22 de junio de 2014

Objetos

ENCARNA MORÍN -.

Nací con el estigma del dolor ante las despedidas grabado a fuego en mis genes. En el alma de mi familia, despedirse de alguien significó perderle para siempre. Ese fue por ejemplo el caso de mis abuelas. Dijeron adiós a sus hermanos, a sus maridos y a parte de sus seres queridos, para quedar a la espera de un regreso que jamás se produjo por diversas circunstancias.

Con una de ellas crecí y de la otra abuela heredé su nombre. Pese a que el concepto del tiempo y la distancia han cambiado, yo sigo sintiendo que una despedida es casi una muerte.

Y luego quedan los objetos, para recordar a quien se fue. A veces son enseres de la vida cotidiana que una vez compartimos. Y cada vez que pongo ese mantel en la mesa rememoro el momento aquel en el que lo elegimos juntos. Si por el contrario es una camiseta o unos calcetines olvidados, en el fondo de un cajón, además está el olor de su antiguo usuario. 

Los juguetes son un objeto punzante. No solo me hacen pasar la película de aquel cumpleaños en el que les elegí con sumo cuidado y esmero. Además traen el presente a los queridos hijos, ahora adultos pero que en algún momento fueron pequeños y estaban a mis cuidados. No con añoranza de que vuelvan a serlo, pero si con preguntas de cómo fue que pasó tanto tiempo sin haberme casi percatado de ello.

Con los objetos se puede viajar al pasado de forma permanente. Ayer, sin ir más lejos, mientras acomodaba la casa tras la partida de mi hijo, encontré en la vitrina de los vasos una minúscula jarrita de cristal que trajimos de Euskadi la última vez que visitamos a Conchi. La tenía en su caravana y a mi hijo Fernando le gustó. Ella lo regalaba todo, no solo porque era generosa, y mucho, sino además porque de alguna manera sabía que sus días estaban contados aquí en la tierra. Ayer cuando tuve la jarrita entre mis manos, estuve viajando hacia Erretzil, el pueblo en el que vivía mi amiga. Y bailamos, cantamos y reímos juntas de nuevo en mi pensamiento.

Cuando alguien ocupa un espacio y se va… no se lleva todo consigo. Siempre se le olvida alguna cosa que no cabía en su maleta o que ya no necesita. Además de la vibración que queda en el ambiente. Una parte del que se ha ido permanece atrapada entre las paredes, en los efectos, en la despensa, donde deja algo que comía, en la cesta de la ropa sucia, en su zapatilla de andar por casa, incluso en la bolsa de basura. Siempre hay algo que permanece y que hace, a quien viene al día siguiente, sentir su ausencia.

Algo tan simple como cocinar un plato, si era el favorito de alguien que no está, nos trae a la memoria su presencia. La de veces en que tuvimos en cuenta si le gustaba sin cebolla, o sin trozos. Darle y punto a un buen guiso no es fácil si ese plato era su preferido, y ya no hay manera de poderlo compartir. Por tanto, puede ocurrir que se nos atragante, o que se queme, o bien que le falte su punto preciso de sal.

Como buena madre gallina, he heredado de la mía al arte de extraer suculentos platos de cualquier cosa que tenga en mi nevera. Ella repartía estas exquisiteces, sin caer bien en la cuenta de que sustituían a esos abrazos que jamás recibió como consecuencia de aquella dolorosa despedida que dejó a mi abuela, su madre, derrotada y enferma en una larga agonía que duró nueve años.

No es una frase hecha que el tiempo es efímero. Sin duda transcurre veloz y nos percatamos de ello cuando vamos entrando en la vida superado ya el medio siglo. Pero están todos esos objetos cargados de historia que de alguna manera no entienden, ni quieren entender de que se tenían que haber ido con el ausente, o bien les toca perpetuar su recuerdo una y otra vez.

No son objetos cuantiosos que necesitarían ser guardados en una caja fuerte. Son de la vida cotidiana, de la rutina, del niño, la niña, del pobre gato que un buen día quedó dormidito, de la abuela que hacía unos primorosos encajes con sus manos, de madre, que era tan coqueta que todos les regalaban collares y pañuelos de seda. Objetos algunos traídos de lejos, como el mortero, que llegó de Uruguay hace más de cien años. 

Todos ellos tienen una historia, su propia historia… la que hoy me ha llevado a desentrañar por qué duele tanto la herida sangrante de una despedida.

Creo que madre ha sonreído desde el cielo cuando junté fuerzas y valor para compartir su bisutería con un anciano que se sienta cada tarde a vender collares y pendientes en una acera de la frutería. Su mercadería, pobre y escasa es una forma digna de mendigar, sin que lo parezca. Me di la vuelta y le llevé los collares de mi madre, quedándome solo con algunos. Cabizbajo habitualmente, ese día habló a borbotones. Es rumano, estuvo de joven trabajando duro en una plataforma petrolífera, pero ahora se busca la vida como puede. Ya le gustaría encontrar un trabajo, repite una y otra vez. Para por aquella frutería porque de allí no le expulsa la policía. En un gesto espontáneo levantó su mirada y unos inmensos ajos azules se iluminaron. 

Coloca cuidadosamente todos sus collares y de vez en cuando compruebo que faltan algunos. Ahora esos objetos han adquirido autonomía. Vuelven a ser de alguien, que quizá a su vez los regale a otra persona, demostrando con ello que pueden optar por tener su vida propia.

Fotografía: Fernando Van Rousselt

1 comentario:

  1. "Como fue que pasó tanto tiempo..."

    Bellísimo texto, querida Encarna. Un abrazo fuerte.

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