido y la impaciencia y los olores del gentío que nutre esas colas, las cuales suelen prolongarse hasta las aceras gastadas del centro. 


A escasos metros de la puerta de casa –morena, de ojos negros y mirada triste y penetrante, delgada bajo el vestido gastado, pero con esa panza enorme bajo la mantilla–, la muchacha parecía esperar. ¿A qué?, ¿a quién? La joven tenía un aspecto pobre pero digno, y por eso al abuelo –como nos contó más tarde– le sorprendió la manera en que ella lo miró, como si fuera a pedirle algo. Pero no fue así. Ella lo miró sin decir palabra; él sintió algo extraño, dudó un instante y se metió en la casa. Eso fue todo lo que dijo. Y se quedó pensativo. 

A la mañana siguiente tuvimos una sorpresa. Para regocijo de abuela Amparo, el abuelo amaneció sin ganas de salir a trabajar. Se levantó a las diez y se sentó a desayunar en bata. Eso era muy raro en él. Solía trabajar de lunes a sábado sin quejarse ni parecer cansado. Es más, el domingo le costaba quedarse en casa. “Me gusta estar alerta”, me dijo una vez. “Es la mejor forma de seguir vivo.” Le encantaba moverse en las calles del centro, comerse unas salteñas con algún amigo, pasear por El Prado, esas cosas. Le recordaban sin duda mejores tiempos. Pero ese día no. 

–Abuelo, hoy es martes –le dije–. ¿Te sientes bien? 

– ¿Qué me importa que sea martes? –me contestó–. Estoy jubilado. 

Aseguró que había pasado una mala noche, se sentó en la penumbra de la sala y puso en marcha el equipo de música. Pronto, las notas melancólicas de un tango y la voz temblorosa de Gardel lo envolvieron en una meditación inaccesible. Nunca lo habíamos visto en ese estado, pero cuando regresamos al anochecer y abuela Amparo nos contó con una sonrisa que su marido se había quedado todo el día en casa, nos pareció no solo natural sino saludable que, mayor como era, el abuelo descansara por una vez, al fin y al cabo se lo había ganado tras décadas de arduo trabajo en el bufete de abogados. Menos natural nos pareció que, tanto al salir por la mañana como al volver entonces, todos hubiésemos visto a esa muchacha de mirada triste y penetrante, apostada a solo unos metros de la puerta de la calle, y que nadie se hubiese atrevido a decirle nada. Yo mismo sentí un estremecimiento inconfesable cuando pasé por su lado. 

–Nuestra puerta no tiene por qué ser una vitrina de la miseria que hay en el mundo –dijo abuela Amparo y empezó a levantar los platos.

Estábamos en la sobremesa y hacía un rato que el abuelo se había retirado a su dormitorio. Me sorprendieron las palabras de la abuela. Ella nunca hablaba así, era la persona más caritativa que yo conocía. Cuando la abuela subió a su cuarto, tía Berta levantó una ceja y se inclinó sobre la mesa. 

–Ya es el colmo –dijo en voz baja, cuidando de que solo nosotros dos escucháramos. 

Mamá y yo también nos inclinamos hacia ella. 

–Solo hay dos hombres en esta casa. La de la puerta, con su cara de mosquita muerta y esa panzota, está acusando a uno de ustedes –remató.

Mamá intervino:

–En este barrio hace falta menos que eso para que hablen las viejas. No vamos a… 

–Por eso, Carmen, por eso mismo. ¿No han escuchado lo que andan diciendo por ahí? –la cortó Berta.

Mamá y yo nos miramos, divertidos. No teníamos ni idea. Sabíamos que esas viejas eran, por decirlo de algún modo, las “mejores enemigas” de la tía, con quienes compartía tardes enteras jugando rummy, tomando el té con masitas y hablando mal de las que no habían podido asistir. “Las malas lenguas” –como las llamaba mi tía– decían que Jorge tenía el “ojo alegre”. “¿Y por qué usa siempre esos lentes de mosca?”, preguntó una de las viejas. “Para ocultar sus miradas”, contestó otra. Eso, al menos, nos contó Berta. Me eché a reír. 

–No te rías –me dijo Berta–. Lo peor no es eso. Lo peor es que tu abuelito, que es una gran persona, tiene nomás sus cosas. –Y esto lo dijo mirando de soslayo a mamá, como si esperase una reacción suya. Pero mamá no dijo nada–. A ver, papito, pensá: ¿por qué crees que se pasa el santo día en la calle? 

Mamá perdió el color y fijó la vista en los encajes del mantel, como si fuera a encontrar allí una respuesta. A mí me pareció increíble, pues el abuelo debía rondar los sesenta y siete años, y se lo dije a Berta. 

–Típico –respondió ella–. Los jóvenes se piensan que son los únicos vivos. Pero mijo, ¡si este mundo está lleno de vivos! ¿Acaso ya te olvidaste de lo que hizo tu papá? 

Mamá soltó un “buenas noches” y se levantó de la mesa. Tía Berta dijo “mierda”, se incorporó y se fue tras ella. 

Al día siguiente, antes del desayuno, los tres nos pusimos de acuerdo en que cada uno, al salir, le daría a entender a esa muchacha que debía irse. Había que hacerlo antes de que los chismes entraran en casa, llegaran a oídos de abuela Amparo y, semejantes a gases letales, la asfixiaran en el acto. Primero salieron Berta y mamá, y le dirigieron a la morena no solo miradas glaciales, sino preguntas venenosas y terribles insultos. Me tocaba a mí. Sentí aprensión. Solo salí cuando ellas se alejaron. No pude hacerlo, era el aire desolado de esa muchacha. La miré un instante pero me fui sin decir palabra. Así que, en teoría, cada quien hizo lo suyo y se marchó –Berta al mercado y luego a visitar a sus “amigas enemigas”, mamá a la agencia de viajes donde trabajaba y yo a la UMSA– con la satisfacción del deber cumplido. Pero, la verdad –como nos confesaríamos más tarde–, durante todo el día tuvimos la certeza de que la muchacha seguía allí, fiel a su puesto, con la mirada cargada de reproche y, bajo la mantilla, esa panza imponente. Temíamos el instante en que, terminada la jornada, al bajar la calle empedrada que lleva a casa, la divisaríamos a lo lejos, de pie entre las sombras del ocaso, custodiando la puerta. 

Esa noche la cena fue silenciosa y tensa; tanto, que tía Berta, ya enferma de los nervios, con un gesto brusco dejó los cubiertos sobre el plato, salió al patio hecha una furia, alargó la manguera hasta la puerta de la calle, se volvió y se quedó mirándonos, como si esperase algo. Tardé un momento en entender sus intenciones. Dudé de si me estaba pidiendo abrir la pila. Pero justo entonces oímos una voz chillona llamándonos desde el interior de la casa. Era la abuela. No hicimos nada hasta que apareció en el umbral y, agitada, nos pidió que llamáramos a un médico. Cuando volvió a entrar, nos fuimos tras ella y la seguimos hasta el cuarto del abuelo. Ahí estaba: despatarrado en la cama, sin rasurar, con la bata abierta y una camiseta blanca que no le llegaba al ombligo. Respiraba con dificultad, pero no nos preocupamos sino cuando volvió la cara y nos clavó sus ojos cavernosos. Abuela Amparo, la única al tanto de su estado delicado, le había llevado a la cama un bol de arroz blanco y una compota de manzana en una bandeja que ahora estaba sobre la mesita de noche, intacta. Hacía dos días que el abuelo no quería salir de casa; el segundo ni siquiera salió de su cuarto. Sufría de insomnio por indigestión. Sufría callado y estoico, oponiéndose tercamente a que su mujer llamara al médico. Al principio ella no pensó que fuera nada grave, pero ahora había que verlo.

–Dios mío, ¿y si es el apéndice…? –dijo la abuela y, como si hubiera estado conteniéndose desde hacía tiempo, se echó a llorar.

Sin perder un minuto más, llamamos al número personal del doctor Flores. Pero ella entró antes que el médico. Quizá Berta, con la conmoción del momento, dejó abierta la puerta de la calle, quizá –como aseguró más tarde– solo olvidó cerrar el candado; lo cierto es que la muchacha entró con pasos cortos y laboriosos, haciendo rechinar las sandalias sobre los azulejos del pasillo. Se detuvo en el vano de la puerta y Berta nos señaló el charco que se iba formando a los pies de la muchacha. La miramos perplejos. Se acercó a la cama y, por primera vez, vimos cómo se le encendían los ojos. No pudimos hacer nada. ¿Qué podíamos hacer? Lo que más me dolió fue la última expresión del abuelo. La sorpresa y el miedo cuando la reconoció. Ella lo dejó allí tirado, casi obsceno, y la casa se llenó con el olor agrio de su ausencia recién nacida.


Imagen: Bernard Scholl

3 comentarios:

  1. Cinematograficamente narrado... Un gusto leerte, saludos.

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  2. Qué bueno que les gustó el cuento! Gracias por sus comentarios.
    Un abrazo, Guillermo.

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